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La Sonrisa Eterna - 8


Se suele pensar que individuos con características de personalidad similares resultarán parecidos físicamente. Quizás esta creencia se deba a la aplicación inconsciente de la “Ley de los Números Grandes”, generalizando sobre algunas experiencias personales, así si se conoce a varios gordos simpáticos, entonces “los gordos son simpáticos”. Seguramente esa tendencia al etiquetado de las personas hacía más bizarro estar cerca de Gustavo y Juancho, porque eran tan iguales en actitudes y gustos como diferentes físicamente. Esto siempre desconcertaba, porque si la actitud iba con la imagen, entonces ¿Cuál de los dos se copiaba del otro?

Gustavo siempre fue el típico galán desaliñado, un tipo bien parecido pero descuidado, alto, con el cabello abundante y liso, blanco casi pálido y con una sonrisa generosa y atrayente, de ojos indeterminados, entre verdes, marrones y amarillos. Por su parte, Juancho era el más pequeño de la banda de rock, con el cabello muy rizado, moreno y con tendencia a engordar, lo cual siempre compensaba con sus cuatro horas diarias de gimnasio, que lo habían convertido en el musculoso del grupo. Su afición por los tatuajes era algo que los unificaba, siendo muy parecidos los estilos que exhibían en brazos y espalda.

Las formas de actuar, de hablar y hasta de pensar eran la mismas en ambos, si uno estaba molesto por algo, el otro también lo estaría, pues les incomodaba lo mismo, y si alguno estaba entusiasmado con algo, el otro también se sentiría de esa manera ante una misma causa. Eran diferentes y eran lo mismo siempre. Así que no fue sorpresa que ambos se enamoraran de mujeres dominantes, formales, hermosas, tan altas como sus tonos de voz, tan extrovertidas como selectivas y exitosas a costa de todo. La diferencia fue el grado de tolerancia respecto a las desigualdades que naturalmente se establecieron en sus relaciones: Juancho dejó a Vanessa al tercer grito, luego que pasara el efecto de los ocho meses de luna de miel, pero Gustavo confió en que podría moldear a su novia y moldearse a sí mismo, por lo que su resolución aunque tardía también fue definitiva. Entonces, dada la gran afinidad de caracteres entre estos dos amigos, no resultó raro que el guitarrista acudiese al bajista para solicitarle asilo, en la tarde de agosto en que estampó con aceite y salsa la forma de una pizza en la pared de la sala de su hasta entonces novia Rosa María.

Además de músico, Juancho era un empresario nato y siempre había logrado sacarle provecho económico a todos sus talentos, aprovechando cuanta oportunidad se le presentara. Era dueño, gerente, director, operador y, si hacía falta, hasta asistente de un estudio de grabación profesional, una productora de videos publicitarios y una agencia de talentos para cine, comerciales y televisión. Gustavo trabajaba frecuentemente con él, componiendo y grabando jingles publicitarios y temas para propaganda electoral, que en los últimos años les estaba resultando muy productivo, dada la alta movida política.

Estaba por terminarse el año y, pese al poco tiempo de su separación, Gustavo se dio cuenta que no pensaba en Rosa María y que sólo la recordaba cuando se la mencionaban, lo cual le reafirmaba su decisión de dejar atrás aquella relación y todo lo que representaba. Era nuevamente soltero y, luego de cinco años fuera de juego, se creía algo inseguro, sin embargo notó rápidamente que lejos de perder su gancho con las mujeres, ahora se le hacía mucho más fácil “llevarse a una mami para la cama”, en efecto, en menos de una semana estuvo con tres bellezas sin hacer mayor esfuerzo, pues fueron ellas quienes le propusieron todo y establecieron las condiciones de sus encuentros “sin rollos ni compromisos”. Había vuelto a la fiesta y la rumba era mejor que antes.

Sabía que él tampoco quería compromisos y menos una relación demandante, ahora no quería pensar tanto y sentía que las satisfacciones de su nuevo estado le compensaban el trago amargo de su reciente fracaso. Se dedicó a trabajar el doble y a rumbear el triple, cuando no estaba en un estudio de grabación, estaba en un evento o en una fiesta privada y si no había algún toque u otro tipo de reunión, la armaba fácilmente porque siempre había alguien dispuesto a amanecer, así lo que no era relajo era trabajo, que en su caso se parecían mucho.

Precisamente su trabajo le permitía a Gustavo conocer modelos, actrices y cantantes, cada una más bella, y algunas veces más interesante, que la otra. Lo cierto es que todas eran siempre diferentes, divertidas y amables, tan distintas a la de la sonrisa dura y esquiva con la que hacía semanas que no hablaba y que suponía estaría retorciéndose con una úlcera totalmente merecida. Sin embargo, esa inmunidad ante los encantamientos de semejantes féminas se mantuvo intacta sólo hasta la mañana del once de enero, cuando estuvo encargado de la selección de una modelo para una campaña nacional de una marca francesa de maquillaje y productos de belleza, donde quedó impactado por la mirada seductora pero algo triste de una rubia, casi tan alta como él y con un carácter tan fuerte como sus ademanes de sifrina impertinente.

Así, ante su infaltable pregunta de por qué creía que ella sería la que deberían escoger para esa campaña, la bella modelo lo desestabilizó con el tono de voz, al principio divertido y sensual pero luego mucho más sentido, con que le dijo: – O sea Baby, tienes 2 razones para contratarme: Primero, podrás hacer un casting de un mes y no encontrarás en este país alguien con más elegancia y mejor rostro que el mío y, segundo, difícilmente haya alguna modelo con mayores ganas de perderse en el éxito de su trabajo que yo… Es en serio, contrátame que necesito trabajar, hoy más que nunca necesito ser La Nena Prato Smitch –.

La Sonrisa Eterna - 7


Debían apurar la sesión porque faltaba poco para que cayera la tarde y se acabara la iluminación natural, sin la cual el concepto de las fotografías que Ricardo quería para la página web de su negocio nuevo estaría realmente comprometido. El sabía que el efecto de sus sonrisas y de sus miradas de chico descaradamente tímido no le alcanzaría para extender aquel contrato con el fotógrafo publicitario más renombrado de la zona, y menos mantener el descuento que había negociado por tratarse de un “favor personal” de “sólo un día de trabajo”.

La búsqueda y preparación de la locación, la inexperiencia de Pietro estrenándose como modelo y el calor que derretía cualquier intención de seguir una pauta coherente, hacían su parte para dificultarle el proyecto a Ricardo, quien estando tan corto de dinero luego del pago del local, del mobiliario, los equipos, los permisos y más recientemente lo concerniente a su publicidad en internet; no podía darse el lujo de otro día de producción fotográfica. Las fotos de aquel cuerpo tan perfectamente sexual de Pietro debían estar listas en ese martes y punto.

El fotógrafo hizo su magia casi por inercia, tenía demasiada experiencia ya en trabajos similares, más con mujeres, exmisses en su mayoría, pero dominaba con especial maestría los detalles incómodos de los exteriores sensuales de playas, trajes de baño, arena, sudor y mayormente de los reflejos del sol y del incansable viento. Era perfecto para el trabajo, Ricardo lo conocía por la agencia de publicidad que trabajaba con el banco y sabía de sus fotos con las “mamis” perfectas de la cerveza, las curvas sugerentes de la rubia del bronceador y el abdomen plano de la ejecutiva del té de limón.

Por pura suerte Pietro resultó muy desenvuelto hacia el final de la sesión y Ricardo entendió que había sido una muy buena adquisición para su negocio, pues hasta a él, con lo afectado y anulado que se encontraba todavía, le llegó a afectar ver a su amigo exudando ganas, morbo, confianza y belleza en las poses cada vez más rebuscadas a las que le dirigía el fotógrafo. De hecho, desde esa tarde no lo volvió a ver igual que antes, le resultaba inevitable que le gustara su cuerpo, su actitud y hasta su olor, sabía que no estaba enamorado ni lo estaría de su amigo, sólo le gustaba, como le gustaría a muchos y muchas luego que esas fotografías se hicieran públicas.

Pietro era una mezcla difícil de entender, pues era bello en un sentido obvio pero sexy en una manera entre retorcida e inocente al mismo tiempo. Muy alto, blanco pero bronceado ya naturalmente, con cabello corto y negro brillante, con los ojos azules que no parecían ver sino sólo enamorar y con un tono muscular deseado por todas y a la vez por muchos (como sus amigos del gimnasio que disimulaban muy mal su interés al verlo). Pietro era un “hijo de italianos” que se daba el lujo de escoger con cual o cuales hacer lo que quisiera hacer y lo que le hacía sentirse más confiado era que todas accedían, a veces las más románticas se atrevían a hacer mucho de lo que nunca podrían confesar y, otras veces, las más desinhibidas y realmente atrevidas se encontraban enamoradas deseando que él las viera de la misma forma y sintiera ganas de ser sólo de ellas. Lo único en lo que todas coincidían era en su imposibilidad total para negársele.

Ricardo no había visto a Pietro en siete años, desde que eran vecinos en Caracas, cuando a sus padres les dio por divorciarse y Pietro tuvo que mudarse con su madre a Puerto La Cruz, en donde vivían desde su inmigración en los años sesenta sus abuelos maternos. Siempre mantuvieron contacto y cuando Ricardo le avisó que se mudaría a su ciudad, él le propuso que se mudara con él y compartieran de esta forma los gastos, lo cual era una excusa innecesaria porque Pietro era dueño de su propio apartamento en El Morro y tenía además camioneta, moto, y hasta lancha del año. Lo cierto es que Pietro no lograba sentirse del todo bien en el Puerto y extrañaba sus amistades de la infancia, especialmente al loco Ricardo, con quien se cansó de inventar tremenduras y mantuvo de adolescente una relación muy estrecha, como él mismo decía: “Ricky era mejor que el hermano que nunca tuvo”.

Ricardo había decidido que no iba a ocultar nada con respecto a su preferencia sexual, así que la misma tarde en que se encontró con su amigo, le habló claramente diciéndole que él se había ido de Caracas porque no soportaba tantos recuerdos de su novio muerto, con lo cual le quedó muy claro a Pietro que su pana no sólo era gay sino que necesitaba crearse una nueva vida, así que le abrió las puertas de su casa y le reafirmó su amistad, sin condiciones ni prejuicios, aunque aprovechaba cada oportunidad que tenía para meterse con él y jugarle todo tipo de bromas relacionadas con su condición sexual, que lejos de molestarle le resultaba muy divertida, hasta el punto de usarlo de “gaydar” presentándole a todo el que él sospechaba que ocultaba sus verdaderos gustos, para que se lo confirmara o desmintiera.

Fuera de lo complicado que resultaba seguirle la corriente a Pietro, con los cuentos que le inventaba a cada novia para salir precisamente con alguna de las otras, la convivencia entre ambos era muy fluida y natural, lo cual le permitió a Ricardo superar gradualmente todo su drama reciente, descubriéndose luego de un mes llorando sólo una vez al día y por cada vez menos rato.

Una noche durante una fiesta en el único local de moda de la ciudad, Ricardo le hablaba a su amigo sobre las opciones que manejaba para abrir un negocio y éste le propuso que abrieran una disco espectacular, con toda la música electrónica que a él le gustaba y con las luces que había visto en tantos locales de Europa. A la mañana siguiente, Ricardo le tomó la palabra y le propuso a Pietro abrir un local nocturno con las características que Pietro proponía, pero “de ambiente”, en donde pudieran encontrarse hombres y mujeres pero con otros hombres y otras mujeres, respectivamente, y que fuese referencia internacional para atraer los clientes más rentables del mercado. Generalmente sin hijos y con una alta necesidad de espacios donde expresarse y relacionarse con mayor libertad, los gays y las lesbianas representaban un mercado excelente y más aún si se consideraban los extranjeros, que hasta pagarían en dólares. Así que ese fue el negocio que crearon y para el lanzamiento y la publicidad, luego de hacer un casting muy amplio, Ricardo le propuso a Pietro que fuese él la imagen del local y como “El Italiano no le temía a nada” y por el contrario disfrutaba descaradamente de ser deseado, aceptó el reto de explotarse publicitariamente como objeto sexual, con la condición de que hubiese un día "hetero-friendly" en el que él mismo “pinchara” como DJ, que bien podía ser los miércoles.

El día de la inauguración de la discoteca coincidió con la primera visita de su hermana Rebeca, quien aprovechó sus vacaciones para escapar de toda la incomodidad que suponía el tratar de evitar a Diego casi todos los días por toda la Clínica, pues aunque hacía casi un año de que luego de leer aquella carta y de invitarla a cenar para solamente enredar aún más la situación, ella no sabía cómo debía comportarse frente a él ni qué debía sentir. Así que tomó sus vacaciones y decidió pasar los primeros días junto a su hermano, de quien solamente tenía referencias telefónicas semanales.

Ella llamó al celular de Ricardo y, en la locura de aquel día, fue Pietro quien le contestó y le dio la dirección de la discoteca, porque pensó que se trataba de alguna amiga de Ricky o alguna de las incontables “invitadas de honor”, como les llamaba Ricardo a las locutoras de radio, dueñas de hoteles y agentes de viajes a las que convenció para que asistieran a la apertura del nuevo local, pues sabía que para las mujeres sería más sencillo conocer ese nuevo mundo que para los hombres, al menos para aquellos que no eran abiertamente gays, porque el resto estaría, como en efecto lo estuvieron, haciendo en la cola para entrar, sin importar la longitud de ésta, que ya llegaba a la salida de aquel centro comercial de la Avenida 5 de Julio.

Rebeca estuvo allí y sin saber con qué se encontraría, hizo su cola para acceder a la discoteca, encontrándose con un inmenso pendón con la imagen de Pietro casi desnudo, lo cual le hizo sospechar que su hermano estaba viviendo algo que ella no sabía si podría comprender. Como fuera, sintió que si ese era el "compañero" de su hermano, al menos algo no era tan malo dentro de todo, porque a pesar de no ser totalmente boba respecto al sexo, el cuerpo, la mirada, la boca y la pose de su antiguo vecinito en aquella foto, le causaron una gran e inolvidable impresión: le habían despertado algo.

La Sonrisa Eterna - 6



Diego:

Te escribo esta carta aunque sé que nunca tendré el coraje para entregártela. Te escribo esta carta a pesar de saber que aunque la leyeras, podrías no entender lo que quiero decirte, porque no sientes nada de lo que yo siento, al menos no por mí.

Hoy cumplo dos años de conocerte, dos años completos de soñarte, dos años de imaginarme tantas cosas contigo. Sé que es exactamente ese tiempo, porque hoy celebro dos años de haber comenzado a trabajar en el Centro Médico, y nunca podré olvidar lo que sentí al verte salir del ascensor al final de la tarde, fue como si me hubiesen sonreído desde adentro y me hubieran hecho cosquillas en el corazón. Seguro te pareceré cursi, pero así me sentí al verte. Además, te recuerdo muy claramente ese día, quizás porque no has cambiado en nada, sigues siendo el mismo hombre grande, hermoso, sonriente y amable que me sostuvo el ascensor y me dio las “Buenas tardes”, no por simple cortesía, sino sintiéndolo, con esa mirada franca y directa que me ha hecho extrañarla desde ese mismo día.

Si en verdad leyeras esto, si por algún ataque de insensatez o de descaro me atreviese a dejarte esta carta en tu escritorio, o quizás en el parabrisas de tu carro, sólo quizás… a pesar de que pudieras pensar que yo estoy loca o aún peor que eso, que soy una loca cursi, o incluso aún más allá: que soy una loca cursi cobarde, aún así, sólo con imaginarme que sabrías lo que siento, sólo con eso yo me alegraría y tendría un poco de paz.

Tampoco es que no pueda concentrarme, que me la pase pensándote y no logre acertar ni en un diagnóstico ni en alguna dosis, que trate de tomar los turnos en las horas en que sé que tú también estarás de guardia, que me esconda en cualquier pasillo sólo para verte pasar, o que soborne a tu secretaria con postres para que me cuente cualquier detalle de tu vida privada. Obviamente no me pasa ni hago nada de eso, es algo más grave que cualquier actitud obsesiva propia de una verdadera loca cursi cobarde, porque lo que sí me pasa es que conscientemente pienso en ti y recuerdo nuestras pequeñas conversaciones. Porque lo que sí hago, es imaginar que me miras por al menos un segundo más de lo apropiado y me dices que hay algo en mi sonrisa que te hace querer besarme y que hay algo en mi mirada que te hace sentir como con ganas de seguir viéndome.

Claro que es mucho más grave que ser una loca histérica obsesionada con un tipo que ni sabe de su existencia, porque en mi caso tú sí sabes quién soy, me respetas y sé que piensas bien de mí. Lo que lo hace grave es que hoy soy una mujer enamorada, que te admira, te desea y te valora por quien eres, por lo que haces, por lo que dices, porque además de ser un hombre muy atractivo y varonil, eres impecable en tu conducta y nunca tienes palabras ofensivas con nadie, porque eres atento, inteligente y simpático, ¡Porque eres bello completo vale!

Entonces, enamorada, así como me estaría descubriendo ante ti, si leyeras todo este disparate romántico, desesperanzado y sin sentido que escribo ahora, aprovecharía para decirte que no deberías sentirte incómodo en adelante conmigo, porque lo que ciertamente ha sido un sentimiento muy intenso, ha sido algo exclusivamente privado, algo sólo mío, y lo más importante, algo que no trascenderá ni continuará a partir de hoy. Porque así como estoy consciente de que mi atracción hacia ti es un sentimiento unilateral, puro, bello, por demás romántico e ideal, también estoy muy clara en que no está resultando sano ni justo conmigo, pues me deja siempre en un sueño constante, en un imaginar constante y ¿Por qué negarlo? hasta en algunas lágrimas de frustración y desamor, a veces, como cuando alguna cita termina mal y no logro evitar compararte y creer que contigo cualquier noche hubiera resultado más que perfecta.

En este papel escribo lo que siento por ti y creo que mayormente porque siento una necesidad tremenda de dejar de sentirlo. Creo que debo darme una oportunidad real fuera de todo sueño hermoso y romántico a tu lado, porque al final sólo seguiría siendo eso: un sueño. No puedo negar tampoco que el detonante de que yo quisiera reaccionar y revelarme a este sentimiento solitario que me está haciendo sentir muda e invisible, es el hecho de saber que vas a casarte, precisamente hoy escuché a unas enfermeras comentar que te casarías y eso me ha dado unas ganas terribles de llorar, algo que sé que es absurdo pero que igual me afecta, que me duele y que me grita que debo dejar de esperar por algún hecho fortuito que te haga notarme, que te haga desearme, que te haga amarme…

Y dejo aquí de escribir esta carta infértil, porque quiero dejar de pensarte y continuar viviendo, no tanto desesperanzada por no tenerte nunca, sino porque prefiero empezar a ilusionarme con que también yo encontraré un amor, como te ha pasado a ti, porque al no ser una loca cursi cobarde, debo preferir las sonrisas a las lágrimas, porque sólo escribir esto me ha empeorado el nudo que llevo en la garganta y ha hecho más profundo el vacío de mi estómago.

Es por eso que dejo de escribir esta carta y me despido de ti, no porque haya recordado que por estar pendiente de la noticia de tu boda, haya recetado una dosis equivocada a una paciente recién operada, o porque haya recordado que hoy no he revisado a qué horas estarás de guardia para anotarme yo también en ese turno, ni porque me acabe de dar cuenta de que me viste sentada en esta esquina escribiendo y viendo hacia tu consultorio, y mucho menos porque se me esté derritiendo la torta de helado que le compré hoy a tu secretaria para hacer que me contara los infinitos defectos de tu futura esposa. Nada de eso, recuerda que no soy una loca cursi cobarde. Es por lo primero, porque quiero que este escrito sea precisamente la receta que me cure el corazón y me sane la tristeza que llevo en el alma, desde que comprendí que lo mío, de sueño romántico pasó a ser un sueño absurdo y que debo reponerme y dejar de amarte.

Un beso inmenso,

Rebeca

Esta carta fue encontrada por Diego el miércoles siguiente a su nefasta propuesta de matrimonio, mal desarrugada sobre su escritorio, claramente sembrada allí por algún alma divertida y bastante sádica, luego de conseguirla a su vez seguramente en algún cesto de basura de la Clínica. El la leyó varias veces y no pudo evitar sentirse un poco reflejado en aquel desamor explícito, pues él mismo se estaba sintiendo sin piso y, al igual que Rebeca, no encontraba forma de evadir su vergüenza y su tristeza.

La Sonrisa Eterna - 5



Faltando una semana para su fiesta de quince años, La Nena, como era conocida mejor que por su propio nombre, estaba ya consumida por el desánimo y por una debilidad que rayaba en la apatía total, como si el mundo se le estuviera haciendo cada día más pequeño. En efecto, su vida en lugar de expandirse, hacerse colorida, divertida, iluminada y excitante, se estaba oscureciendo. Ella sentía que cada hora nueva era agobiada con cada vez mayor insidia por sus propios fantasmas, que la estaban acorralando hasta apagarla a un punto sólo comparable con la soledad que la acompañaba.

Su madre estuvo ajena a toda esta situación, como lo estuvo siempre con todo aquello que sentía o quería La Nena, no así con lo que hacía o lo que le tocaba hacer, pues eso siempre estuvo bajo su control y quizás por esto, las pocas cosas que había decidido hacer por voluntad propia, habían sido realmente catastróficas.

Su padre no sólo fue incapaz de sospechar que su hija no estaba bien, sino que, de la forma más honesta y sincera posible, demostraba todo el desinterés que le causaba cualquier estado de ánimo de su hija mayor, quien tres meses atrás lo “había decepcionado completamente”, como solía decir, cuando se refería al episodio en el que salieron a relucir unos condones entre las cosas de La Nena, mientras su madre preparaba una maleta para uno de los incontables viajes, a los que se la llevaban sin siquiera consultarle y de los cuales, según su criterio, ella debía sentirse muy agradecida.

La Nena no había sido nunca una muchacha sombría y menos triste, sin embargo tenía dos semanas sintiendo que no podría mantener su secreto por más tiempo, pues ya no le eran suficientes las sonrisas anémicas ni las excusas anoréxicas. Aún así, estuvo vestida y peinada justo como su madre había decidido para su fiesta de cumpleaños, lo que no estuvo planificado fue la aparatosa caída por las escaleras al momento de su aparición ante sus invitados. El desmayo fue más una ruptura, fue justo el momento en el que La Nena se dio por vencida y dejó de resistir el enorme peso que suponía un aborto mal practicado y peor aún, mal curado.

Como pudo, la Señora Ana Cristina, madre de La Nena, una vez confirmada la gravedad de la situación y su vergonzoso origen, ocultó hasta el final aquel diagnóstico a su esposo. Ella entendía muy bien que si el Coronel había dejado de hablarle a su hija por posiblemente estar teniendo relaciones sexuales a su corta edad y estar usando preservativos, podría matarla en la misma clínica, volverla a matar en la funeraria y arrojarle luego una granada en la tumba, si se enterara que lo más probable es que ni siquiera haya utilizado los tan trillados condones.

Al parecer, la interrupción del embarazo se había dado alrededor de la sexta semana de gestación, lo cual demostró el poder de decisión de La Nena y la velocidad con la que resolvía sus problemas, pues apenas comprendió la causa de su regla evasiva, investigó en Internet y en menos de ocho días, cumplió a cabalidad con cada uno de los procedimientos detallados sobre “Cómo Provocarse Un Aborto SIN Sufrir Daños Permanentes”, que paradójicamente era el título de una guía francesa, que trataba de servir de ejemplo sobre la documentación ilegal que circulaba por la red sobre temas médicos, y que a ella le pareció el más convincente y confiable. Sin embargo, a pesar de su cautivadora promesa, fueron todos daños permanentes, los que le dejaron aquellas técnicas a su cuerpo y a su mente.

Lo único que saldría ileso de aquel desastroso incidente de niña equivocada, sola y desesperada sería el entorno familiar, pues su madre pronto recuperaría y aumentaría sus controles sobre sus hijas, su padre continuaría ensimismado mandando a todo el que tuviera cerca, por el sólo hecho de sentirse poderoso, y sus hermanas continuarían en su mundo de muñecas consentidas e invencibles, merecedoras del universo y de todo lo que hay en él, por el simple hecho de tener un apellido materno importante y un padre más odiado que respetado entre los políticos y militares del momento.

La infección había sido tan fuerte y extensa que había contaminado su sangre y comprometido diversos órganos, en consecuencia el tratamiento también fue agresivo y extenso, incluyendo la pérdida de un riñón y del útero completo, con lo cual La Nena se aseguraría una vida frágil y la imposibilidad de tener hijos. Esto último seguramente sería lo que le afectaría más en el futuro, pues según solía decirle a sus amigas antes de todo aquello: quería formar “una familia algo mucho muchísimo menos absurda que la suya, con un esposo que de verdad la amara y con hijos reales, para tratarlos como hijos, no como cadetes ni como juguetes”.

Aún cuando su padre desconociera siempre el verdadero problema que había padecido su hija, la relación entre ambos iría empeorando a medida que ella fuese creciendo, y esto no tendría nada que ver con ella o con algo que hiciera. La Nena simplemente crecería y se haría cada vez menos hombre, porque obviamente se volvería una mujer. Ese siempre fue su problema, no había nacido varón y su padre, pronto General, se sentiría realmente frustrado al estar rodeado de mujeres, pues luego de haber engendrado cinco hijos con su madre y otros cuatro con igual número de extrañas, todos habrían de nacer hijas, niñas, mujeres. Claro que esto nunca lo sabría La Nena, quien no dejaría de pensar que el rechazo de su padre era de alguna manera su culpa. Tampoco se perdonaría nunca el haber sido tan temerosa, y no haberle confiado aquella situación ni siquiera a Manuel Berrizbeitia, el muchacho del liceo de varones que la embarazó y creer que sola podría resolver aquel traspiés reproductivo.

Efectivamente ese episodio de su vida, las consecuencias que tuvo en su cuerpo y el gran temor que sentía de ser rechazada y “dejada de querer”, fueron los que la impulsaron a responder, casi como acto de supervivencia, de la forma más despiadada, cortante y estúpida posible, a la propuesta de matrimonio que le hiciera su novio Diego una noche en un restaurante en La Castellana, ante los ojos de muchos y de la forma más bella que ella podría haber imaginado. Pero María Beatríz no hubiera podido corresponderle por más que muriera de ganas por hacerlo, porque era mayor su miedo a perderlo todo luego, cuando su entonces prometido se enterara de su infertilidad. Ese temor superaba sus propias ganas de vivir lo que siempre había sido su sueño: ser amada realmente, así que decidió, con la voluntad que la caracterizaba, a quedar como la ridícula que rechaza y evitarse terminar luego como la ridícula rechazada.

La Sonrisa Eterna - 4



Aquel viernes de diciembre, cuando Diego salió del ascensor muy temprano, para ir a su trabajo en el Centro Médico del Norte, no le pareció extraño encontrarse con el dueño de su apartamento, de hecho, el Sr. Angel siempre estaba de entrada o de salida y lo raro hubiese sido no coincidir con él en la planta baja del edificio.

El Sr. Angel Acosta era dueño de tres apartamentos además del que habitaba junto con su aún más caduca madre. Era un hombre maduro, simpático y hablador, aunque mantenía siempre el cuidado de no resultar entrometido, por lo que Diego, luego de ocho años de inquilino suyo, sí se extrañó al escuchar de su vecino/arrendador algo distinto a un saludo, algún comentario sobre la situación del país o lo que más recientemente acaparaba sus conversaciones: el tema de las reparaciones que harían en la fachada del edificio y en los ascensores.

Así que luego del infaltable buenos días, el Sr. Angel como quien pregunta por el clima, pulverizó el hielo vecinal casi establecido por la junta de condominio, hablándole muy directamente: - ¿Cómo te va en tu relación con María Beatriz? Ante lo cual Diego sólo alcanzó a pensar: “¡A la verga! Viejo trae maña y la de este es el chisme..." Entonces, al ver que no le respondía, el Sr. Angel le inquirió nuevamente:

Sr. Angel: - Te preguntaba que ¿Cómo les va a María Beatriz y a ti? ¿La cosa va en serio?

Diego: - Bien… Todo bien, “la cosa” va bien… pero ¿Y esa pregunta?

Sr. Angel: - Eso, su relación… que bueno, me contenta escuchar eso.

Diego: - Sí, gracias…

Sr. Angel: - Lo que pasa es que quiero vender el apartamento y si ustedes están formales ya, creo que habrá más chance de que resulten interesados en comprarlo… digo si buscan formar una familia y esas cosas…

Diego: - Pues fíjese que no pensé que usted vendería sus apartamentos y hablándole francamente, yo estoy por pedirle matrimonio a Mary en cualquier momento, tengo anillo listo y como tres discursos en el horno, sólo buscando el mejor momento… y eso de que usted quiera vender el apartamento nos podría caer “como anillo al dedo”… jajaja exactamente como anillo y con anillo y todo… ¿Y cuánto está pidiendo por él?

Sr. Angel: - Tengo que revisar bien unos detalles con la inmobiliaria, pero hemos hablado de 1.400.000 Bs… de todas formas eso lo discutimos luego… sólo quería que ustedes tuvieran la primera opción.

Diego: - Ok. Perfecto… Ese más o menos es el precio de esta zona y lo podemos discutir con calma después… Ahora me tengo que ir, pero sí me interesa evaluar esa posibilidad. Gracias!

Luego de despedirse, Diego ya no pensaba en las dos operaciones que tenía esa mañana, simplemente se dedicó a soñar despierto y sonreír mientras manejaba. Al llegar al estacionamiento decidió que sería esa noche, que no había necesidad de esperar más. Apenas llegó al piso 6, donde dominaba el cargo de Jefe de Gastroenterología desde hacía cuatro años, le pidió a su secretaria, guiñándole un ojo, que le comunicara con su “prometida”. Habló con María Beatriz y le pidió primero disculpas por haber olvidado mencionarle la noche anterior, que el Director de la Fundación propietaria del Centro Médico le había invitado, junto al Jefe de Cardiología y a la Directora de Administración a una cena en un restaurante en La Castellana, en donde al parecer quería compartir con ellos algunos planes relacionados con la creación de otra sede de la Clínica:

Diego: - Beba, la cosa es formal y no podemos llegar tarde…


María Beatriz: - Ok Amor… ¿Y a qué hora me pasarás buscando por la casa?

Diego: - Hoy llego temprano y nos vamos juntos. Con que estemos listos a las siete es suficiente…

María Beatriz: - Bueno, espero que me de tiempo de todo. No tengo nada que ponerme y hasta las once no abren las tiendas y tú sabes cómo soy… no me gusta estresarme y no tengo cita en la peluquería y ni siquiera sé si conseguiré zapatos que vayan con el vestido que aún ni he visto, o sea, it is not easy Amor…

Diego: - ¡Gracias Bella! Resuelve como puedas, igual sabes que eres super preciosa y así no inventes mucho serás la más bella de la noche… cualquier cosa vas a la peluquería de Katherine, ella siempre me pregunta por ti…

María Beatriz: - Claro que lo sé, obvio que seré la más bella, pero tampoco es para que muera en la pelu antrosa de tu hermana… ¡Sorry Love! No te metas, que bastante has hecho con avisarme tan tarde… ¡No inventes más! Mira que lo tuyo es echarle cuchillo a tus pacientes todos loosers estresados con úlceras y gastritis y yo no caeré en tu quirófano… Así que cero estrés y nos vemos en la casa entonces esta noche…

Diego: - Sí bella, esta noche nos vemos… Te amo.

María Beatriz: - ¡Kisses Love! Bye! Bye!

Así, mientras su princesa se dedicaba a sortear las dificultades de las boutiques y los salones de belleza, el Dr. Diego Valecillos trabajaría toda la mañana realizando un par de operaciones de by-pass gástrico y de úlcera sangrante, para luego atender sólo seis pacientes en su consultorio y poder salir antes de las cinco de la tarde, de modo que le diera chance a él también para prepararse y más que nada para tranquilizarse y relajarse.

Estuvo especialmente asertivo en sus diagnósticos, explicó los tratamientos a sus pacientes con inusitada paciencia y detalle, y hasta escribió sus indicaciones con un poquito menos de desidia lingüística, al punto de que no hizo falta que su secretaria las tradujese a los pacientes antes de su partida y luego de cobrarles la abultada cuenta.


Sin embargo, su última paciente le afectó un poco su ánimo. Encontrarse con una mujer joven tan visiblemente alterada y deprimida, que ignorando su condición de gravidez estuviese consumiendo mayores dosis de alcohol y cigarrillo que su propio padre, le resultó incómodo e incluso indignante. Él sabía el daño que hacía a un bebé, en las primeras semanas de desarrollo, cualquier agente nocivo que la madre ingiriera, pero lo que más le llegó, fue sentir la desesperanza en la mirada de Rosa María, quien había sido la paciente más vital y enérgica que recordara, pues ni con la peor de las gastritis era capaz de rebajarse a expresarse con quejas o remilgos, pues siempre demostraba ser una mujer fuerte y dueña de sí misma.

Todo le salió perfecto aquella noche. Ni siquiera el drama de aquella mujer le había empañado el entusiasmo, no había tráfico ni ascensor dañado que le aminorara la energía, por el contrario, quería que el día durase más, porque quería disfrutarlo mucho más. Le emocionaba todo eso y lo sabía. Quería gritar y correr. Estaba feliz. Estaba siendo cursi y aún así estaba siendo feliz con eso.

María Beatriz no estuvo bella como siempre, esta noche lo era aún más, al menos para sus ojos ella resplandecía y hasta le parecía sacada de una revista de modas internacional. No hubo ningún inconveniente y tal como esperaba, terminaron saliendo del apartamento a las nueve de la noche.
 

El restaurante era cerca y María Beatriz no sospechó nada. Estaban en una mesa para ocho personas, era imposible que ella imaginara lo que pasaría, pues ni en los tres años de novios ni en los dos viviendo juntos, Diego había sido hombre de sorpresas. Así que a pesar de haber llegado tarde al restaurante y de estar ellos dos solos en aquella mesa tan costosa y tan vacía, ella no supo lo que pasaría hasta que Diego hizo un gesto a alguien en el local, la música y las luces disminuyeron su intensidad y dieron paso a las palabras de aquel hombre que ahora de rodillas ante ella y con anillo en mano, le habló directamente desde lo que él mismo podía sentir que era su alma:

Diego: - Beba Preciosa: Cada mañana cuando despierto me ocurre lo mismo que al acostarme: Te veo y me pregunto cómo he podido yo ser tan afortunado de conocer y amar a una mujer tan hermosa y amorosa, como lo eres tú… Te veo y sé que quiero sentirte a mi lado por siempre, que quiero respirarte y cuidarte hasta que el cuerpo me lo permita, que quiero tener una familia contigo, hijos, que ya eres mi familia y, como no dejo de soñar con que me regales tu vida y aceptes la mía, he querido esta noche expresarte mi intención de compartirlo todo contigo, de amarte y entenderte, de escucharte y consentirte, de que seas sólo tú quien me hable y me ame, quien me cuide y me escuche siempre… por eso hoy quiero preguntarte: María Beatriz Prato Smitch, ¿Quieres casarte conmigo?

María Beatriz: - ¡Diego! ¡AMOR! Claro que no quiero casarme. O sea, sabes que te amo, siéntate que nos están viendo… Baby te amo mucho mucho, pero no me veo casada tan joven… no sé, me tomaste totalmente desprevenida y yo no sé qué decirte… No, supongo que no. No quiero casarme. Mírame. No te vayas a molestar Love, eres maravilloso pero yo no quiero ser esposa de nadie, al menos no todavía, eso es mucha responsabilidad. Sorry Baby. Debiste preguntarme antes para evitarnos este show Amor… No me veas así, que esto es tu culpa.

La Sonrisa Eterna - 3


El monitor de la computadora estaba apagado, las carpetas y los papeles en cantidades increíbles sobre todo el escritorio y hasta encima de la impresora, las cajas con los uniformes de las promotoras y los materiales promocionales que habían llegado desde el martes casi no dejaban espacio para la silla. Aquel cubículo estaba hecho un desastre y así quedó por toda una semana, pues nadie podía organizar aquello. Juan Carlos acostumbraba tener su puesto de trabajo pulcro, sin embargo, los trámites con la clínica y la semana que tenía ya ausente por los exámenes hicieron su labor para convertir aquello en un lugar irreconocible.

El lunes en la tarde Ricardo estuvo en la funeraria, triste y mudo, el martes en la mañana en el cementerio, igual de callado, parecía un juguete al que le sacaron las baterías. No habló con nadie, no podía. Lloraba sin llorar, pero lloraba estruendosamente por dentro. Luego de todo aquello, se fue solo para su casa, le dijo a Anna que estaría bien y que volviera a su casa también.

El resto de la semana fue increíblemente rutinaria, en las mañanas salía temprano a trabajar, aunque no iba a la oficina, sino que esperaba a que abrieran el cementerio, se sentaba junto a la tumba aún sin lápida ni identificación y esperaba a que se acabara el día. En las noches, se tumbaba en su cama, medio hablaba por teléfono con Anna y terminaba dando vueltas pensando, durmiendo por minutos y despertando siempre para seguir pensando.

Los recuerdos fueron intermitentes pero muy intensos: cuando lo vio por primera vez en la universidad frente al auditorio precisamente el día de su graduación mientras él sólo llevaba aprobado el primer año de la carrera; cuando comenzó a trabajar en el Banco y los presentaron en la ronda puesto por puesto que le hizo la Gerente de Recursos Humanos por todos los pisos; y cuando a los dos meses de trabajar juntos, en la noche de un viernes en plena celebración del cumpleaños de Rosa María, la Directora de la Agencia de Publicidad que los atendía y que él pensaba que tenía una historia andando con Juan Carlos, éste sin advertencia alguna se le acercó y le invitó a irse juntos a otra fiesta cerca en un pent-house en La Castellana, donde contra todo pronóstico Juan Carlos le dedicó toda su atención y, quizás producto de la desinhibición alcohólica le sonrió sosteniéndole la mirada y retando a la suya, hasta lograr incomodarlo y emocionarlo a tal punto que sintió su cara y sus orejas explotar de calor y vergüenza antes de escuchar las palabras que definirían su vida desde aquel momento: “¿Y entonces Pana, será que si te beso no me entras a patadas? porque ya no aguanto las ganas Catirito”.

Recordaba cómo aquella noche no pasó nada entre ellos, después de decir eso Juan Carlos no le volvió a insinuar nada más aunque le seguía invadiendo con las miradas y acercándose más de lo permitido. Ricardo siempre había dormido bien y hasta en exceso, pero esa noche no pudo dormir, no estaba seguro si aquello era algún tipo de broma y le parecía imposible todo, que ese chamo tan straight fuese gay, que a ese chamo estando tan bueno le gustara precisamente él, todo le era insólito, demasiado diferente y demasiado intrigante a la vez. Llegó a dudar si lo había escuchado realmente, pero como casi no bebía no podía culpar al alcohol de escenas imaginarias. Lo que no entendía era lo que Juan Carlos intentaba o quería, porque él sí estaba seguro de lo que sentía, desde siempre había estado deslumbrado por su presencia, su voz profunda, su estilo totalmente masculino, sus ojos verdes aceituna, su cabello negro muy liso y corto, sus brazos grandes y su sonrisa de macho sexy, él estaba muy claro en lo tanto que le gustaba Juan Carlos, tanto así que ya había imaginado el Kamasutra completo con él. Lo que no entendía era aquel sentimiento que ahora le angustiaba el estómago y le sacaba sonrisas gratuitas en la oscuridad de su habitación. Sentirlo tan próximo, tan cómplice y tan interesado lo desconcertaba. Hablaron mucho esa noche y lo descubrió aún más interesante y humano, ya no era sólo el papi ricote de su oficina, ahora era el papi ricote de su oficina que quería tener algo con él.

El lunes siguiente en la oficina todo fue tan extremadamente normal que pasó de sentirse ansioso a decepcionado, hasta que después del almuerzo Juan Carlos lo llamó por teléfono pidiéndole encontrase en la sala de reuniones para discutir los detalles de una promoción de tarjetas de crédito que quería implementar para finales de año. Una vez solos, Juan Carlos le habló lo más directo que pudo: – Sobre lo que pasó la otra noche, Ricardo, tenemos que resolver este peo porque no me he podido concentrar en toda la mañana. Necesito que me aclares una vaina y dependiendo de tu respuesta que me aclares otra más: ¿Tú eres gay? – A lo que Ricardo respondió casi entre dientes, demasiado intimidado y nervioso – Pues sí, lo soy. – Entonces Juan Carlos, sin cambiar la expresión seria, le replicó: – Bueno Catirito, dime cómo vamos a hacer porque tú me gustas demasiado. – Ricardo entonces le contestó en seco y sin mostrar lo emocionado ni nervioso que estaba y principalmente sin sonrojarse: – Pues no se pana, chévere que sientas eso pero tendrás que invitarme a algún sitio mejor que este para averiguar qué siento yo… yo puedo esta noche así que me avisas donde nos vemos… –

Por más de año y medio estuvieron inseparables desde aquel lunes en la noche, no hubo beso que no se dieran ni posición sexual que no experimentaran y nunca faltó la llamada de buenas noches en el celular de Ricardo antes de dormir (cuando no pasaban la noche juntos), así como la llamada de buenos días, que Juan Carlos religiosamente hacía, para recordarle a su “Catirito” lo tanto que lo extrañó durante la noche y cuanto lo deseaba en ese momento en su cama, incluso frecuentemente le pedía que se masturbaran mientras hablaban o le amenazaba con hacerle una “encerrona” en el baño de la oficina al llegar al trabajo.

En la noche del domingo siguiente a la muerte de Juan Carlos, en su nueva etapa de insomnio, releía desde su cama todos los mensajes de texto que tenía en su celular y escuchaba los mensajes de voz en su contestadora. A las tres de la madrugada decidió guardarlos y lo transfirió todo a su laptop, los sms como archivos de texto y las grabaciones como formato de audio en una carpeta entre los documentos llamada JC. Luego se levantó y salió a la calle sin que sus padres lo notaran, caminó por toda su urbanización hasta la salida hacia la avenida principal y de allí hasta la autopista. Casi no se veía carros y los que pasaban lo hacían a velocidad excesiva. Allí, sentado en el borde de la autopista del este, volvió a llorar y lo hizo aún más fuerte que la mañana del lunes con su amiga. Le habló a su novio porque sabía que podía escucharlo, se despidió, le dijo todo lo que en ese momento sentía, no era coherente pero su tristeza sí lo era, entonces apagó el teléfono y esperó. Luego de unos minutos vio acercarse un camión lo suficientemente grande, por las luces era justo lo que esperaba y cuando lo vio bastante cerca calculó el momento preciso para arrojarle el celular, que luego del estruendo de aquellos inmensos cauchos, no volvió a ver.

Ricardo volvió el lunes a la oficina, llegó a las seis de la mañana y organizó todo en su puesto y en el escritorio de Juan Carlos, luego de cargar en un servidor externo las carpetas personales de ambos, con incontables fotos, presentaciones y trabajos de la universidad, redactó su renuncia y la dejó sobre el escritorio de su jefe. No esperó por nadie ni se despidió de nadie. Volvió a su casa, montó dos maletas en su camioneta, el bolso de la laptop, se puso la gorra de los Yankees de Nueva York, que su novio le había prestado dos semanas atrás cuando volvían de un concierto en el estadium universitario, y se fue de Caracas.

La Sonrisa Eterna - 2














Ya había menguado el tráfico del final de la tarde y si Rosa María saliera de su oficina, llegaría a su casa en menos de quince minutos, pero difícilmente para ella terminaba la jornada antes de las nueve o diez de la noche. De todas formas, cuando decidió crear la Agencia de Publicidad seis años atrás para “independizarse”, sabía muy claramente que estaba encadenándose a más horas de trabajo y, en consecuencia, a disponer cada vez de menos vida fuera de él. Igual eso nunca le molestó y por el contrario le emocionaba, sentía que mientras más se encontraba envuelta en responsabilidades, era más, simplemente eso: más. Adoraba el poder y era en extremo dominante, lo sabía pero odiaba escucharlo de otros y menos aún de Gustavo Plazas, su novio, quien había dejado de ser el músico divertido, cómplice, espontáneo y romántico que le erizaba la piel con su sola proximidad, para convertirse en un ser lleno de reproches, peor que su mamá. No se había detenido a calcular desde cuándo, pero estaba consciente de que ya lo encontraba insoportablemente disperso, inmaduro e irresponsable. No lo sabía, pero lo que tanto le atraía de Gustavo ahora le hastiaba incluso en mayor escala.

Su relación se había convertido en una constante lucha recíproca por dominar y hasta en una carrera interminable por frustrar cualquier sueño del otro. Luego de cuatro años viviendo juntos, la rutina y la poca disposición a comunicarse fueron uniéndolos cada vez más, pero en inconsciente afán común por hacerse daño.

Esa noche de viernes en particular, a pesar de ser su cumpleaños, Rosa María salió de su oficina luego de las diez y media de la noche. Ya en el restaurante se encontraban al menos dos docenas de invitados para su celebración, entre quienes se encontraban varios compañeros de trabajo, su novio, sus dos hermanas y algunos clientes (gerentes de mercadeo del banco, la telefónica, la aseguradora y la empresa de cosméticos francesa).

Cuando salió de la oficina, decidió revisar su celular y notó sin sorpresa la presencia de treinta y siete llamadas perdidas, catorce de las cuales eran de Gustavo. Cerró el teléfono y lo volvió a olvidar en su inmensa y brillante cartera negra.

Al llegar a su fiesta se reconoció algo afectada por sentir que la mayoría de sus sonrisas terminaban en muecas, gestos perfectamente aprendidos, imposibles de diferenciar de las verdaderas sonrisas, esas que supo en el acto que hacía tiempo que no mostraba. La pasó excelente. Bueno, la pasó bien. La verdad es que no estuvo ni mal ni bien, fue algo “normal”. Está bien, fue desastroso, no soportaba a sus hermanas con sus indirectas en público sobre sus “ticinco” y la segura necesidad urgente de responderle al reloj biológico, que según ellas le estaría enviando emails de recordatorios diarios a la dirección proximaavencer@uteroarrugado.com.

Tampoco la dejaba disfrutar de su cumpleaños, la idea de tener el flujo de caja de la agencia desbaratado y de un rojo casi socialista, recordando la cobranza reciente de mil doscientos bolívares para pagar dos mil cien en deudas con los medios, todo por culpa de la ineptitud de su ya muy bien botada planificadora de medios, quien decidió consumir más pautas publicitarias de las que habían negociado en la última preventa, en lugar de consumir las bonificaciones de la gestión pasada.

Además, entre los asistentes sólo se llevaba bien con Juan Carlos y el resto del equipo de mercadeo del Banco Continental, quienes se fueron despidiendo demasiado temprano, dejándola precisamente con las brujas pestilentes de sus hermanas, un par de desubicados viejos verdes de la aseguradora, tres envidiosas insípidas anoréxicas de la telefónica y el “mejor de los novios”, como solía referirse disimulando con cariño todo el desgano y hasta el rencor que sentía al ver a Gustavo desviviéndose con todos y despilfarrando la simpatía que a ella le estaba costando tanto proyectar.

Quizás sin notarlo bebió de más, quizás queriéndolo o quizás disfrutando de ver que la sonrisa en la cara de Gustavo se deformaba con cada trago que ella se servía y ya no se le veía auténtica. Así fue, Rosa María logró desfigurar a Gustavo a fuerza de alcohol. Tampoco perdió la compostura y, en su mente, sus muecas seguían siendo sonrisas de alegría y disfrute. En la madrugada, ya en su casa, Rosa María y Gustavo tuvieron sexo. Empezaron en el medio de la sala, en plena alfombra, con un ímpetu y unas ganas que no experimentaban en ya más de seis meses, continuaron en el cuarto, también en el suelo y terminaron en la cama, ahora sí con el ritmo discordante y monótono de las últimas veces. Ninguno dijo nada al respecto, no pararon aquello, aún cuando recordaron por qué estaban evadiendo la cercanía y cualquier contacto desde hacía tiempo. Terminaron y no se besaron siquiera. Se durmieron y tampoco soñaron nada.

Al mediodía siguiente, Gustavo decidió sorprender a su novia con una comida especial para cuando despertara, desempeñando como era costumbre, su papel de hombre romántico a ultranza, a pesar de sentir también el desgano y el desgaste de tantos roces y conflictos subyacentes y de otras tantas luchas algo más explícitas.

Sin embargo y a pesar de que la pizza de champiñones con crema era su plato favorito, Rosa María no sólo le rechazó la comida a Gustavo, sino que su gesto despectivo fue tan asertivo en la ya erosionada paciencia del hombre, que detonó una respuesta insospechada y hasta desproporcionada por parte de él. Gustavo se fue ese mismo instante del apartamento y para no volver, no sin antes gritarle todos los insultos que conocía y de dejarle una mancha grasienta con la forma de la pizza entera en la pared del medio de la sala. Ella por su parte le respondió como pudo y con frases aún más hirientes y vulgares que las que él estaba usando, pero eran tan fuertes los gritos de Gustavo que ahogaban los inútiles alaridos de Rosa María.

Las noches del mes siguiente fueron interminables. No dormía, paradójicamente comía sólo pizzas de Domino’s y bebía todo el alcohol que no habían bebido ella ni sus amigas, todas juntas, en su época de estudiante. Además, como el humo del cigarrillo era tema de discordia en su vida de pareja, se dedicó a fumar hasta encerrada y con el aire acondicionado encendido. Alternaba el llanto desgarrado con maratones de Discovery Channel hasta que salía el sol y le tocaba prepararse para ir a trabajar.

Tres meses después de aquel episodio, no había vuelto a hablar con Gustavo, no sabía nada de él, ni siquiera sus amigos tenían noticias y más que preocuparse por él, se frustraba de no poder descargar su despecho con él, de no poder recriminarle sus noches de llanto y su abandono.

Ya hasta su salud se estaba afectando, se encontraba muy delgada y sentía que entre su mala alimentación, el consumo nocturno de cervezas y wisky, así como la dosis constante de nicotina en su sangre, le estaba haciendo daño en su estómago, provocándole gastritis y quien sabe qué otras dolencias, que entre dolores y vómitos, sumado a la debilidad y el agotamiento, le llevaba a un espiral de deterioro que ya estaba afectando su trabajo, pues no quería ni estar en la oficina y eso en su caso era un síntoma muy grave.

La mañana antes de navidad, luego de tres meses y dos semanas de aquella pelea con Rosa María, Gustavo llamó al teléfono del apartamento, encontrando a una exnovia insomne, malhumorada, notablemente cansada y con un resentimiento que afloraba hasta en el saludo:

Gustavo: - ¡Aló!

Rosa María: - Sí, aló... ¡Dime!

Gustavo: - ¿Estás bién?

Rosa María: - No Gustavo, no estoy bien. Tengo demasiado tiempo sin dormir una noche completa y creo que tengo gastritis porque me arde el estómago y todo me cae mal… acabo de vomitar otra vez, así que si eres tan amable y llamas en la noche, para lo que sea que llamabas, porque ahorita, no estoy bien.

Gustavo: - ok, está bien, llamo luego, pero me preocupas… ¿Cuánto tiempo tienes así? Te va a dar una úlcera… ¿No has ido al médico?

Rosa María: - No sé, hablamos después, que ahorita, como te dije, no tengo fuerzas ni para insultarte. Chao.

Y sin más le colgó pero se quedó pensando en que se estaba viniendo a menos, seguramente Gustavo sintió hasta lástima por ella en ese momento y eso le molestó más de lo que cualquier malestar podía sabotearle su cotidianidad. Así que, a pesar de haber sido una propuesta de él, ella decidió ir al gastroenterólogo y se preparó para escuchar un sermón del médico sobre mejorar las comidas (en su caso: al menos comer), eliminar las bebidas alcohólicas, reducir los cigarrillos, tratar de controlar el estrés y cuanto consejo obvio pero impertinente típico del Dr. Valecillos, quien para su sorpresa, luego de hacerle varios exámenes y hasta una endoscopia, efectivamente le diagnosticó una gastritis severa y un embarazo avanzado, seguramente de más de quince semanas, según las cuentas de Rosa María.

La Sonrisa Eterna - 1


No eran aún ni las ocho de la mañana cuando Ricardo interrumpió su rutina de comienzo de día (baño, ropa, cabello, perfume y comida antes de ir a su trabajo en el Banco Continental) para contestar el teléfono de su casa.

Que fuera su hermana quien estuviera llamando no le pareció demasiado extraño, pues solía hacerlo los días que no dormía en la casa debido a sus acostumbradas guardias en el Centro Médico del Norte de la ciudad. Lo que sí le llamó la atención fue que ella apenas después de saludar lo inquiriera sin siquiera escuchar su respuesta diciéndole: – Menos mal que no te habías ido al trabajo, porque quería hablar contigo. –

Él no intuyó nada. No podía remotamente imaginar que su hermana le estaría llamando a él para decirle algo a esa hora de un lunes y aún menos si consideraba que apenas se cruzaban palabra cuando coincidían en la casa. Todo resultó ser raro, sorpresivo y definitivo en aquella llamada telefónica:

Rebeca: - ¡Aló!

Ricardo: - ¡Aló!

Rebeca: - ¿Ricardo? Hola, es Rebe.

Ricardo: - Hey ¿Qué más? ¿?

Rebeca: - Menos mal que no te habías ido al trabajo, porque quería hablar contigo

Ricardo: - Ajá, dime…

Rebeca: - Es que no sé si ya te enteraste que tu amigo Juan Carlos se murió esta madrugada.

Ricardo: - ¿Qué es eso? Si le iban a hacer una punción para una biopsia de un tumor o algo que tiene en el hígado, no lo iban a operar ni nada. ¿Cómo que se murió?

Rebeca: - Claro, le hicieron la punción ayer en la tarde pero como no tenía casi defensas por el SIDA, se complicó en la madrugada y se murió.

Ricardo: - ¿Cómo que SIDA? ¿Lo que tenía no era un problema en el hígado?

Rebeca: - Sí, tenía un tumor, quizás por su condición de inmunodeficiencia, pero lo grave era que el conteo de linfocitos era casi nulo, no tenía nada de defensas…

Ricardo: - ¡No puede ser! ¿Y su mamá? ¿Has hablado con ella?

Rebeca: - Esta mañana no, pero en la madrugada sí, porque como yo estaba de guardia fue a mí a quien llamaron cuando Juan Carlos se sintió mal.

Ricardo: - No sabía nada de eso…

Rebeca: - Bueno, por eso te llamaba, para que supieras… Como era tu amigo y vi a la mamá allí solita en ese momento, quise decírtelo para que la llamaras o pasaras por la funeraria o como sea que vayan a resolver…

Ricardo: - ¿Qué te parece? No puedo creerlo.

Rebeca: - Sí, que chimbo vale… bueno, te dejo porque tengo que hacer las rondas de la mañana y tengo varios pacientes de post-operatorio y una vieja que me tiene podrida con su quejadera, y eso que apenas le operaron unas várices y hace ya cuatro días…

Ricardo: - Ok… Chao y gracias por llamar Rebe…

Rebeca: - Chao Ricky

Allí estaba Ricardo, en el balcón de su casa, de pie aún con el teléfono en la mano y con los ojos a punto de derramárseles. Por un momento dudó de que aquello hubiera pasado. No podía creer que acabara de recibir una llamada de su propia hermana para decirle que su novio había muerto.

Así que su amigo Juan Carlos era realmente su novio Juan Carlos y nadie en su entorno sabía nada de eso. Fue un golpe muy fuerte para un joven bastante inocente de apenas 22 años. ¿Cómo debía reaccionar ante aquella noticia? Se sintió tan desubicado, sin piso, no sabía qué hacer. Quería hablar y no sabía qué podía decir. No era abiertamente gay y eso siempre le impedía demostrar sus sentimientos. Apenas comenzaba a sentir esa soledad y angustia de perder a alguien que amaba y ya estaba pensando en cómo iba a hacer para que no se le notara que su alma se le quebraba por dentro de su pecho y que le robaba el habla, el hambre y todas las ganas de siquiera caminar.
 
Sólo pudo llamar a su amiga Anna, ella era la única a quien le había confesado su secreto y la única que conocía a su novio, al menos como su novio, porque para el resto, ellos sólo eran amigos, de esos buenos amigos que se la pasan juntos y que uno imagina robándole el corazón a incontables muchachas en discotecas y bares. Y es que realmente no parecían gays. No tenían aquellos modismos que obligatoriamente debían tener todos los homosexuales y por lo tanto estos dos muchachos debían ser hombres, muy hombres.

Además, eran tipos hermosos, Juan Carlos tenía 26 años de edad y similar cantidad de enamoradas en el Banco. Su compañero de trabajo y mejor amigo, Ricardo, era un poco menor pero era más alto que su amigo, así que lucían bastante contemporáneos y era apenas normal que fuesen panas y se les viera juntos en todas partes.

Sin embargo, Ricardo y Juan Carlos se querían más de lo que podían llegar a quererse muchas parejas heterosexuales en aquel grupo de jóvenes pichones de gerentes de mercadeo de ese gran banco trasnacional. Tenían una relación muy armónica, apenas habían discutido por celos tontos en un par de oportunidades y siempre terminaban riendo y besándose, como si no hubiese nada mejor en todo el mundo que sentir el calor y el cariño del otro.

Sentado ahora en el mismo balcón, mientras esperaba que llegase su amiga Anna para derrumbarse y llorar como nunca lo había hecho antes, Ricardo pensó en el primer momento en que Juan Carlos le sonrió con aquella cara increíble de modelo de publicidad pero con la picardía y complicidad de la sonrisa que grita: ME ENCANTAS CHAMITO. Y allí se quedó, sin pensar, porque no podía, con los ojos cerrados, sólo sintiendo una y otra vez cada sonrisa que le regaló su primer gran amor durante los diecinueve meses que estuvieron juntos.

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