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Suerte




Nunca sabrás cómo lo siento,
ya ocultando estoy experto,
y es que de tanto estar expuesto,
me he caído y levantado
como lo hice un día por ti.

Nuestro momento no fue el mejor,
aún recuerdo tu rencor,
y por más que yo te amara,
aún a costa de mi alma,
no podías verlo y ya lo sé.

Entenderás que no te extraño y no te siento,
aunque al pensarte sí hay amor.
descubrirás que si me buscas no me encuentras,
porque ha cambiado hasta mi olor.
que no hizo falta todo este tiempo para llegar a lo que soy.
porque dejarte no fue mi muerte, fue mi suerte.

Siempre quisiste estar presente,
y aunque yo evitara verte,
tú propiciabas los encuentros,
pero tuviste ya tu tiempo,
y ahora yo soy el que no puedo.

Yo no niego lo que sentí,
pero sé que no estoy por ti,
y no se trata de desquite,
no era así que yo quería,
estar contigo para este día.

Entenderás que no te extraño y no te siento,
aunque al pensarte sí hay amor.
descubrirás que si me buscas no me encuentras,
porque ha cambiado hasta mi olor.
que no hizo falta todo este tiempo para llegar a lo que soy.
porque dejarte no fue mi muerte, fue mi suerte.

Entenderás que no te extraño y no te siento,
aunque al pensarte sí hay amor.
descubrirás que si me buscas no me encuentras,
porque ha cambiado hasta mi olor.
que no hizo falta todo este tiempo para llegar a lo que soy.
porque dejarte no fue mi muerte, fue mi suerte.


14 de Febrero



Sabías al abrazarme aquella noche antes de irte
que me sembrabas la angustia por volverte a ver
y luego de dos semanas sin saber cómo hablarte
con la peor de las excusas por fin me atreví a invitarte
en la noche más imprudente y romántica
desde la cual no pude dejar de pensarte
de quererte y de soñarte
de esperarte y de encontrarte


Hoy se me antoja imaginar que estamos juntos todavía
que nunca me pediste que te diera aquel espacio 
que nunca me dijiste que sería mejor separarnos 
que hasta anoche dormimos abrazados
y esta mañana como siempre lo haces
me besaste antes de terminar de despertarte


Hoy se me antoja imaginar que tu olor sigue en mi cama
que aún quiero llegar temprano a aquella casa
para abrazarte y sentir tu piel y tus ganas  
creer que seguimos viendo los mismos programas
y que no hay más silencios ni miedos en mi alma


Hoy se me antoja imaginar que nada nunca cambia
Hoy se me antoja creerme completo y en calma
Se me antoja porque te pienso
Se me antoja porque aún te quiero
Se me antoja que hoy sea ese 14 de Febrero.


Sabías al abrazarme esa mañana al despertar
que me aumentabas la angustia por volver a tenerte
y luego de seis semanas sin poder vivir sin verte
con la peor de las excusas nos mudarnos juntos
y en esa tarde tan impulsiva y romántica
en la que comencé a amar tus defectos 
y a necesitar tu risa y a extrañar tus manías
a sentirte y a adorarte
a esperarte y a encontrarte


Hoy se me antoja imaginar que estamos juntos todavía
que nunca me pediste que te diera aquel espacio 
que nunca me dijiste que sería mejor separarnos 
que hasta anoche dormimos abrazados
y esta mañana como siempre lo haces
me besaste antes de terminar de despertarte


Hoy se me antoja imaginar que tu calor sigue en mi cama
que aún quiero llegar temprano a nuestra casa
para escucharte y para mirarte
para besarte y que sientas mi piel y mis ganas  
creer que seguimos viendo los mismos programas
y que no hay más silencios ni miedos en mi alma.


Hoy se me antoja imaginar que nada nunca cambia
Hoy se me antoja creerme completo y en calma
Se me antoja porque te pienso
Se me antoja porque aún te quiero
Se me antoja aunque sé que no hay nada eterno 
Se me antoja que hoy sea ese 14 de Febrero.







Si me dejas




Como cualquier otra ama de casa de su urbanización, mientras disfrutaba de la cola diaria para pagar en el supermercado, ella no pudo evitar escuchar lo que hablaban dos señoras delante de ella. En efecto, en esta oportunidad no tuvo que recurrir a las poses falsas que acostumbraba para acercar sus oídos a las conversaciones ajenas, sino que las risas y el descaro de aquellas mujeres hacían todo el trabajo por ella. Total que destruían al yerno de una de ellas, de la que parecía tener el cabello coloreado con Merthiolate, porque aunque era rojo, aquello no parecía fruto de ningún tinte, Gabriela no podía dejar de verle el cabello y pensar que eso se lo había hecho ella misma, porque se negaba a creer que esa señora hubiera pagado en una peluquería porque la hicieran parecer payasa de circo barato.
Ese cabello y esa conversación la cautivaban tanto seguramente porque por aquella época sus días transcurrían sin grandes asombros, entre ser chofer de sus hijas temprano para llevarlas al colegio, lo mismo que para buscarlas al mediodía y luego llevarlas a las clases de flamenco, gimnasia o a las reuniones de los Scouts, dependiendo de si era lunes, miércoles o jueves, así como dedicarse a limpiar hasta lo que no estaba sucio en cada rincón de su casa, y por supuesto, cocinar tres o cuatro veces al día. Así, sus amigas eran aquellas infaltables presentadoras de los talk shows latinos de las mañanas, y sus fantasías se limitaban a las intrigas e ilusiones de las protagonistas de las novelas de las tardes. Aquella vuelta por el supermercado era su único entretenimiento vivencial, el único sitio en donde interactuaba con gente, al menos con personas que no le pedían que se apurara manejando o que no le reclamaban por no cocinarle su comida favorita. Para esa gente Gabriela era exitosa.
Quien la veía bajarse de aquella camioneta del año para hacer escala al final de la tarde por el supermercado, trajeada, peinada y maquillada como ejecutiva de agencia de publicidad, pensaría que se trataba de una profesional guerrera, de esas que aún pudiendo delegar en algún personal de servicio aquellas tareas hogareñas, fabricaba el tiempo para encargarse personalmente de realizar ciertas compras de lo que hiciese falta en su cocina, imaginando incluso que algún día de la semana hasta se las ingeniara para administrar su tiempo y ser ella misma quien preparara el almuerzo de su familia, como una muestra del amor sacrificado de madre, de las que incluso adoptan a sus maridos como otro hijo más, alguien a quien consentir y cuidar incondicionalmente. Pero quien pensara eso sólo viéndola, estaría acertando únicamente en que Gabriela era una profesional, porque contrario a lo que aparentaba, ella se las ingeniaba era para llenar sus horas ociosas cada día, para lo cual la visita al supermercado se le había convertido en una opción muy entretenida en aquellos días.
Siempre trataba de mantener su mente ocupada, en lo que fuera, todo con tal de no dejar oportunidad a su conciencia de estrujarle en los ojos la soledad y frustración que le había dejado aquella serie de decisiones que la llevaron a mutilarse profesionalmente, transformándola de Ingeniera Electricista en una ama de casa por debajo del promedio. Por debajo, porque ella suponía que el promedio se encontraba si no contenta, al menos cómoda con su ocupación. No se permitía pensar en eso, y tampoco dejaba espacio para reparar en que paralelamente a aquel cambio de oficio, todo en ella había experimentado un desvanecimiento progresivamente regresivo. Así paradójico y todo, su vida avanzaba hacia el retroceso de las conquistas más elementales de la mujer moderna.
Había pasado de ser una joven emprendedora y brillante, primera en su clase y con amplias oportunidades laborales, a ni siquiera ser experta cocinera, porque ni siquiera su esfuerzo y dedicación le reportaban aunque sea una palabra o un gesto amable o agradecido de sus clientes internos actuales: su familia. Para su esposo ella era una completa inútil y para sus hijas ni siquiera existía. De haber sido un espléndido y consentidor novio, catorce años después pasó a ser un total inconforme y crítico esposo, espléndido ahora sólo en menosprecios y comparaciones vejatorias hacia ella y todo lo que hacía. Seguramente aquella ausencia de amor propio era lo que hacía que sus hijas la consideraran como menos que una esclava. Siendo esa realidad tan pesada y asfixiante, Gabriela no podía hacer otra cosa que distraer su mente y tratar de salir victoriosa aunque sea en esa batalla, contra su propia mente.
Lo que había escuchado aquella tarde, de boca de esa mujer con cabello tan alarmante como su propia lengua, la había dejado pensativa. ¿Sería verdad que esa mujer de más de sesenta años, en un descuido de su yerno, le habría abierto el celular para sacar la mini tarjeta de memoria externa y revisar desde su propio celular las fotos que él tenía guardadas allí? ¿Habría sido capaz de todo aquello para demostrarle a su hija que su esposo no sólo le era infiel sino que se tomaba fotos y hasta videos con sus amantes? Eso no sólo era algo totalmente rebuscado, sino que le hacía click en su cabeza, alineándose perfectamente con sus sospechas hacia su propio marido.
Alfredo estaba muy misterioso con su teléfono, aún careciendo de toda necesidad para ello, pues su esposa no sólo era incapaz de invadir su privacidad, sino que hasta le tenía miedo. A esas actitudes cada vez más extrañas de su esposo con su teléfono, se le sumaban las llegadas tardes carentes de explicaciones y más recientemente los rumores entre su propia familia de las indiscreciones públicas con varias clientas y hasta compañeras de trabajo. Por esto, cuando Gabriela escuchó aquella argucia investigativa de esa suegra de cabeza incendiaria, sintió que no se trataba de una casualidad aislada, que aquello bien podría ser un hecho del propio universo conspirando para lograr su liberación, como había escuchado tanto a Gabriel en su programa matutino de lectura del tarot y astrología.
Así fue como decidió que esa noche, mientras su esposo estuviera atormentándola con su concierto de ronquidos, ella irrumpiría entre sus cosas y trataría de extraer alguna imagen o video comprometedor de la memoria de su celular. Sabía que le aterraba todo lo referente a esa locura de cuaima celosa, pero también sabía que no se detendría, ni por el miedo a ser descubierta, ni por el miedo a lo que fuese a descubrir.
Pero ya cuando se disponía a abrir el celular y retirar la batería para llegar hasta la memoria extraíble, dejó de escuchar los estruendosos ronquidos de Alfredo, lo cual la terminó de quebrar, pensó que se había despertado y que la encontraría revisando entre sus cosas, así que dejó todo tal y como lo había encontrado y volvió a la cama sin hacer ruido, para descubrir que su esposo nunca se había despertado, sólo había cambiado de posición, dejando la habitación en un silencio aún más desesperante, que la acompañó en aquella larga noche donde sólo le quedó pensar y llorar, en el mismo silencio de la respiración del marido, pero a diferencia de su descanso, lo de ella era sólo angustia, tormento y rabia.
Al despertar, Alfredo no la consiguió en el cuarto, pero eso no le causó ninguna extrañeza pues casi nunca reparaba en si ella estaba o no cerca. Sin embargo al salir de bañarse, la encontró sentada serenamente en el borde de la cama, desde donde con una inesperada actitud retadora y directa, Gabriela comenzó a hablarle sin dejar que él la interrumpiera, como acostumbraba a hacerlo:
- Buen día Alfredo. Esperaba que salieras del baño porque necesito que me escuches. Estoy harta de sentirme, mejor dicho, estoy harta de no sentirme, de estar a tu lado deseando que no estés cerca, de que me minimices constantemente y me trates, no, que me maltrates como lo haces. No soportaré ni un insulto más de ti. No toleraré que sigas humillándome, ni en privado ni en público. Estoy cansada ya de ser un objeto inútil en esta casa y que me hagas sentir como un juguete viejo que nadie quiere. No puedo soportar más que me neutralices como persona, como mujer, que yo no tenga voz, que mi opinión no cuente y que mis sentimientos sean menos que mierda para ti. Yo soy una mujer profesional, inteligente, y sensible, y no soportaré que sigas mandando sobre mí. Así que, si me dejas, si me lo permites, yo me quiero divorciar de ti. – 

Amor Masticado



Casi al final del rutinario almuerzo en el restaurante de arquitectura, Omar dijo que sí a la propuesta de Leonardo, según la cual lo mejor para ambos sería abrir su relación. Al volver a su escritorio en la biblioteca de la universidad, decidió como por inerte estupidez buscar en Google aquel término, lo que lo guió rápidamente al por demás sabio Wikipedia: “Una relación abierta o matrimonio abierto es una relación, unión libre o matrimonio respectivamente, donde ambas partes acuerdan tener permiso para tener relaciones sexuales fuera de la pareja, sin considerar esto como una infidelidad sexual.” ¿Qué esperaba leer? El mismo no lo sabía, obviamente nada distinto a eso, porque estaba muy claro de lo que le había planteado su hasta entonces exclusivo y supuestamente monógamo novio: que tiraran con otras personas sin reproches ni conflictos. 


Seguía aturdido, atragantado con la idea de compartir sexualmente a su pareja, no estaba seguro de si toda aquella conversación era cierta, hasta pensó absurdamente que se trataba de un juego tonto de Leonardo. No lo volvió a llamar, no le escribió ni un mensaje en toda la tarde. No lo estaba ignorando porque para eso hubiera hecho falta que Leo le hubiera buscado y él no le hubiera respondido, fue otra cosa, no lo supo pero se estaba ignorando a sí mismo. Trataba de pensar con algo de coherencia porque de repente su vida ya no era tan ideal, pero se rehusaba a llorar, él era muy ecuánime y sabía que no resolvería nada con descontrolarse. Así se le fue la tarde y seguía en blanco, o más bien en negro, porque lo que llenaba su cabeza era la idea oscura y por demás triste de encontrarse tan enamorado solo, como al final se terminó sintiendo.


Leonardo había sido tan claro, despreocupado y hasta cruelmente amoroso al proponer el tema mientras esperaban el postre, que Omar no tuvo ninguna oportunidad de reaccionar honestamente y refutarle la idea, sólo llegó a sentir un incipiente miedo que lo llevó a aceptar sin entrar en aguas profundas, como si lo hubiese estado considerando de siempre, como si fuese algo muy común entre las parejas ese revés en las condiciones de la relación, algo parecido a cambiar de canal cuando un programa te aburre, se cambia y listo, no se arma gran alboroto al respecto.


El miedo durante aquella conversación fue fugaz, no se permitió más que tener algunas imágenes de lo que significaba aquel polémico estatus de “en una relación abierta”, inexplorado hasta entonces incluso en el popular pero no tan sabio Facebook. En el único momento en que se permitió ser inquebrantablemente inocente fue en ese breve recorrido de su mente, todo para no poner en riesgo su relación, sintió que podría con todo pero no con perderlo. Imaginó a su novio diciendo que estaba en una relación muy libre, repitiendo ante diferentes personas que él tenía novio y que eso no lo ataba a nada, que lo que lo ataba no era ese título sino sus ganas y su amor. Pero Omar no era para nada inocente, sabía perfectamente lo que significaba aquello, pero su mente lo auxilió negando las consecuencias de aquella propuesta. Se engañó y actuó natural ante el tema. Aceptó pero sabía, no tan en el fondo, que estaba en una estación nueva, donde debía decidir si se mantenía a bordo con Leo o si se bajaba para tomar otro vagón.


Su razón estuvo invadida por preguntas, cada una más despiadada que la otra. Creaba supuestos dramáticos y tristes, para desbaratarlos con otros más dramáticos y aún más tristes: Su novio de dos años ya no lo deseaba como al principio, estaba aburrido del sexo con él, ya no lo quería igual, le gustaba otro, estaba enamorado de otro, le gustaban otros, no estaba enamorado de nadie, no lo amaba, nunca le había gustado realmente, no quería a nadie más que a sí mismo, nunca lo había amado. Se paseó por todos los escenarios y ante cada uno se torturaba con una solución que no lo hacía feliz. Haría más ejercicios y cambiaría su estilo para volver a gustarle como antes, trataría nuevas posiciones y situaciones en el sexo para emocionarlo de nuevo, lo llenaría de detalles para volver a enamorarlo, lo reconquistaría, cambiaría drásticamente para ser más sexual e interesante, le demostraría que nadie lo iba a desear más que él y nadie lo querría tanto como él. Pero todo le llevaba a la conclusión de que estaría rogando por amor y eso le dolía de formas que no había sentido antes.


Luego de llegar a su casa y bañarse los pensamientos, decidió llamar a Leonardo y aclarar aquella situación, que aunque se suponía clara, lo era sólo superficialmente, pues apenas y lograba cubrir la mugre emocional en la que se había convertido todo el romanticismo que, semanas atrás, los había llevado de tour por Europa para celebrar su segundo año como pareja. Sólo le aterraba el no estar suficientemente listo para hablarle, pero igual lo hizo.


Saludó, naturalmente afectuoso y rápidamente rompió el velo de aquellas dudas y le preguntó a Leonardo si realmente lo que quería era tener relaciones con otros y si no le importaba ni un poco que él se acostara con otros tipos también. Leo le respondió, con la misma despreocupación y naturalidad del mediodía pero incluso más amoroso, que no se enrollara tanto con el tema, que él sabía que al principio no sería fácil pero que creía que siendo honestos y claros, preocupándose sinceramente el uno por el otro, podrían llegar a manejar el tema sin generar problemas ni causar daños uno al otro. Le explicó que él sentía que realmente lo amaba y que no tenía ningún reproche ni carencia respecto a su desempeño sexual, pero que tenía que ser sincero y decirle que sentía ganas de tocar a otros, de estar con otros, que no quería engañarlo y serle infiel, pero que tampoco podía negarse a su naturaleza, pues quería hacer muchas cosas y no quería limitarse ni limitarlo, que tratara de entenderlo y que se permitiera experimentar. En este punto, Leonardo se tornó hasta empalagoso aclarándole que sólo él existía en sus sentimientos y que no dudara de su amor, que nunca le abriría sus sentimientos a nadie más, que lo físico era sólo eso y no trascendería, pero que lo que ellos sentían era real y profundo, que abriera su mente y se permitiera vivir libremente su sexualidad, así como se permitía comer lo que le provocaba, practicar el deporte que se le antojara y disponer de su tiempo como quisiera, sin que nadie le impusiera barreras tontas, mucho menos límites moralistas pasados de moda, que confiara en él y que lo quisiera, que intentara superar lo físico y sobreponerse a los prejuicios. Culminó diciéndole “Amor, es como si estuvieras frente al mostrador de un kiosco y ves todos los sabores y marcas de chicles, aunque tengas un favorito, no tiene nada de malo de vez en cuando probar uno diferente”.


Omar le escuchó atentamente, se calló un momento y le respondió con voz entre resignada y nostálgica: “Sin importar el sabor ni la marca, los chicles son muy ricos al principio, se mastican por un rato y en el mejor de los casos terminan en la basura, pero generalmente cuando cansan y no saben a nada, se escupen al suelo y terminan pisados por otros. Y yo, Leonardo, amor, no soy chicle, tu teoría no me sirve, mejor dejémoslo hasta aquí, adiós.”

La Sonrisa Eterna - 3


El monitor de la computadora estaba apagado, las carpetas y los papeles en cantidades increíbles sobre todo el escritorio y hasta encima de la impresora, las cajas con los uniformes de las promotoras y los materiales promocionales que habían llegado desde el martes casi no dejaban espacio para la silla. Aquel cubículo estaba hecho un desastre y así quedó por toda una semana, pues nadie podía organizar aquello. Juan Carlos acostumbraba tener su puesto de trabajo pulcro, sin embargo, los trámites con la clínica y la semana que tenía ya ausente por los exámenes hicieron su labor para convertir aquello en un lugar irreconocible.

El lunes en la tarde Ricardo estuvo en la funeraria, triste y mudo, el martes en la mañana en el cementerio, igual de callado, parecía un juguete al que le sacaron las baterías. No habló con nadie, no podía. Lloraba sin llorar, pero lloraba estruendosamente por dentro. Luego de todo aquello, se fue solo para su casa, le dijo a Anna que estaría bien y que volviera a su casa también.

El resto de la semana fue increíblemente rutinaria, en las mañanas salía temprano a trabajar, aunque no iba a la oficina, sino que esperaba a que abrieran el cementerio, se sentaba junto a la tumba aún sin lápida ni identificación y esperaba a que se acabara el día. En las noches, se tumbaba en su cama, medio hablaba por teléfono con Anna y terminaba dando vueltas pensando, durmiendo por minutos y despertando siempre para seguir pensando.

Los recuerdos fueron intermitentes pero muy intensos: cuando lo vio por primera vez en la universidad frente al auditorio precisamente el día de su graduación mientras él sólo llevaba aprobado el primer año de la carrera; cuando comenzó a trabajar en el Banco y los presentaron en la ronda puesto por puesto que le hizo la Gerente de Recursos Humanos por todos los pisos; y cuando a los dos meses de trabajar juntos, en la noche de un viernes en plena celebración del cumpleaños de Rosa María, la Directora de la Agencia de Publicidad que los atendía y que él pensaba que tenía una historia andando con Juan Carlos, éste sin advertencia alguna se le acercó y le invitó a irse juntos a otra fiesta cerca en un pent-house en La Castellana, donde contra todo pronóstico Juan Carlos le dedicó toda su atención y, quizás producto de la desinhibición alcohólica le sonrió sosteniéndole la mirada y retando a la suya, hasta lograr incomodarlo y emocionarlo a tal punto que sintió su cara y sus orejas explotar de calor y vergüenza antes de escuchar las palabras que definirían su vida desde aquel momento: “¿Y entonces Pana, será que si te beso no me entras a patadas? porque ya no aguanto las ganas Catirito”.

Recordaba cómo aquella noche no pasó nada entre ellos, después de decir eso Juan Carlos no le volvió a insinuar nada más aunque le seguía invadiendo con las miradas y acercándose más de lo permitido. Ricardo siempre había dormido bien y hasta en exceso, pero esa noche no pudo dormir, no estaba seguro si aquello era algún tipo de broma y le parecía imposible todo, que ese chamo tan straight fuese gay, que a ese chamo estando tan bueno le gustara precisamente él, todo le era insólito, demasiado diferente y demasiado intrigante a la vez. Llegó a dudar si lo había escuchado realmente, pero como casi no bebía no podía culpar al alcohol de escenas imaginarias. Lo que no entendía era lo que Juan Carlos intentaba o quería, porque él sí estaba seguro de lo que sentía, desde siempre había estado deslumbrado por su presencia, su voz profunda, su estilo totalmente masculino, sus ojos verdes aceituna, su cabello negro muy liso y corto, sus brazos grandes y su sonrisa de macho sexy, él estaba muy claro en lo tanto que le gustaba Juan Carlos, tanto así que ya había imaginado el Kamasutra completo con él. Lo que no entendía era aquel sentimiento que ahora le angustiaba el estómago y le sacaba sonrisas gratuitas en la oscuridad de su habitación. Sentirlo tan próximo, tan cómplice y tan interesado lo desconcertaba. Hablaron mucho esa noche y lo descubrió aún más interesante y humano, ya no era sólo el papi ricote de su oficina, ahora era el papi ricote de su oficina que quería tener algo con él.

El lunes siguiente en la oficina todo fue tan extremadamente normal que pasó de sentirse ansioso a decepcionado, hasta que después del almuerzo Juan Carlos lo llamó por teléfono pidiéndole encontrase en la sala de reuniones para discutir los detalles de una promoción de tarjetas de crédito que quería implementar para finales de año. Una vez solos, Juan Carlos le habló lo más directo que pudo: – Sobre lo que pasó la otra noche, Ricardo, tenemos que resolver este peo porque no me he podido concentrar en toda la mañana. Necesito que me aclares una vaina y dependiendo de tu respuesta que me aclares otra más: ¿Tú eres gay? – A lo que Ricardo respondió casi entre dientes, demasiado intimidado y nervioso – Pues sí, lo soy. – Entonces Juan Carlos, sin cambiar la expresión seria, le replicó: – Bueno Catirito, dime cómo vamos a hacer porque tú me gustas demasiado. – Ricardo entonces le contestó en seco y sin mostrar lo emocionado ni nervioso que estaba y principalmente sin sonrojarse: – Pues no se pana, chévere que sientas eso pero tendrás que invitarme a algún sitio mejor que este para averiguar qué siento yo… yo puedo esta noche así que me avisas donde nos vemos… –

Por más de año y medio estuvieron inseparables desde aquel lunes en la noche, no hubo beso que no se dieran ni posición sexual que no experimentaran y nunca faltó la llamada de buenas noches en el celular de Ricardo antes de dormir (cuando no pasaban la noche juntos), así como la llamada de buenos días, que Juan Carlos religiosamente hacía, para recordarle a su “Catirito” lo tanto que lo extrañó durante la noche y cuanto lo deseaba en ese momento en su cama, incluso frecuentemente le pedía que se masturbaran mientras hablaban o le amenazaba con hacerle una “encerrona” en el baño de la oficina al llegar al trabajo.

En la noche del domingo siguiente a la muerte de Juan Carlos, en su nueva etapa de insomnio, releía desde su cama todos los mensajes de texto que tenía en su celular y escuchaba los mensajes de voz en su contestadora. A las tres de la madrugada decidió guardarlos y lo transfirió todo a su laptop, los sms como archivos de texto y las grabaciones como formato de audio en una carpeta entre los documentos llamada JC. Luego se levantó y salió a la calle sin que sus padres lo notaran, caminó por toda su urbanización hasta la salida hacia la avenida principal y de allí hasta la autopista. Casi no se veía carros y los que pasaban lo hacían a velocidad excesiva. Allí, sentado en el borde de la autopista del este, volvió a llorar y lo hizo aún más fuerte que la mañana del lunes con su amiga. Le habló a su novio porque sabía que podía escucharlo, se despidió, le dijo todo lo que en ese momento sentía, no era coherente pero su tristeza sí lo era, entonces apagó el teléfono y esperó. Luego de unos minutos vio acercarse un camión lo suficientemente grande, por las luces era justo lo que esperaba y cuando lo vio bastante cerca calculó el momento preciso para arrojarle el celular, que luego del estruendo de aquellos inmensos cauchos, no volvió a ver.

Ricardo volvió el lunes a la oficina, llegó a las seis de la mañana y organizó todo en su puesto y en el escritorio de Juan Carlos, luego de cargar en un servidor externo las carpetas personales de ambos, con incontables fotos, presentaciones y trabajos de la universidad, redactó su renuncia y la dejó sobre el escritorio de su jefe. No esperó por nadie ni se despidió de nadie. Volvió a su casa, montó dos maletas en su camioneta, el bolso de la laptop, se puso la gorra de los Yankees de Nueva York, que su novio le había prestado dos semanas atrás cuando volvían de un concierto en el estadium universitario, y se fue de Caracas.

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