Mostrando entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas

Suerte




Nunca sabrás cómo lo siento,
ya ocultando estoy experto,
y es que de tanto estar expuesto,
me he caído y levantado
como lo hice un día por ti.

Nuestro momento no fue el mejor,
aún recuerdo tu rencor,
y por más que yo te amara,
aún a costa de mi alma,
no podías verlo y ya lo sé.

Entenderás que no te extraño y no te siento,
aunque al pensarte sí hay amor.
descubrirás que si me buscas no me encuentras,
porque ha cambiado hasta mi olor.
que no hizo falta todo este tiempo para llegar a lo que soy.
porque dejarte no fue mi muerte, fue mi suerte.

Siempre quisiste estar presente,
y aunque yo evitara verte,
tú propiciabas los encuentros,
pero tuviste ya tu tiempo,
y ahora yo soy el que no puedo.

Yo no niego lo que sentí,
pero sé que no estoy por ti,
y no se trata de desquite,
no era así que yo quería,
estar contigo para este día.

Entenderás que no te extraño y no te siento,
aunque al pensarte sí hay amor.
descubrirás que si me buscas no me encuentras,
porque ha cambiado hasta mi olor.
que no hizo falta todo este tiempo para llegar a lo que soy.
porque dejarte no fue mi muerte, fue mi suerte.

Entenderás que no te extraño y no te siento,
aunque al pensarte sí hay amor.
descubrirás que si me buscas no me encuentras,
porque ha cambiado hasta mi olor.
que no hizo falta todo este tiempo para llegar a lo que soy.
porque dejarte no fue mi muerte, fue mi suerte.


Si me dejas




Como cualquier otra ama de casa de su urbanización, mientras disfrutaba de la cola diaria para pagar en el supermercado, ella no pudo evitar escuchar lo que hablaban dos señoras delante de ella. En efecto, en esta oportunidad no tuvo que recurrir a las poses falsas que acostumbraba para acercar sus oídos a las conversaciones ajenas, sino que las risas y el descaro de aquellas mujeres hacían todo el trabajo por ella. Total que destruían al yerno de una de ellas, de la que parecía tener el cabello coloreado con Merthiolate, porque aunque era rojo, aquello no parecía fruto de ningún tinte, Gabriela no podía dejar de verle el cabello y pensar que eso se lo había hecho ella misma, porque se negaba a creer que esa señora hubiera pagado en una peluquería porque la hicieran parecer payasa de circo barato.
Ese cabello y esa conversación la cautivaban tanto seguramente porque por aquella época sus días transcurrían sin grandes asombros, entre ser chofer de sus hijas temprano para llevarlas al colegio, lo mismo que para buscarlas al mediodía y luego llevarlas a las clases de flamenco, gimnasia o a las reuniones de los Scouts, dependiendo de si era lunes, miércoles o jueves, así como dedicarse a limpiar hasta lo que no estaba sucio en cada rincón de su casa, y por supuesto, cocinar tres o cuatro veces al día. Así, sus amigas eran aquellas infaltables presentadoras de los talk shows latinos de las mañanas, y sus fantasías se limitaban a las intrigas e ilusiones de las protagonistas de las novelas de las tardes. Aquella vuelta por el supermercado era su único entretenimiento vivencial, el único sitio en donde interactuaba con gente, al menos con personas que no le pedían que se apurara manejando o que no le reclamaban por no cocinarle su comida favorita. Para esa gente Gabriela era exitosa.
Quien la veía bajarse de aquella camioneta del año para hacer escala al final de la tarde por el supermercado, trajeada, peinada y maquillada como ejecutiva de agencia de publicidad, pensaría que se trataba de una profesional guerrera, de esas que aún pudiendo delegar en algún personal de servicio aquellas tareas hogareñas, fabricaba el tiempo para encargarse personalmente de realizar ciertas compras de lo que hiciese falta en su cocina, imaginando incluso que algún día de la semana hasta se las ingeniara para administrar su tiempo y ser ella misma quien preparara el almuerzo de su familia, como una muestra del amor sacrificado de madre, de las que incluso adoptan a sus maridos como otro hijo más, alguien a quien consentir y cuidar incondicionalmente. Pero quien pensara eso sólo viéndola, estaría acertando únicamente en que Gabriela era una profesional, porque contrario a lo que aparentaba, ella se las ingeniaba era para llenar sus horas ociosas cada día, para lo cual la visita al supermercado se le había convertido en una opción muy entretenida en aquellos días.
Siempre trataba de mantener su mente ocupada, en lo que fuera, todo con tal de no dejar oportunidad a su conciencia de estrujarle en los ojos la soledad y frustración que le había dejado aquella serie de decisiones que la llevaron a mutilarse profesionalmente, transformándola de Ingeniera Electricista en una ama de casa por debajo del promedio. Por debajo, porque ella suponía que el promedio se encontraba si no contenta, al menos cómoda con su ocupación. No se permitía pensar en eso, y tampoco dejaba espacio para reparar en que paralelamente a aquel cambio de oficio, todo en ella había experimentado un desvanecimiento progresivamente regresivo. Así paradójico y todo, su vida avanzaba hacia el retroceso de las conquistas más elementales de la mujer moderna.
Había pasado de ser una joven emprendedora y brillante, primera en su clase y con amplias oportunidades laborales, a ni siquiera ser experta cocinera, porque ni siquiera su esfuerzo y dedicación le reportaban aunque sea una palabra o un gesto amable o agradecido de sus clientes internos actuales: su familia. Para su esposo ella era una completa inútil y para sus hijas ni siquiera existía. De haber sido un espléndido y consentidor novio, catorce años después pasó a ser un total inconforme y crítico esposo, espléndido ahora sólo en menosprecios y comparaciones vejatorias hacia ella y todo lo que hacía. Seguramente aquella ausencia de amor propio era lo que hacía que sus hijas la consideraran como menos que una esclava. Siendo esa realidad tan pesada y asfixiante, Gabriela no podía hacer otra cosa que distraer su mente y tratar de salir victoriosa aunque sea en esa batalla, contra su propia mente.
Lo que había escuchado aquella tarde, de boca de esa mujer con cabello tan alarmante como su propia lengua, la había dejado pensativa. ¿Sería verdad que esa mujer de más de sesenta años, en un descuido de su yerno, le habría abierto el celular para sacar la mini tarjeta de memoria externa y revisar desde su propio celular las fotos que él tenía guardadas allí? ¿Habría sido capaz de todo aquello para demostrarle a su hija que su esposo no sólo le era infiel sino que se tomaba fotos y hasta videos con sus amantes? Eso no sólo era algo totalmente rebuscado, sino que le hacía click en su cabeza, alineándose perfectamente con sus sospechas hacia su propio marido.
Alfredo estaba muy misterioso con su teléfono, aún careciendo de toda necesidad para ello, pues su esposa no sólo era incapaz de invadir su privacidad, sino que hasta le tenía miedo. A esas actitudes cada vez más extrañas de su esposo con su teléfono, se le sumaban las llegadas tardes carentes de explicaciones y más recientemente los rumores entre su propia familia de las indiscreciones públicas con varias clientas y hasta compañeras de trabajo. Por esto, cuando Gabriela escuchó aquella argucia investigativa de esa suegra de cabeza incendiaria, sintió que no se trataba de una casualidad aislada, que aquello bien podría ser un hecho del propio universo conspirando para lograr su liberación, como había escuchado tanto a Gabriel en su programa matutino de lectura del tarot y astrología.
Así fue como decidió que esa noche, mientras su esposo estuviera atormentándola con su concierto de ronquidos, ella irrumpiría entre sus cosas y trataría de extraer alguna imagen o video comprometedor de la memoria de su celular. Sabía que le aterraba todo lo referente a esa locura de cuaima celosa, pero también sabía que no se detendría, ni por el miedo a ser descubierta, ni por el miedo a lo que fuese a descubrir.
Pero ya cuando se disponía a abrir el celular y retirar la batería para llegar hasta la memoria extraíble, dejó de escuchar los estruendosos ronquidos de Alfredo, lo cual la terminó de quebrar, pensó que se había despertado y que la encontraría revisando entre sus cosas, así que dejó todo tal y como lo había encontrado y volvió a la cama sin hacer ruido, para descubrir que su esposo nunca se había despertado, sólo había cambiado de posición, dejando la habitación en un silencio aún más desesperante, que la acompañó en aquella larga noche donde sólo le quedó pensar y llorar, en el mismo silencio de la respiración del marido, pero a diferencia de su descanso, lo de ella era sólo angustia, tormento y rabia.
Al despertar, Alfredo no la consiguió en el cuarto, pero eso no le causó ninguna extrañeza pues casi nunca reparaba en si ella estaba o no cerca. Sin embargo al salir de bañarse, la encontró sentada serenamente en el borde de la cama, desde donde con una inesperada actitud retadora y directa, Gabriela comenzó a hablarle sin dejar que él la interrumpiera, como acostumbraba a hacerlo:
- Buen día Alfredo. Esperaba que salieras del baño porque necesito que me escuches. Estoy harta de sentirme, mejor dicho, estoy harta de no sentirme, de estar a tu lado deseando que no estés cerca, de que me minimices constantemente y me trates, no, que me maltrates como lo haces. No soportaré ni un insulto más de ti. No toleraré que sigas humillándome, ni en privado ni en público. Estoy cansada ya de ser un objeto inútil en esta casa y que me hagas sentir como un juguete viejo que nadie quiere. No puedo soportar más que me neutralices como persona, como mujer, que yo no tenga voz, que mi opinión no cuente y que mis sentimientos sean menos que mierda para ti. Yo soy una mujer profesional, inteligente, y sensible, y no soportaré que sigas mandando sobre mí. Así que, si me dejas, si me lo permites, yo me quiero divorciar de ti. – 

Temor y Realidad (Daniela I)


Finalmente rompió su comunicación de monosílabos y muecas una vez que comenzaron a comer, sin embargo no lo hizo para responder ninguna de las preguntas que él le hacía, sino que inició un relato entre evasivo y disperso sobre su visión de la vida, de la suya por supuesto, porque en toda aquella incontinencia de prosa lo que quedaba bien claro es que sólo pensaba en ella misma:

- La verdad es que no sé qué voy a hacer conmigo, me siento confundida, quisiera sentirme tranquila pero ahora no puedo, hay demasiada presión y no me gusta estar así, yo no puedo con agustias ni peleas… lo que pasó con Carlos ha sido la gota que derramó el vaso…

Él quiso interrumpirle para saber qué había pasado con Carlos y más que nada saber quién era ese Carlos, pero ella no le permitió hablar y siguió contándole.

- …Además creo que también terminé abusando de todos y por eso me ven como lo hacen… Lo del trabajo nuevo ha sido un desastre, yo sé que debí cambiarme mucho antes porque ya el día a día dentro de la misma rutina, cómoda pero asfixiante, me estaba desesperando y ya no lograba disfrutar ni los breaks con mis amigas en el café del banco. Pero es que ahora me siento tan fuera de lugar, tan en el aire… yo creo que aunque sea el mismo ramo, esto de visitar empresas no es lo mío, yo sé que me quejaba de estar siempre sentada en las mismas cuatro paredes de la oficina, pero es que es demasiado diferente todo… Casi no tengo relación con nadie, si acaso con mi jefe, al que veo con su cara de perro regañado y hambriento, exigiéndome cada mañana la planificación de la ruta y pidiéndome los reportes cada tarde sobre las visitas del día… de resto, no hay nadie que se digne siquiera a responder el saludo, al contrario, cuando me ven ya ni disimulan su envidia, es como si me odiaran, como si yo fuese a quitarles el puesto o a robarles los maridos a todas… creo que eso es lo que más resiento de haberme ido del banco, aunque allá también ahora me tienen una mala vibra, no sé si porque casi no hice preaviso, pero las veces que he hablado con Martha y con Braulio, han sido iguales, distantes y reprochadores… el viernes pasado ni me respondieron el teléfono…

- ¿No será que los agarraste ocupados? ¿Puede que sea una cuestión de oportunidad, del momento que no fue el apropiado?

- Claro que no, yo sé que están molestos conmigo, aunque no me lo digan y se esfuercen tanto en disimularlo… lo que no entiendo es el por qué de su rabia, al final yo no les hice nada malo, al menos no a ellos, si acaso mi exjefa o las chicas de Recursos Humanos, a las que puse a sufrir con lo de mi renuncia tan violenta, pero igual esas son cosas normales en las empresas, incómodas pero normales…

- ¿Entonces lo que te tiene así es el cambio de trabajo?

- ¿Así cómo? ¿Qué te pasa? No te entiendo…

- Así “confundida”, como preocupada… al menos eso me decías ayer por teléfono cuando me dijiste para vernos…

- No lo sé…

- Pero eso es lo que te ha tenido más estresada, ¿Cierto? ¿O es lo del Carlos ese?

- Supongo… Ya vuelvo, no tengo más hambre y debo ir un momento al baño…

Daniela había dejado su risotto de espárragos por la mitad, estaba claramente afectada y Rogelio no lograba entenderla del todo, le preocupaba que estuviera tan extraña y que le encontrara tantos “peros” a su nuevo trabajo, ella que siempre había sido tan resuelta y despreocupada, la más alegre y dispuesta que conociera, pero algo le pasaba porque ni siquiera le sostenía la mirada al hablarle… Volvió luego de casi diez minutos y no quiso seguir comiendo, a él también se le había quitado el hambre…

- ¿Entonces, quién es Carlos?

- ¡Era! Prefiero no saber más de él…

Aquello le había caído como una piedra en el estómago y le terminó de espantar el hambre, necesitaba saber de ese tipo, dónde lo había conocido, por qué se refería a él así, sabía que él menos que nadie podría reprocharle nada pero igual le hacía un ruido tremendo aquel hombre misterioso, quizás por la forma en que pronunciaba su nombre, no se trataba de celos, era más fuerte que eso, estaba preocupado por ella y también molesto por saberla tan distante, pues no sólo había un Carlos sino que para colmo “derramó el vaso” y decía sin tapujo alguno que prefería “no saber más de él”. Aunque quería no podía seguirle preguntando por él. Ella no habló más y se quedó absorta en su celular, revisando las actualizaciones del facebook y sin mostrar ningún interés por seguir hablándole. Ya no se percibía angustiada, de hecho no se percibía nada de ella, al menos para él volvía a ser un enigma.

- ¿No quieres hablar más? Yo creo que sería bueno que si no es conmigo, al menos conversaras con alguien más… Si no quieres contarle tus cosas a alguien conocido, podrías considerar ir a un especialista, un psicólogo, a mí me ha ido muy bien con Gioconda, tú sabes, por lo del manejo de la ira y mi tendencia a callarme todo…

- Quizás me sirva eso.

- Si quieres te doy el número de su secretaria, igual puedes verte con ella o con otro de su clínica…

- No, gracias, yo lo busco en google.

- Ok, sólo te decía por hacerte un favor, no pretendo meterme en tu vida…

- La vida… ¿Para qué es que tenemos “la vida”?

- Para vivirla… para disfrutarla, yo qué sé! Está bien que te encuentres desanimada ahorita, pero tampoco es para cuestionarte estar viva…

- Yo no cuestiono nada, no puedo… estoy muy confundida y tengo miedo de que Carlos se quiera vengar de mí.

- ¿Vengar?

- Sí, yo sé que he abusado de todos, principalmente de él, pero no ha sido con intención… Él fue quien comenzó esto, me escribía, sin saber si yo estaba sola o no, me dedicaba canciones y cuando nos veíamos siempre me agredía…

Rogelio quiso indagar más, estaba desconcertado pero no quería interrumpirla a ver si dentro de su desinterés por él, le terminaba contando lo que sentía por ese tal Carlos y qué había pasado entre ellos…

- …Me humillaba y cada vez ha sido peor. Se presentaba con su esposa y sonreía y la besaba frente a todos, luego de decirme tantas cosas y prometerme amor y lealtad, siempre se aparecía con su esposa para hacerme sentir mal… Me dedicaba canciones casi a diario, me decía las cosas más románticas y maravillosas del mundo y todo para qué, para que al verme me ignorara y me tratara como una segundona, como si yo no mereciera su amor…

- ¿Te dedicaba canciones? ¿Te llamaba? ¿Dónde lo veías?

- Carlos trabaja en el Banco, allí siempre me veía pero no se atrevía a hablarme, supongo que por trabajar en la misma empresa, porque me consta que no le importaba que yo tuviera o no una relación, como sea que esté yo, pero él no lo sabe y debió pensar como todo el mundo que yo soy muy feliz y estable en esto de relación de pareja… Lo cierto es que nunca me hablaba, porque no podía, por eso es que me mandaba canciones por el facebook y todas eran románticas o subidas de tono, porque también le encantan los videos de reggaetón y aprovechaba para decirme lo que le provocaba hacer conmigo y esas cosas…

- ¿Te escribía mensajes privados por facebook?

- No, por supuesto que no lo hacía directamente, creo que por su esposa, seguramente ella entra en su cuenta y para evitarse problemas publicaba directamente en su muro, para que pareciera que se trataba de un video que quería compartir, pero él y yo sabíamos que se trataba de un mensaje para mí, que esa era nuestra forma de comunicarnos…

- ¿Cómo es eso? ¿Él te decía que estuvieras pendiente de lo que publicaba porque la cosa era contigo? ¡Qué tonto!

- No hacía falta, yo lo sabía. Si no era así, entonces ¿Por qué se hacía el loco cada vez que me veía y por qué nunca me hablaba ni cuando estábamos solos en el ascensor o en el Café del Banco? Él siempre quiso algo conmigo y allí lo demostró, cuando comenzó a enviarme mensajes en clave con los videos que publicaba…

- No entiendo… ¿Tienes o no una relación con ese Carlos?

- Eso quisiera él, pero como yo me cansé de su jueguito y sus humillaciones le di a probar de su propia medicina y desde hace una semana he publicado como treinta canciones todas insultándolo y diciéndole lo poco hombre que es… por eso es que está tan molesto conmigo, al punto de dejar de enviarme mensajes y hasta decirle a sus amigos que se iba de viaje, claro para disimular su ausencia en facebook, pero lo que está es asustado porque yo vaya a contarle algo de lo nuestro a su esposa, sabe que yo no me calo más su agresión y sus amenazas y tiene miedo…

- ¿Entonces, él trabajaba contigo en el Banco y no en la Aseguradora?

- Claro, ¿Estás queriendo confundirme? Ya te dije que trabaja en el Banco y que en la Aseguradora no lo conocen, aunque estoy segura de que ya llegaron con el chisme, por eso es que todas me ven con ese odio y sé que hablan mal de mí mientras yo estoy en la calle visitando clientes, por eso no quise ir hoy a trabajar, estoy cansada y no tengo ánimos para soportar tantas agresiones... También sé que mi jefe quiere botarme, él quiere que yo me equivoque en algo para despedirme, no me dice nada pero yo lo sé y eso me tiene cansada... Yo no les he hecho nada, además ninguno de ellos no está en mi facebook, no entiendo por qué se sienten aludidos todos por las canciones de reproches e insultos que publiqué, no era con ellos... Pero sé que abusé, que me pasé de la raya, por eso me escriben todas esas cosas y me amenazan, así de la forma más disimulada, tipo pasivo-agresivos, pero sé que quieren hacerme daño y yo no soporto más eso… dije que me dolía la cabeza y hoy no fui a trabajar…

- Qué raro todo…

- Raro nada, tú no te hagas el tonto que sé que también estás bravo conmigo… ¿Por qué estás bravo conmigo?

- Para nada, si yo lo único que quiero es lo mejor para ti, eres lo más grande de mi vida y me preocupa verte tan perturbada… ¿Cómo voy a estar molesto contigo?

- Yo sé que sí, si fuera por ti estaría muerta.

- ¿Qué es eso?

- Ya no quiero hablar más, además yo ya te pagué todo lo que te debía por el carro y no tengo que soportar tus presiones y menos tus amenazas…

- ¿Amenazas? ¿Carro? ¿Cuál carro? ¿Tú te sientes bien?

- Tranquilo Roberto que no hace falta que disimules más… yo entiendo todo y no me voy a dejar de ti ni de nadie…

- ¡Pero hija! ¿Tú me estás hablando en serio? ¿Cómo que Roberto? Yo soy Rogelio, tu papá…

Daniela se le quedó mirándolo, dudando, Rogelio la buscaba con los ojos y no encontraba respuesta en los suyos, finalmente ella habló:

- ¿Papá? ¿Qué haces aquí? Yo me tengo que ir…

Dicho esto, se levantó bruscamente y se fue del local, muy confundida y asustada, casi corriendo. Rogelio apenas alcanzó a sacar tres billetes de cien de su cartera y salió detrás de ella, pero fue en vano, había mucha gente en el centro comercial y por más que trató de ubicarla, no pudo y allí comenzó sufrir su nueva realidad, porque no la volvió a ver ni a saber de ella desde aquella tarde.

La Maldición de las Bellas



Aquella no era una consulta común, de hecho se trataba de un caso bastante raro y no totalmente fisiológico, al menos así logró interpretarlo el Dr. Piquer a los pocos minutos de iniciada la conversación con su paciente. No le era atípico en apariencia, pues se trataba de un hombre atractivo muy joven, de apenas veintiocho años, claramente ocupado de su físico, por lo que naturalmente podría haberse pensado que acudiría a su consulta, como tantos otros, para procurarse pectorales, glúteos o pantorrillas más grandes, y así lograr la tan ansiada “armonía” con su por demás obvia musculatura grande y definida. La imagen contemporánea de cuerpo dibujado por pesas y pintado por el sol, que seguramente había sido exhibida, o lo estaría pronto, en campañas publicitarias de ropa interior o deportiva, hacía pensar que ese hombre seguramente estaría inconforme con alguna parte de su cuerpo y, dada la carencia de escrúpulos propia del siglo XXI, acudía a la consulta de aquel cirujano plástico con la disposición temeraria y determinación fiel de cualquier fanático religioso, para someterse a la intervención que fuese necesaria sin medir en riesgos de quirófano ni reparar en recuperaciones traumáticas. 
Sin embargo, este no era estrictamente su caso, pues al iniciarse la conversación, Andrés, como dijo llamarse, dejó bien claro que su problema no tenía nada que ver con sus proporciones corporales, al menos no de sus extremidades o torso, tampoco con sus características faciales, de las cuales no se encontraba conforme sino muy orgulloso, así terminó aclarando que lo suyo se limitaba al tamaño de su pene. No era tampoco de extrañarse, pues además de ser cirujano plástico, ampliamente reconocido por sus trabajos con misses y misters, el Dr. Alfonso Piquer era de los mejores especialistas en el área sexual, con apenas cuarenta y un años de edad, era de los pocos médicos con experiencias públicas exitosas en reconstrucción de genitales y hasta reasignación de sexo. Así que, si el problema de aquel hombre era un órgano sexual pequeño, seguramente él conseguiría una vía para ayudarle, de forma que no tenga que padecer ante la decepción que seguramente causaba en sus potenciales parejas, una vez descubierta su deficiente herramienta sexual, más aún al generarse expectativas especiales, dada su contextura y apariencia de modelo internacional.
Pero no resultó ser precisamente ese su defecto, al contrario, Andrés le explicó que su pene era demasiado grande y que quería que se lo operara para que luciera más “normal”. Aquello sí que era una consulta atípica, por lo que el Dr. Piquer le pidió que se desvistiera y le explicara bien cuáles problemas le estaba causando el tamaño de su pene. Andrés se abrió la correa y desabotonó el pantalón, lo dejó caer hasta los pies y se quitó la chemisse. Por encima se veía un bulto bien proporcionado en su interior, que combinaban perfectamente con sus grandes muslos y claramente fuertes abdominales, no había nada en aquella imagen que molestara a la vista, no había indicios de deformidad, al menos en reposo aquel miembro era vistoso mas no monstruoso y el volumen aportado por la bolsa testicular tampoco era excesivo, de hecho parecía tener las proporciones deseadas por el común de sus pacientes, que regularmente se quejaban de “sus bolas pequeñas y su güebo tímido”, que en reposo no alcanzaba a ofrecer un bulto decente en la ropa. Andrés se bajó también el interior hasta las pantorrillas y dejó libres contra la gravedad sus testículos y su pene, que si bien no podrían dejar de notarse, no resultaban chocantes por excesivo tamaño, se veían muy bien y eso tranquilizó al médico, que pensó que efectivamente se trataba de genitales grandes pero había la probabilidad de que aquél fuese un caso más psicológico y menos fisiológico, que requeriría un tratamiento diferente, pues aunque resultara en menos entrada de dinero, el Dr. Piquer era enemigo del dolor y prefería siempre agotar todas las opciones no quirúrgicas de las inconformidades físicas de sus pacientes, antes de someterlos a las soluciones traumáticas, dolorosas y más que todo irreversibles de las cirugías.
Ante la cara de interrogante del médico, Andrés comenzó a hablarle sobre lo que sentía sobre su cuerpo: – Fíjese Doctor, con mis testículos no tengo problemas, son bolas grandes pero no me cuelgan como a los viejos o los caballos, además, yo sé que se ven bien y tampoco tengo las piernas flacas y pequeñas, yo estoy bien con mi apariencia allí. Mi problema es esto (dijo agarrándose el pene con la mano, mientras le sobresalía la midad aún estando en total reposo) Yo tengo el pene grande y eso que está tranquilito, cuando se para es mucho más del doble y también es grueso.
Hasta el momento el Dr. Piquer no se encontraba incómodo ante todo aquello, le dijo a Andrés que no se cohibiera, que necesitaba evaluarlo durante la erección y que era necesario que lo “parara” para poder entender de qué estaba hablando. Andrés respondió: – No se preocupe que a mí se me para muy fácilmente, me gustaría que me lo midiera para que entienda lo que le estoy diciendo – Efectivamente, no tardó casi nada y tras manipularlo suavemente su pene se endureció y creció como si se tratara de los dinosaurios de gel que traían los caramelos, que crecían varias veces su tamaño al meterlos en agua. No era circunciso y hasta que no estuvo totalmente erecto, la punta se encontraba casi totalmente cubierta por piel, sin embargo, una vez que se tornó lo más rígido posible, el prepucio se recogió naturalmente mostrando la mitad del glande, una cabeza que ya parecía ser perfecta, de color rosado ligeramente oscuro y de tamaño similar al resto del pene. Funcionalmente resultaba sano y correcto, al agarrarlo con la mano hacia el cuerpo, la piel se movía sin dificultad, descubriendo totalmente la punta, su dureza era muy buena, de hecho se sentía como si se estuviera tocando un codo o una rodilla, era duro y tenía una ligera curvatura hacia el lado izquierdo, algo que apenas se notaba cuando se dejaba libre, sosteniéndose sólo con la fuerza de su erección. Se trataba de un pene grande y firme, bastante fuerte y decidido, como definitivamente lo desearía tener la mayoría de los hombres.
Luego de colocarse los respectivos guantes de látex, el El Dr. Alfonso procedió a examinar aquel miembro duro y grande de su paciente, lo palpó y apretó en varias partes, le presionó desde abajo entre los testículos y confirmó que todo estaba funcionando perfectamente en aquel pene, no había signos de ninguna anormalidad más allá de la evidente magnitud de la cual ya no había dudas. Claro que era grande, con la cinta métrica lo midió: veinticinco centímetros de largo y de circunferencia casi diecisiete centímetros. Sin embargo, no se trataba de algo que él mismo no hubiese visto en películas pornográficas, de hecho era como estar en presencia no sólo de un actor porno, sino de una estrella de la industria pornográfica, aquel pene era similar a los modelos de vibradores y consoladores que se exhibían sin ningún pudor en las vidrieras de las tiendas de juguetes e implementos sexuales, sólo que este era de piel, bastante menos bronceado que el resto del cuerpo, con arterias reales y mucho más caliente que la goma de la que estaban hechos aquellos modelos “a escala”. 
Una vez superada esta parte de la consulta, tranquilizado el miembro y vestido el paciente, retomaron la conversación sobre la necesidad de Andrés de hacerse de un pene más “normal”, o según lo fraseaba él mismo “someterse a una cirugía de acortamiento de pene”. El Dr. Alfonso le repitió lo que ya él sabía, que su pene estaba en perfectas condiciones y que si efectivamente aquél no era un pene normal tampoco era extremadamente grande como para hacer imposible el coito ni vaginal ni anal, lo podría dificultar si no había una preparación suficiente, pero explicó que tanto la vagina como el ano son bastante capaces de recibir satisfactoriamente un miembro como el suyo y que, si acaso podría experimentar inconvenientes, sería con vaginas que no sean lo suficientemente profundas, como para evitar molestias al tratar de introducirlo completo.
Evidentemente todo esto era ya del conocimiento de Andrés, quien procedió a explicar los detalles de su caso:– A mí me gusta mi pene, o sea tener el pene grande no es algo que me moleste, incluso desde chamo, cuando comencé a crecer, estuve muy emocionado con tenerlo grande, aunque tampoco estaba seguro de si era o no grande respecto al resto de los hombres, hasta que comencé a tener relaciones sexuales, no fue sencillo pero me adapté y aprendí los trucos para lograr una buena lubricación y poder realizar la penetración sin mayores traumas. Yo soy bisexual, al menos hasta ahora he tenido relaciones con mujeres y con hombres y realmente no tengo ninguna preferencia definitiva por alguno de los dos lados, sobre eso ya estoy bastante tranquilo y sin mayores rollos porque ya entendí que en cuanto al sexo me gusta todo. De hecho, mi relación sexual ideal, mi mayor fantasía siempre es estar con una mujer y un hombre a la vez, no con un “transfor” con güebo y tetas, sino con una chama y un chamo, tipo normales. Sobre lo que me dice de las vaginas y los culos, es totalmente cierto, o sea, con eso no he tenido problemas, cero conflictos ni dolores, al menos nada que no resulte placentero para ambas partes. Mi rollo está en que según lo que he verificado hasta ahora, mientras tenga el pene así de grande no podré tener una relación estable, al menos no una relación sana en la que yo me sienta bien. –
Ante la pregunta del doctor sobre lo que él definía como una relación sana y qué rol estaba jugando su pene en contra de la estabilidad de sus relaciones sentimentales, Andrés continuó explicando: – A ver, cómo lo puedo poner de una forma que me pueda comprender sin darle tantos ejemplos, el problema es que una vez que pasamos a lo sexual, dejo de existir y me convierto en el güebote que sólo está allí para complacer y que no piensa ni siente más allá de lo sexual. Parecerá una estupidez pero ya estoy hasta el cansancio de comprobarlo, si conozco a una persona, no importa si es hombre o mujer, todo marcha muy bien hasta que tenemos sexo, luego de tirar, no importa lo que yo haga o deje de hacer, soy perfecto, aquel enamoramiento no es normal. Uno pensaría que con el fetiche de los penes grandes, los hombres se volverían locos y se obsesionarían conmigo, pero no es así, claro que me pasa que se quedan pegados en el tema de sexo, sexo, sexo, sexo, pero las mujeres también, incluso las más tranquilitas terminan todas diablas sexuales, queriendo sexo y más sexo, como si yo fuese sólo una máquina sexual y ya. Sé cómo suena, sé que es ridículo que un tipo venga aquí a decirle que quiere que le ponga el machete más corto porque está cansado de ser tratado como objeto sexual, pero le digo doctor, que no exagero, el nivel de imbecilidad en el que se convierte la gente una vez que me ve el pene es increíble, no importa qué haga yo, cuán degenerado y rata me ponga, están dispuestos y dispuestas a pasar por todo con tal de que siga teniendo relaciones con ellos y ellas. Tampoco es que les he pegado a ver si se dejan golpear y todo, pero no por ellos, sino porque eso no me gusta, no podría, pero sí me he puesto maltratador y hasta humillante y TODO me lo perdonan, sin que yo siquiera me disculpe ni les muestre arrepentimiento, es como si yo, o mejor dicho, mi pene, fuese un tipo de droga, se dejan hacer lo que sea con tal de tenerlo. Una vez le dije a una chama que no me gustaba su perro, con el que tenía casi diez años viviendo, y al día siguiente me llamó para decirme que lo había dejado abandonado en La Lagunita, donde seguramente alguien lo rescataría y lo cuidaría, o sea! Yo sé que me he conseguido con locas y locos de atar pero no puede ser que TODO aquél con quien me relacione sea peneadicto.
– ¿Pero siempre ha sido así? ¿No has logrado tener ni una relación sana o al menos normal?
– Nunca, o sea siempre es la misma locura, hay veces en que lo tratan de disimular pero es sólo cuestión de tiempo para que yo descubra que hacen lo que sea, incluso interesarse por mí, sólo para no perder lo del sexo conmigo. Y no es locura mía, no estoy tratando de buscar excusas para sabotear mis relaciones y desconfiar de todos siempre, para nada estoy muy claro y tanto ha sido así que mi terapeuta sólo me recomienda paciencia y está de acuerdo conmigo, aunque él como todos cree que alguien debe no desquiciarse tanto por un pene y terminar interesándose realmente en mí. Lo que pasa es que estoy ya cansado de lo mismo siempre. No me malinterprete, ha sido riquísimo, esto de ser como un dios sexual es lo máximo, pero la soledad aturde y cuando ya pasa el tiempo y saturan las experiencias, la esperanza se pierde y con ella la muerte es sólo una formalidad, y la verdad yo me siento muy vivo y con muchas ganas de vivir, claro que quiero tener sexo y mucho, pero quiero que haya algo más también, necesito tener un pene más normal que me permita conocer a alguien y que no corra hacia mi pene como lo hace un  insecto con la luz. –
– ¿Y tú estás seguro de que se trata de tu pene solamente? Porque tú eres un tipo atractivo y claramente sexual, tu forma de vestir, tu cuerpo, eres precisamente el prototipo de todo lo que se vende en publicidad asociado con el sexo y tienes que estar consciente de eso también, tú trabajas para eso, los ejercicios, el bronceado, el corte de cabello, la ropa... –
– Claro que sé que soy atractivo, me gusta ser atrayente, sexual, no tengo problemas con eso, es lo del tamaño de mi pene lo único que desbalancea todo. Yo empecé a cuidarme más recientemente, así, a hacer ejercicios, tratando de buscar algo más que llamara la atención en un esfuerzo vano por desviar la obsesión por mi pene, pensaba que con las piernas más grandes y los brazos y todo, haría parecer más pequeño mi pene, pero nada, la vaina ha sido como igual, o sea, ahora levanto mucho más, pero eso con ropa, luego ya desnudos la peneadicción es la misma. Yo he leído de operaciones para reducir el tamaño del pene y quiero eso, quiero un pene normal. ¿Usted cree que estoy loco, que son pendejadas mías? Usted lo vió, usted sabe cómo son los penes normalmente. ¿No es viable una operación? ¿No tengo solución? –
– La verdad sí es grande y es raro todo lo que me cuentas, pero definitivamente tú eres el único que tiene ese problema y sabe cómo le ha afectado. Yo no he tenido ese inconveniente, por suerte mi genética dio para que yo estuviera bien conforme con el tamaño del mío y no he tenido mayores problemas en mis relaciones, así que no puedo opinar sobre lo que tú sientes y quieres. Al parecer sufres lo que algunos llaman “la maldición de las bellas”, esa situación en la todo gira en torno a la belleza o el deseo sexual que inspira la mujer y que la lleva a ser siempre utilizada y considerada sólo como un objeto sexual sin importar nada más de ella, que en el caso de los hombres le suelen llamar “el síndrome del güebo de oro”, algo muy común que hace que el hombre se aproveche de su poder sobre sus parejas, fomentando el machismo, pero que en tu caso parece ser ya algo extremo. –
– Tal cual, yo sé que suena ridículo pero es así… ¿Y usted cree que me puede operar? –
– Sí, hay forma de hacer que tu pene sea menos grande y creo que podría lograr que se redujera un poco el grosor y el largo sin afectar la sensibilidad y principalmente el funcionamiento, aunque es algo delicado y nada mejor que nunca tocarlo con un bisturí. Sobre las cicatrices no debería haber mayor problema y todo eso se podría manejar. Aunque yo creo que tocaría hacer un estudio psicológico más completo sobre el caso particular, antes de proceder a evaluar la técnica y el objetivo quirúrgico. Tú sabes más que nadie lo que significa el pene en nuestra cultura y lo que puede afectar en la personalidad, me consta que todo el cuerpo importa pero los genitales y el tema sexual es mucho más influyente de lo que puede parecer. Así que te recomiendo cautela y que agotes todas las instancias primero. En esto hay que ser muy cauto y actuar según el libro, así no haya mucho escrito sobre este problema en particular. –
Antes de irse del consultorio, más tranquilo y con la confianza que le inspiraba el nuevo doctor, Andrés se acercó nuevamente y le preguntó cuál era su opinión personal al respecto, ante lo cual el Dr. Piquer fue incluso más claro de lo que se esperaba de él, pero sin culpa porque incluso él estaba siendo ya víctima de la influencia que inspiraba aquella presencia: – Francamente puedo entenderte, sin embargo, y no quiero que me malinterpretes porque yo tengo pareja y no estoy insinuándote nada más allá, sólo para serte honesto, por un momento me costó trabajo mantener la posición profesional que viste y que mereces como paciente. Cuando te desvestiste y te bajaste el interior me pareciste perfecto, no vi el problema, pero cuando te lo pusiste erecto sentí que salivaba y que se me secaba la boca al mismo tiempo, cuando te toqué quise más que explorarte acariciarte y si no hubiera estado tan sobrio como médico, me hubiera arrodillado para hacerte sexo oral sin que importara mi pareja, ni mi profesión, ni nada más que el placer que me hubiera ofrecido tenerlo en mi boca. Por eso te entiendo y creo que sí debes ver con un psicólogo qué es lo que se puede hacer y si recomienda la cirugía, pues que te la hagas…
Ante esa confesión tan honesta pero no del todo sorpresiva, Andrés le dijo: – Menos mal que me entiende y que nota que no es invento mío, y no me malinterprete a mí, ojalá yo tuviese una pareja como usted luego que me opere, una relación seria con alguien inteligente y bien parecido, no sólo sexo, aunque fíjese en esto… – y tomó de la mano y se la llevó hasta el pantalón para que sintiera lo duro que ya estaba, aprisionado dentro de aquel pantalón, producto de lo que acababa de escuchar… Así, luego de sonreírle y picarle el ojo, se fue pensando en que pronto rompería con aquella “maldición”.

Reina (coautoría con @asig31)


Esperaba en la estación con ganas de partir, con ansias de reencontrar a los seres más queridos. Leía un libro y bebía café, con las piernas cruzadas, perdiéndose en sus pensamientos mucho más que en la lectura. Lentes oscuros para ocultar su desvelo, el cabello suelto caía sin preocupación. Esa era la libertad que disfrutaba en aquella ciudad. Cada quien se ocupaba de lo suyo sin molestar o criticar a los demás. Una gran maleta, como siempre, la acompañaba.

Aunque no fumaba, el humo del cigarrillo no le molestaba, de hecho le recordaba aún más a sus familiares, que en su gran mayoría fumaban en todas las reuniones y fiestas. Buscó a su alrededor al responsable de brindarle gratos recuerdos estando aún tan lejos del hogar. Y allí estaba, gabardina negra y bufanda gris, algo despeinado, disfrutando de su cigarrillo y mirando hacia donde se encontraba ella. Le pareció raro que le llegara el humo desde tan lejos, pero era él, nadie más fumaba, al menos nadie que le llamara su atención.

Miró hacia atrás tratando de localizar el punto en donde estaban enfocados aquellos ojos azules, brillantes y hermosos de él. No había nadie. Ella volvió a mirarlo y el sonrió. Aquel hombre era un sueño. Ella pensó que quizás se había quedado dormida y se movió en su asiento. No, era real y estaba concentrado en ella. Ladeaba la cabeza mirándola, le guiñaba el ojo y se sonreía al notarla nerviosa. Ella podía jugar un rato. Así que también lo observó, lo recorrió totalmente y en su mente imaginó situaciones que la hicieron sonreír.

El ruido del tren la hizo volver a la realidad – Tan bien que la estaba pasando – pensó, manteniendo la sonrisa. Todos se movieron y cerraron su visual. Tomó entonces su maleta, cargó con su cartera en el hombro y subió al tren. Por la ventanilla trató de localizarlo pero ya no estaba. Suspiró y se preguntó si aquel ser había sido producto de su somnolencia y de su descarada imaginación, pero sabía que no estaba tan loca y que seguramente estaba en el mismo tren que ella, pero (por desgracia) en algún otro vagón.

El viaje duraría más de tres horas. No acostumbraba dormir en el trayecto, así que volvió a sumergirse en su novela romántico-policial. Luego de sólo tres páginas sintió un olor familiar, alzó la vista y allí estaba frente a ella nuevamente, a menos de dos pasos, de pie, sonriéndole…

– Hola, ¿Puedo sentarme a tu lado?

Angela Inciarte - @asig31




Ella no respondió, sólo le sonrió y se encogió de hombros, todo esto sin dejar de mirarse en las pupilas negras y brillantes de aquellos ojos perfectamente azules, de hecho le extrañó que no tuvieran manchas o vetas... – Azul puro – pensó, y remató su idea con una frase mental que la hizo intensificar su sonrisa para terminar mordiéndose ligeramente el labio: – Puro el ojo, oscura el alma – Supo entonces que lo que imaginó con aquel hombre mientras jugueteaba, mirándolo y sosteniéndole la mirada en el andén, había sido demasiado inocente, al menos en contraste a lo que quería imaginar ahora.

Luego de sentarse, ella cerró su libro y él comenzó la conversación:

– Me llamo Ernesto.

– Qué bien, Errrrrnesssstoooo… hmmm – y completó diciendo con tono y gesticulación cada vez más sugerente y pausada: – “Fuerte en el Combate”.

– ¿Cómo? – replicó él, casi entre dientes y sonrojándose un poco.

– Que eso justamente significa tu nombre: “Fuerte en el Combate”, ¿O me equivoco?

– Nunca lo había escuchado, pero supongo que sí, es decir que sí aplica… ¿Y tú, cómo te llamas?

– Amira.

– Lindo nombre, como la princesa…

– Precisamente, soy toda una princesa, ¿No te parece?

En ese momento pensó que estaba exagerando, que esa no era ella, pero luego se dijo que ¿Por qué no? ¿Por qué no podría ser una mujer liberada? No había motivos para no serlo, ya tenía más de tres años separada y hacía casi un año que era legalmente divorciada. ¿Cuándo podría hacer lo que le provocara? ¿Cuándo podía comenzar a vivir de nuevo? Vivía sola, mejor dicho “era independiente”, viajaba regularmente y ya había cumplido treinta y cuatro años. No era más una niña y lo disfrutaba, decidiendo qué hacer y cuándo, pero hasta esa tarde no se había atrevido a mirarse nuevamente como mujer, a coquetearle a un hombre, mucho menos a ser tan descaradamente insinuante. Estaba despertando y lo sabía, así que no se siguió cuestionando y se dejó llevar por la conversación con aquel ángel de alma oscura, que la cautivaba y la intrigaba de igual manera.

Estuvieron hablando de cuanto tema inverosímil pudieron entretejer en el camino y siempre se sintió ligera y fresca, hasta bella, considerando que no tenía casi maquillaje y que venía de una jornada de dos días ininterrumpidos de compras por todo el centro de la ciudad. Estaba consciente de que apenas y se ocupaba de su imagen en aquellos días, que ahora como proveedora de las tiendas de bisutería de los pueblos más al sur del país, estaba más dedicada a las cuentas y los catálogos que a ella misma. Aún así comprendió que era hermosa, diferente de la muchacha en el vestido de novia, que más pareció una niña en su primera comunión, supo que su tiempo estaba llegando y que en ese viaje estaba precisamente comenzando su reinado. Se sintió además inteligente y divertida, por un momento hasta recordó a su ex marido y lo cacheteó en su mente, diciéndole “¡Viste precocito q el vacío eras tú!”.

Rodney Gardie - @CuenteroQuemao

El Premio


Según contaron las enfermeras, las versiones de quienes presenciaron su desmayo coincidían en la fuerte impresión que les causó aquel desvanecimiento abrupto, más por la forma en que se cayó que por la propia caída, pues imaginaron que se trataba de alguna baja en la tensión arterial o algún desmayo común o natural dado su avanzado estado de gravidez. Efectivamente, Laura se precipitó al suelo como una escoba dejada sin apoyo o una escalera a la que le quitaron el soporte, con total ausencia de reflejos protectores, directo al suelo, sin vestigios de actitud de supervivencia, de frente, golpeándose la barriga de la forma más dolorosa posible, según comentaron aquellos que la vieron.

Lo que sucedió a aquel primer diagnóstico fue cada vez más intenso y preocupante, la infección primaria por HIV, desconocida hasta entonces, había dado paso a una cadena de complicaciones totalmente insospechadas para Laura, al menos hasta la tarde de enero en que se desplomó a las puertas de una estación del metro y terminó hospitalizada en el Centro Médico, a apenas tres cuadras de su casa y con la memoria hecha trizas. Al principio dudaba hasta de su propio nombre, no estaba segura de su edad y apenas reconoció a su madre, cuando ésta la visitó en la clínica seis días después de su angustiosa desaparición.

Eran casi las seis y estaba camino a una reunión de Alcohólicos Anónimos, la última antes de su parto, pues tenía planificado irse a Mérida y estar allá el mes y algo que le restaba para dar a luz y, además, pasar los primeros meses de su nueva condición de madre rodeada de su familia, puesto que en Caracas sólo tenía amigos y compañeros de trabajo. Ese fue el último día que recordó haberse sentido alegre y optimista.

Había estado asistiendo a aquellas reuniones desde su primer mes de embarazo, cuando comprendió que no podía ignorar más su problema, porque hasta su barriga era consecuencia de alguna de sus indescriptibles borracheras, porque ya eran tan frecuentes sus pérdidas de memoria a la mañana siguiente de cada una, que no podría estar segura de dónde ni con quién habría estado, mucho menos qué habría hecho. Fueron entonces, su ya desconocida vergüenza y el más puro temor a dañar a su futuro bebé, los que la llevaron a buscar ayuda en aquel grupo de adictos en vía de recuperación, al cual le tenía tanta aversión, y fue precisamente con el apoyo y la solidaridad de sus compañeros de causa, que Laura consiguió sobrellevar un poco mejor sus estados de ansiedad, así como la depresión y angustia que le causaba ser madre soltera (de padre incógnito) y alcohólica, o como ella misma se llamaba sin tapujos: borracha perdida.

Se puede decir que hasta aquella tarde, Laura estaba sintiendo que recuperaba lentamente el control de su vida y que ya podía sentir alguna diferencia en los cada vez menos intensos desesperos matutinos por beber y las cada vez más cortas noches de insomnio. Percatarse de sus pequeños pero positivos cambios la reanimaba y le aportaba impulso a su determinación de rehabilitarse, para poder ofrecerle estabilidad y dignidad a su bebé, quien era realmente inocente de aquella situación y que merecía al menos buenas oportunidades, y no presenciar ninguna escena de traspiés, imprudencias e impertinencias, propios de los borrachos, propios de ella borracha, sin contar con las escenas degradantes e inmorales que ni siquiera Laura recordaría a la mañana siguiente, cuando despertara no con máscaras hidratantes en su rostro sino con los restos de sus excesos y hasta de su propio vómito.

Rodrigo estaba sano. La terapia antirretroviral para ella en las últimas semanas del embarazo, la cesárea programada para evitar al máximo el contacto del bebé con la sangre de Laura, el tratamiento para Rodrigo en los primeros días después del nacimiento, así como el no haber sido amamantado por ella para eliminar al máximo los riesgos de transmisión del virus causante de la inmunodeficiencia en su madre, permitieron que antes de cumplir su primer año de edad, Laura pudiese escuchar de su hijo perfectamente sano un primer fraseo torpe de: “ma-má”.

Sin embargo, ella recorría el camino contrario al de su bebé. Luego de dar a luz desarrolló un cuadro grave de toxoplasmosis y neumonía que la fue consumiendo drásticamente, al punto de no dejarla salir a la calle por la debilidad y mantenerla aislada para evitar nuevas infecciones, pues su sistema inmunológico reaccionaba apenas por semanas a los tratamientos antirretrovirales y las recaídas eran ya la constante.

Entonces, cuando se sintió en un punto de no retorno, Laura le pidió a su madre que cuidara de su hijo, que lo guiara y ayudara a crecer sano y listo, con herramientas suficientes para evitar caer en los errores que ella no pudo esquivar. Así, le pidió incluso que le hablara claramente sobre ella y sobre lo que había sido y lo que había hecho, que le contara todo, lo bueno y lo malo; y que principalmente pudiera comprender que él había sido su mayor alegría y satisfacción, que lo amaba y que era el único premio positivo de su carrera absurda y sin frenos, esa que la empeñaba en desconocer que debía quererse y que siempre tenía razones para hacerlo, que no debía avergonzarse de pedir ayuda cuando sintiera que alguna situación lo sobrepasara, que supiera que ella sentía mucho no haber sido menos imperfecta y que soñara en grande, para que su premio pueda ser tan bello como él había sido para ella en ese corto tiempo, pero que él sí logre disfrutarlo.


(los nombres y lugares han sido cambiados para proteger la privacidad de los personajes)

Lo más lindo


La mañana del viernes 9 de Julio, terminando una semana acortada por el ya intrascendente feriado patriótico, Rita se preparaba para ir a su trabajo y sentía que en lugar de “arreglarse” lo de ella cada vez más era “adornarse”. Se esforzaba en nuevos intentos por lograr un resultado medianamente decente en su peinado y en la casi absurda labor de cobertura de imperfecciones en su rostro, no tanto para atraer como para distraer, pues como escuchó el martes a su jefe decirle a un compañero de trabajo, en tono de burla creyendo que ella no estaba cerca: “Lo más lindo de Rita es dejar de verla”. Rita estaba entonces cada día más consciente de su carencia de atractivo y, lo que se le hacía aún peor, sabía sobre el agravante que resultaba el paso del tiempo en ese aspecto, en el suyo, porque notaba que lo que antes era feo, por lo menos era firme.

Cuando terminó de maquillarse, decidió no verse más en el espejo y salió a la calle con unos jeans y una blusa negra que le disimulaba mejor la gordura y las manchas del acné reciente en el cuello y el pecho. Caminando por la acera de la Avenida Sucre de Los Dos Caminos, bajando hacia la Avenida Rómulo Gallegos, Rita ya no percibía las usuales miradas esquivas de la gente sino que ahora se sentía como señalada, de hecho se sintió cual “mona de circo” durante todo el trayecto. Además, como si fuera poca su incomodidad, la guinda de la torta (que era ella esa mañana) la puso un tipo con un piropo insólito, no tanto porque viniera de un indigente sino por el contenido de aquella frase: “¿Qué estará pasando en el cielo, que se están cayendo los ángeles?”, Rita pensó que obviamente aquel piropo no tenía mérito proviniendo de ese despojo de hombre, hasta se dijo en su mente: “¡Bien bueno pues! Ahora piropeada por un indigente ciego”, pero inmediatamente se percató de la calidad visual de aquel sujeto, porque sin ningún reparo y con una descarada carga de repulsión, el sucio y por demás pestilente individuo remató su frase respondiéndose a sí mismo: “…quien sabe, pero debe ser una coñaza arrecha entre los santos o un golpe de estado del diablo, porque ésta cayó de boca y quedó vuelta mierda, jajaja”.

No quiso fijarse más en las miradas de los demás e inició un inventario totalmente innecesario y en extremo masoquista sobre sí misma: Tengo estatura normal, claro que me veo pequeña por el exceso de caderas y mi cuello corto; Ni le paro ya a la celulitis, total que es tanta que lo que tengo es piernas en las celulitis; Mi cabello no es ni chicha ni limonada, parece que se me hubiera quemado con una mala permanente, pero no, él es así naturalmente; Heredé la dentadura de mi papá, más que una pelea de perros parece una guerra asimétrica, como dicen en la televisión; Como soy tan miope y con tanto astigmatismo, no hay forma de que use lentes de contacto, así que mis ojos se ven chiquiticos detrás de estos cristales, que de lo gruesos parecen vidrios de seguridad de carros; Mi piel es amarillo apio y nunca me logro broncear porque me insolo y me pelo ahí mismo; y mis pies son grandes y rectos, así que ni soñar con usar las sandalias esas que están de moda.

Llegó a su trabajo en el nuevo centro comercial, se puso su uniforme de cajera de aquel local de pollo frito en la feria de comida rápida y ahora se sentía además de fea ridícula, pero igual se esmeró por mostrar una sonrisa que sabía que tampoco agradaba, pero que era obligatoria en su puesto al atender clientes. En efecto, aquel desastre de mala mordida y mezcla de dientes pequeños y grandes, torcidos y hasta manchados, simplemente asustaba. Cuando el primer cliente pidió que sus papas fueran reemplazadas por yuca, se sintió abofeteada nuevamente, porque recordó que en el liceo la llamaban “Yukka” en referencia a Yukk el perro espantoso acompañante de Micromán (supuesto superhéroe de dibujos animados). A su mente le vino enseguida la imagen de la vez que le dejaron de regalo en su pupitre una casita de perro de papel con una nota que decía: “Para Yukka, úsala con precaución y sólo quítatela de la cabeza en casos de emergencia”.

Como todos los viernes, a las dos de la tarde llegó a comer su enamorado, no su pretendiente sino el que a ella le gustaba, en fin, se trataba del “papi” más “papi” de todo el Centro Comercial y al verlo ella sintió que al menos algo le saldría bien aquel día. Christian era un tipo de 24 años, blanco bronceado de ojos azules, muy alto, con un cabello liso, negro y abundante, digno de una publicidad de Pert, atlético y grande por naturaleza, sexualmente atractivo aún sin proponérselo y con una sonrisa espléndida y perfecta. Siempre estaba vestido de traje y pocas veces andaba sin chaqueta sólo con camisa y corbata, principalmente porque trabajaba en la tienda de ropa masculina más moderna y de mayor prestigio nacional. Su apariencia de modelo internacional era apenas igualada por su simpatía de animador de programas de televisión, y pese a todo pronóstico, Christian era la única persona que no la trataba con indiferencia, más por política propia que por algún sentimiento especial hacia Rita.

Quizás por como se sentía aquel día, cuando Christian se despidió luego de recibir su factura y le dijo “¡Gracias Muñeca!”, obviamente más por costumbre que notando lo que estaba diciendo, Rita respondió sin pensar: “¡Siempre a tu orden Bello, tú sabes que me encantas!”, a lo cual él sólo se limitó a arrugar la frente y apretar los labios mientras le decía con la mirada “Qué te pasa rolo e ‘fea? ¡Ubícate!”. Luego de semejante vergüenza pública, Rita no volvió a hablar y se dedicó a arreglar vasos y servilletas y preparar los pedidos “para llevar”, todo con tal de no interactuar más con público, porque temía que explotara a gritos ante el próximo episodio.

Una vez en su casa, tarde en la noche, sola como siempre y más virgen que nunca, Rita se hundía más tranquila en las telenovelas y en cuanto programa basura se le atravesara en su televisor, todo para olvidarse de su propia vida. Casi de madrugada y más sosegada pero sin olvidar su estrepitoso día, sintonizó un canal hispano en donde estaba comenzando El Show de Cristina, y al escuchar el tema del día: “Mujeres atrapadas en cuerpos de feas”, no soportó más y decidió vengarse de la forma que pudiese de la responsable de su desgracia. Así fue como sin remordimientos y diciendo la frase “GRACIAS POR CASARTE CON EL TIPO MAS FEO DEL MUNDO”, Rita destapó el jarroncito con las cenizas de su madre muerta un año atrás y descargó su contenido en la poceta del baño de la sala, tras lo cual respiró profundo, se rió nerviosa y luego lloró desconsoladamente, eso sí trató de hacerlo lo más rápido que pudo, porque al final sabía que no quería perderse ese especial de Cristina, total, quién sabe si allí la orientarían sobre alguna solución para mejorar su autoestima, porque de su cuerpo ni pensaba pues estaba clarísima que eso, si acaso, era tema de varios programas de cirujanos plásticos, no de toc-chous.


powered by Blogger | WordPress by Newwpthemes | Converted by BloggerTheme | Blogger Templates