Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas

Si me dejas




Como cualquier otra ama de casa de su urbanización, mientras disfrutaba de la cola diaria para pagar en el supermercado, ella no pudo evitar escuchar lo que hablaban dos señoras delante de ella. En efecto, en esta oportunidad no tuvo que recurrir a las poses falsas que acostumbraba para acercar sus oídos a las conversaciones ajenas, sino que las risas y el descaro de aquellas mujeres hacían todo el trabajo por ella. Total que destruían al yerno de una de ellas, de la que parecía tener el cabello coloreado con Merthiolate, porque aunque era rojo, aquello no parecía fruto de ningún tinte, Gabriela no podía dejar de verle el cabello y pensar que eso se lo había hecho ella misma, porque se negaba a creer que esa señora hubiera pagado en una peluquería porque la hicieran parecer payasa de circo barato.
Ese cabello y esa conversación la cautivaban tanto seguramente porque por aquella época sus días transcurrían sin grandes asombros, entre ser chofer de sus hijas temprano para llevarlas al colegio, lo mismo que para buscarlas al mediodía y luego llevarlas a las clases de flamenco, gimnasia o a las reuniones de los Scouts, dependiendo de si era lunes, miércoles o jueves, así como dedicarse a limpiar hasta lo que no estaba sucio en cada rincón de su casa, y por supuesto, cocinar tres o cuatro veces al día. Así, sus amigas eran aquellas infaltables presentadoras de los talk shows latinos de las mañanas, y sus fantasías se limitaban a las intrigas e ilusiones de las protagonistas de las novelas de las tardes. Aquella vuelta por el supermercado era su único entretenimiento vivencial, el único sitio en donde interactuaba con gente, al menos con personas que no le pedían que se apurara manejando o que no le reclamaban por no cocinarle su comida favorita. Para esa gente Gabriela era exitosa.
Quien la veía bajarse de aquella camioneta del año para hacer escala al final de la tarde por el supermercado, trajeada, peinada y maquillada como ejecutiva de agencia de publicidad, pensaría que se trataba de una profesional guerrera, de esas que aún pudiendo delegar en algún personal de servicio aquellas tareas hogareñas, fabricaba el tiempo para encargarse personalmente de realizar ciertas compras de lo que hiciese falta en su cocina, imaginando incluso que algún día de la semana hasta se las ingeniara para administrar su tiempo y ser ella misma quien preparara el almuerzo de su familia, como una muestra del amor sacrificado de madre, de las que incluso adoptan a sus maridos como otro hijo más, alguien a quien consentir y cuidar incondicionalmente. Pero quien pensara eso sólo viéndola, estaría acertando únicamente en que Gabriela era una profesional, porque contrario a lo que aparentaba, ella se las ingeniaba era para llenar sus horas ociosas cada día, para lo cual la visita al supermercado se le había convertido en una opción muy entretenida en aquellos días.
Siempre trataba de mantener su mente ocupada, en lo que fuera, todo con tal de no dejar oportunidad a su conciencia de estrujarle en los ojos la soledad y frustración que le había dejado aquella serie de decisiones que la llevaron a mutilarse profesionalmente, transformándola de Ingeniera Electricista en una ama de casa por debajo del promedio. Por debajo, porque ella suponía que el promedio se encontraba si no contenta, al menos cómoda con su ocupación. No se permitía pensar en eso, y tampoco dejaba espacio para reparar en que paralelamente a aquel cambio de oficio, todo en ella había experimentado un desvanecimiento progresivamente regresivo. Así paradójico y todo, su vida avanzaba hacia el retroceso de las conquistas más elementales de la mujer moderna.
Había pasado de ser una joven emprendedora y brillante, primera en su clase y con amplias oportunidades laborales, a ni siquiera ser experta cocinera, porque ni siquiera su esfuerzo y dedicación le reportaban aunque sea una palabra o un gesto amable o agradecido de sus clientes internos actuales: su familia. Para su esposo ella era una completa inútil y para sus hijas ni siquiera existía. De haber sido un espléndido y consentidor novio, catorce años después pasó a ser un total inconforme y crítico esposo, espléndido ahora sólo en menosprecios y comparaciones vejatorias hacia ella y todo lo que hacía. Seguramente aquella ausencia de amor propio era lo que hacía que sus hijas la consideraran como menos que una esclava. Siendo esa realidad tan pesada y asfixiante, Gabriela no podía hacer otra cosa que distraer su mente y tratar de salir victoriosa aunque sea en esa batalla, contra su propia mente.
Lo que había escuchado aquella tarde, de boca de esa mujer con cabello tan alarmante como su propia lengua, la había dejado pensativa. ¿Sería verdad que esa mujer de más de sesenta años, en un descuido de su yerno, le habría abierto el celular para sacar la mini tarjeta de memoria externa y revisar desde su propio celular las fotos que él tenía guardadas allí? ¿Habría sido capaz de todo aquello para demostrarle a su hija que su esposo no sólo le era infiel sino que se tomaba fotos y hasta videos con sus amantes? Eso no sólo era algo totalmente rebuscado, sino que le hacía click en su cabeza, alineándose perfectamente con sus sospechas hacia su propio marido.
Alfredo estaba muy misterioso con su teléfono, aún careciendo de toda necesidad para ello, pues su esposa no sólo era incapaz de invadir su privacidad, sino que hasta le tenía miedo. A esas actitudes cada vez más extrañas de su esposo con su teléfono, se le sumaban las llegadas tardes carentes de explicaciones y más recientemente los rumores entre su propia familia de las indiscreciones públicas con varias clientas y hasta compañeras de trabajo. Por esto, cuando Gabriela escuchó aquella argucia investigativa de esa suegra de cabeza incendiaria, sintió que no se trataba de una casualidad aislada, que aquello bien podría ser un hecho del propio universo conspirando para lograr su liberación, como había escuchado tanto a Gabriel en su programa matutino de lectura del tarot y astrología.
Así fue como decidió que esa noche, mientras su esposo estuviera atormentándola con su concierto de ronquidos, ella irrumpiría entre sus cosas y trataría de extraer alguna imagen o video comprometedor de la memoria de su celular. Sabía que le aterraba todo lo referente a esa locura de cuaima celosa, pero también sabía que no se detendría, ni por el miedo a ser descubierta, ni por el miedo a lo que fuese a descubrir.
Pero ya cuando se disponía a abrir el celular y retirar la batería para llegar hasta la memoria extraíble, dejó de escuchar los estruendosos ronquidos de Alfredo, lo cual la terminó de quebrar, pensó que se había despertado y que la encontraría revisando entre sus cosas, así que dejó todo tal y como lo había encontrado y volvió a la cama sin hacer ruido, para descubrir que su esposo nunca se había despertado, sólo había cambiado de posición, dejando la habitación en un silencio aún más desesperante, que la acompañó en aquella larga noche donde sólo le quedó pensar y llorar, en el mismo silencio de la respiración del marido, pero a diferencia de su descanso, lo de ella era sólo angustia, tormento y rabia.
Al despertar, Alfredo no la consiguió en el cuarto, pero eso no le causó ninguna extrañeza pues casi nunca reparaba en si ella estaba o no cerca. Sin embargo al salir de bañarse, la encontró sentada serenamente en el borde de la cama, desde donde con una inesperada actitud retadora y directa, Gabriela comenzó a hablarle sin dejar que él la interrumpiera, como acostumbraba a hacerlo:
- Buen día Alfredo. Esperaba que salieras del baño porque necesito que me escuches. Estoy harta de sentirme, mejor dicho, estoy harta de no sentirme, de estar a tu lado deseando que no estés cerca, de que me minimices constantemente y me trates, no, que me maltrates como lo haces. No soportaré ni un insulto más de ti. No toleraré que sigas humillándome, ni en privado ni en público. Estoy cansada ya de ser un objeto inútil en esta casa y que me hagas sentir como un juguete viejo que nadie quiere. No puedo soportar más que me neutralices como persona, como mujer, que yo no tenga voz, que mi opinión no cuente y que mis sentimientos sean menos que mierda para ti. Yo soy una mujer profesional, inteligente, y sensible, y no soportaré que sigas mandando sobre mí. Así que, si me dejas, si me lo permites, yo me quiero divorciar de ti. – 

Otra vez


Sé que has pensado que nada es igual
y que has extrañado lo que nunca será
porque no lo previste y ya qué más da
ni pierdes ni ganas y todo está igual

Sé que has pensado en dar marcha atrás
que todo da vueltas y hasta duele pensar
que todos los saltos se van a olvidar 
porque el sueño es cansancio 
y respirar te hace daño 
y es que el miedo está ahora jugando a ocultar 
las ganas que no tienes de volver a empezar

Una vez y otra vez
si lo ves di por qué
tú también lo sabrás
otra vez si podrás 
y es ahora al pensar que te pierdes 
cuando sueñas que no quieres 
es ahora cuando más debes sentir que será 
que nunca nada es igual 
que lo que quieres debes buscar
porque cada vez que se va 
cuando el amor ya no está 
una vez y otra vez
siempre vuelve a llegar

Sé que has pensado lo que quieres negar
que hasta has odiado lo que nunca será
ya lo viviste y ahora lloras de más
ni pierdes ni ganas y nada es igual

Sé que has pensado dejar todo atrás
que en tu mente las vueltas no dejan pensar
en que incluso los besos se van a borrar 
porque el hambre es cansancio 
y ya reir te hace daño 
y es que las ganas ahora están jugando a ocultar 
el miedo que tienes de volver a empezar

Una vez y otra vez
yo lo sé y ví por qué
yo también te sentí
y yo sé que podrás
y por eso al pensar que te pierdes 
cuando veo que no quieres 
es ahora cuando más debes sentir que será 
que nunca nada es igual 
que lo que quieres debes buscar
porque cada vez que se va 
cuando el amor ya no está 
una vez y otra vez
siempre vuelve a llegar

...que nunca nada es igual
lo que quieres siempre vendrá
porque cada vez que se va
cuando el amor ya no está
una vez y otra vez
siempre vuelve a llegar 

Por si llegas y ya duermo




Por si llegas y ya duermo
quise dejarte algo que siento...


lo que me eleva y me despierta
lo que me asusta y me perturba
lo que yo tengo entre tierra y puerto
lo que está hundido en el mar que pierdo


aquí te dejo mi miedo y mi cansancio 
todas mis ganas desenfrenadas 
aquí te las dejo...


y no sólo te entrego todo lo que tengo
sino mis ansias y hasta mis sueños
todos mis versos y mi alfabeto
lo que no he escrito y lo que grito
lo que aún no pierdo y lo que encuentro 


si quieres te dejo… todo esto que siento
porque siempre aquí te siento 
y eres todo lo que esta noche quiero






Por si llegas y ya duermo
quise dejarte algo que pienso...


que me congelas y hasta me quemas
que me torturas con tu cordura
que ya no tengo tierra y ni puerto
que estoy hundido en tu mar oscuro y quieto


aquí te dejo mi miedo y mi cansancio 
todas mis ganas desenfrenadas 
aquí te las dejo...


y no sólo te entrego todo lo que tengo
sino mis ansias y hasta mis sueños
todos mis versos y mi alfabeto
lo que no he escrito y lo que grito
lo que aún no pierdo y lo que encuentro 


si quieres te dejo… todo esto que siento
porque igual aquí te tengo
y eres todo lo que esta noche quiero

La Maldición de las Bellas



Aquella no era una consulta común, de hecho se trataba de un caso bastante raro y no totalmente fisiológico, al menos así logró interpretarlo el Dr. Piquer a los pocos minutos de iniciada la conversación con su paciente. No le era atípico en apariencia, pues se trataba de un hombre atractivo muy joven, de apenas veintiocho años, claramente ocupado de su físico, por lo que naturalmente podría haberse pensado que acudiría a su consulta, como tantos otros, para procurarse pectorales, glúteos o pantorrillas más grandes, y así lograr la tan ansiada “armonía” con su por demás obvia musculatura grande y definida. La imagen contemporánea de cuerpo dibujado por pesas y pintado por el sol, que seguramente había sido exhibida, o lo estaría pronto, en campañas publicitarias de ropa interior o deportiva, hacía pensar que ese hombre seguramente estaría inconforme con alguna parte de su cuerpo y, dada la carencia de escrúpulos propia del siglo XXI, acudía a la consulta de aquel cirujano plástico con la disposición temeraria y determinación fiel de cualquier fanático religioso, para someterse a la intervención que fuese necesaria sin medir en riesgos de quirófano ni reparar en recuperaciones traumáticas. 
Sin embargo, este no era estrictamente su caso, pues al iniciarse la conversación, Andrés, como dijo llamarse, dejó bien claro que su problema no tenía nada que ver con sus proporciones corporales, al menos no de sus extremidades o torso, tampoco con sus características faciales, de las cuales no se encontraba conforme sino muy orgulloso, así terminó aclarando que lo suyo se limitaba al tamaño de su pene. No era tampoco de extrañarse, pues además de ser cirujano plástico, ampliamente reconocido por sus trabajos con misses y misters, el Dr. Alfonso Piquer era de los mejores especialistas en el área sexual, con apenas cuarenta y un años de edad, era de los pocos médicos con experiencias públicas exitosas en reconstrucción de genitales y hasta reasignación de sexo. Así que, si el problema de aquel hombre era un órgano sexual pequeño, seguramente él conseguiría una vía para ayudarle, de forma que no tenga que padecer ante la decepción que seguramente causaba en sus potenciales parejas, una vez descubierta su deficiente herramienta sexual, más aún al generarse expectativas especiales, dada su contextura y apariencia de modelo internacional.
Pero no resultó ser precisamente ese su defecto, al contrario, Andrés le explicó que su pene era demasiado grande y que quería que se lo operara para que luciera más “normal”. Aquello sí que era una consulta atípica, por lo que el Dr. Piquer le pidió que se desvistiera y le explicara bien cuáles problemas le estaba causando el tamaño de su pene. Andrés se abrió la correa y desabotonó el pantalón, lo dejó caer hasta los pies y se quitó la chemisse. Por encima se veía un bulto bien proporcionado en su interior, que combinaban perfectamente con sus grandes muslos y claramente fuertes abdominales, no había nada en aquella imagen que molestara a la vista, no había indicios de deformidad, al menos en reposo aquel miembro era vistoso mas no monstruoso y el volumen aportado por la bolsa testicular tampoco era excesivo, de hecho parecía tener las proporciones deseadas por el común de sus pacientes, que regularmente se quejaban de “sus bolas pequeñas y su güebo tímido”, que en reposo no alcanzaba a ofrecer un bulto decente en la ropa. Andrés se bajó también el interior hasta las pantorrillas y dejó libres contra la gravedad sus testículos y su pene, que si bien no podrían dejar de notarse, no resultaban chocantes por excesivo tamaño, se veían muy bien y eso tranquilizó al médico, que pensó que efectivamente se trataba de genitales grandes pero había la probabilidad de que aquél fuese un caso más psicológico y menos fisiológico, que requeriría un tratamiento diferente, pues aunque resultara en menos entrada de dinero, el Dr. Piquer era enemigo del dolor y prefería siempre agotar todas las opciones no quirúrgicas de las inconformidades físicas de sus pacientes, antes de someterlos a las soluciones traumáticas, dolorosas y más que todo irreversibles de las cirugías.
Ante la cara de interrogante del médico, Andrés comenzó a hablarle sobre lo que sentía sobre su cuerpo: – Fíjese Doctor, con mis testículos no tengo problemas, son bolas grandes pero no me cuelgan como a los viejos o los caballos, además, yo sé que se ven bien y tampoco tengo las piernas flacas y pequeñas, yo estoy bien con mi apariencia allí. Mi problema es esto (dijo agarrándose el pene con la mano, mientras le sobresalía la midad aún estando en total reposo) Yo tengo el pene grande y eso que está tranquilito, cuando se para es mucho más del doble y también es grueso.
Hasta el momento el Dr. Piquer no se encontraba incómodo ante todo aquello, le dijo a Andrés que no se cohibiera, que necesitaba evaluarlo durante la erección y que era necesario que lo “parara” para poder entender de qué estaba hablando. Andrés respondió: – No se preocupe que a mí se me para muy fácilmente, me gustaría que me lo midiera para que entienda lo que le estoy diciendo – Efectivamente, no tardó casi nada y tras manipularlo suavemente su pene se endureció y creció como si se tratara de los dinosaurios de gel que traían los caramelos, que crecían varias veces su tamaño al meterlos en agua. No era circunciso y hasta que no estuvo totalmente erecto, la punta se encontraba casi totalmente cubierta por piel, sin embargo, una vez que se tornó lo más rígido posible, el prepucio se recogió naturalmente mostrando la mitad del glande, una cabeza que ya parecía ser perfecta, de color rosado ligeramente oscuro y de tamaño similar al resto del pene. Funcionalmente resultaba sano y correcto, al agarrarlo con la mano hacia el cuerpo, la piel se movía sin dificultad, descubriendo totalmente la punta, su dureza era muy buena, de hecho se sentía como si se estuviera tocando un codo o una rodilla, era duro y tenía una ligera curvatura hacia el lado izquierdo, algo que apenas se notaba cuando se dejaba libre, sosteniéndose sólo con la fuerza de su erección. Se trataba de un pene grande y firme, bastante fuerte y decidido, como definitivamente lo desearía tener la mayoría de los hombres.
Luego de colocarse los respectivos guantes de látex, el El Dr. Alfonso procedió a examinar aquel miembro duro y grande de su paciente, lo palpó y apretó en varias partes, le presionó desde abajo entre los testículos y confirmó que todo estaba funcionando perfectamente en aquel pene, no había signos de ninguna anormalidad más allá de la evidente magnitud de la cual ya no había dudas. Claro que era grande, con la cinta métrica lo midió: veinticinco centímetros de largo y de circunferencia casi diecisiete centímetros. Sin embargo, no se trataba de algo que él mismo no hubiese visto en películas pornográficas, de hecho era como estar en presencia no sólo de un actor porno, sino de una estrella de la industria pornográfica, aquel pene era similar a los modelos de vibradores y consoladores que se exhibían sin ningún pudor en las vidrieras de las tiendas de juguetes e implementos sexuales, sólo que este era de piel, bastante menos bronceado que el resto del cuerpo, con arterias reales y mucho más caliente que la goma de la que estaban hechos aquellos modelos “a escala”. 
Una vez superada esta parte de la consulta, tranquilizado el miembro y vestido el paciente, retomaron la conversación sobre la necesidad de Andrés de hacerse de un pene más “normal”, o según lo fraseaba él mismo “someterse a una cirugía de acortamiento de pene”. El Dr. Alfonso le repitió lo que ya él sabía, que su pene estaba en perfectas condiciones y que si efectivamente aquél no era un pene normal tampoco era extremadamente grande como para hacer imposible el coito ni vaginal ni anal, lo podría dificultar si no había una preparación suficiente, pero explicó que tanto la vagina como el ano son bastante capaces de recibir satisfactoriamente un miembro como el suyo y que, si acaso podría experimentar inconvenientes, sería con vaginas que no sean lo suficientemente profundas, como para evitar molestias al tratar de introducirlo completo.
Evidentemente todo esto era ya del conocimiento de Andrés, quien procedió a explicar los detalles de su caso:– A mí me gusta mi pene, o sea tener el pene grande no es algo que me moleste, incluso desde chamo, cuando comencé a crecer, estuve muy emocionado con tenerlo grande, aunque tampoco estaba seguro de si era o no grande respecto al resto de los hombres, hasta que comencé a tener relaciones sexuales, no fue sencillo pero me adapté y aprendí los trucos para lograr una buena lubricación y poder realizar la penetración sin mayores traumas. Yo soy bisexual, al menos hasta ahora he tenido relaciones con mujeres y con hombres y realmente no tengo ninguna preferencia definitiva por alguno de los dos lados, sobre eso ya estoy bastante tranquilo y sin mayores rollos porque ya entendí que en cuanto al sexo me gusta todo. De hecho, mi relación sexual ideal, mi mayor fantasía siempre es estar con una mujer y un hombre a la vez, no con un “transfor” con güebo y tetas, sino con una chama y un chamo, tipo normales. Sobre lo que me dice de las vaginas y los culos, es totalmente cierto, o sea, con eso no he tenido problemas, cero conflictos ni dolores, al menos nada que no resulte placentero para ambas partes. Mi rollo está en que según lo que he verificado hasta ahora, mientras tenga el pene así de grande no podré tener una relación estable, al menos no una relación sana en la que yo me sienta bien. –
Ante la pregunta del doctor sobre lo que él definía como una relación sana y qué rol estaba jugando su pene en contra de la estabilidad de sus relaciones sentimentales, Andrés continuó explicando: – A ver, cómo lo puedo poner de una forma que me pueda comprender sin darle tantos ejemplos, el problema es que una vez que pasamos a lo sexual, dejo de existir y me convierto en el güebote que sólo está allí para complacer y que no piensa ni siente más allá de lo sexual. Parecerá una estupidez pero ya estoy hasta el cansancio de comprobarlo, si conozco a una persona, no importa si es hombre o mujer, todo marcha muy bien hasta que tenemos sexo, luego de tirar, no importa lo que yo haga o deje de hacer, soy perfecto, aquel enamoramiento no es normal. Uno pensaría que con el fetiche de los penes grandes, los hombres se volverían locos y se obsesionarían conmigo, pero no es así, claro que me pasa que se quedan pegados en el tema de sexo, sexo, sexo, sexo, pero las mujeres también, incluso las más tranquilitas terminan todas diablas sexuales, queriendo sexo y más sexo, como si yo fuese sólo una máquina sexual y ya. Sé cómo suena, sé que es ridículo que un tipo venga aquí a decirle que quiere que le ponga el machete más corto porque está cansado de ser tratado como objeto sexual, pero le digo doctor, que no exagero, el nivel de imbecilidad en el que se convierte la gente una vez que me ve el pene es increíble, no importa qué haga yo, cuán degenerado y rata me ponga, están dispuestos y dispuestas a pasar por todo con tal de que siga teniendo relaciones con ellos y ellas. Tampoco es que les he pegado a ver si se dejan golpear y todo, pero no por ellos, sino porque eso no me gusta, no podría, pero sí me he puesto maltratador y hasta humillante y TODO me lo perdonan, sin que yo siquiera me disculpe ni les muestre arrepentimiento, es como si yo, o mejor dicho, mi pene, fuese un tipo de droga, se dejan hacer lo que sea con tal de tenerlo. Una vez le dije a una chama que no me gustaba su perro, con el que tenía casi diez años viviendo, y al día siguiente me llamó para decirme que lo había dejado abandonado en La Lagunita, donde seguramente alguien lo rescataría y lo cuidaría, o sea! Yo sé que me he conseguido con locas y locos de atar pero no puede ser que TODO aquél con quien me relacione sea peneadicto.
– ¿Pero siempre ha sido así? ¿No has logrado tener ni una relación sana o al menos normal?
– Nunca, o sea siempre es la misma locura, hay veces en que lo tratan de disimular pero es sólo cuestión de tiempo para que yo descubra que hacen lo que sea, incluso interesarse por mí, sólo para no perder lo del sexo conmigo. Y no es locura mía, no estoy tratando de buscar excusas para sabotear mis relaciones y desconfiar de todos siempre, para nada estoy muy claro y tanto ha sido así que mi terapeuta sólo me recomienda paciencia y está de acuerdo conmigo, aunque él como todos cree que alguien debe no desquiciarse tanto por un pene y terminar interesándose realmente en mí. Lo que pasa es que estoy ya cansado de lo mismo siempre. No me malinterprete, ha sido riquísimo, esto de ser como un dios sexual es lo máximo, pero la soledad aturde y cuando ya pasa el tiempo y saturan las experiencias, la esperanza se pierde y con ella la muerte es sólo una formalidad, y la verdad yo me siento muy vivo y con muchas ganas de vivir, claro que quiero tener sexo y mucho, pero quiero que haya algo más también, necesito tener un pene más normal que me permita conocer a alguien y que no corra hacia mi pene como lo hace un  insecto con la luz. –
– ¿Y tú estás seguro de que se trata de tu pene solamente? Porque tú eres un tipo atractivo y claramente sexual, tu forma de vestir, tu cuerpo, eres precisamente el prototipo de todo lo que se vende en publicidad asociado con el sexo y tienes que estar consciente de eso también, tú trabajas para eso, los ejercicios, el bronceado, el corte de cabello, la ropa... –
– Claro que sé que soy atractivo, me gusta ser atrayente, sexual, no tengo problemas con eso, es lo del tamaño de mi pene lo único que desbalancea todo. Yo empecé a cuidarme más recientemente, así, a hacer ejercicios, tratando de buscar algo más que llamara la atención en un esfuerzo vano por desviar la obsesión por mi pene, pensaba que con las piernas más grandes y los brazos y todo, haría parecer más pequeño mi pene, pero nada, la vaina ha sido como igual, o sea, ahora levanto mucho más, pero eso con ropa, luego ya desnudos la peneadicción es la misma. Yo he leído de operaciones para reducir el tamaño del pene y quiero eso, quiero un pene normal. ¿Usted cree que estoy loco, que son pendejadas mías? Usted lo vió, usted sabe cómo son los penes normalmente. ¿No es viable una operación? ¿No tengo solución? –
– La verdad sí es grande y es raro todo lo que me cuentas, pero definitivamente tú eres el único que tiene ese problema y sabe cómo le ha afectado. Yo no he tenido ese inconveniente, por suerte mi genética dio para que yo estuviera bien conforme con el tamaño del mío y no he tenido mayores problemas en mis relaciones, así que no puedo opinar sobre lo que tú sientes y quieres. Al parecer sufres lo que algunos llaman “la maldición de las bellas”, esa situación en la todo gira en torno a la belleza o el deseo sexual que inspira la mujer y que la lleva a ser siempre utilizada y considerada sólo como un objeto sexual sin importar nada más de ella, que en el caso de los hombres le suelen llamar “el síndrome del güebo de oro”, algo muy común que hace que el hombre se aproveche de su poder sobre sus parejas, fomentando el machismo, pero que en tu caso parece ser ya algo extremo. –
– Tal cual, yo sé que suena ridículo pero es así… ¿Y usted cree que me puede operar? –
– Sí, hay forma de hacer que tu pene sea menos grande y creo que podría lograr que se redujera un poco el grosor y el largo sin afectar la sensibilidad y principalmente el funcionamiento, aunque es algo delicado y nada mejor que nunca tocarlo con un bisturí. Sobre las cicatrices no debería haber mayor problema y todo eso se podría manejar. Aunque yo creo que tocaría hacer un estudio psicológico más completo sobre el caso particular, antes de proceder a evaluar la técnica y el objetivo quirúrgico. Tú sabes más que nadie lo que significa el pene en nuestra cultura y lo que puede afectar en la personalidad, me consta que todo el cuerpo importa pero los genitales y el tema sexual es mucho más influyente de lo que puede parecer. Así que te recomiendo cautela y que agotes todas las instancias primero. En esto hay que ser muy cauto y actuar según el libro, así no haya mucho escrito sobre este problema en particular. –
Antes de irse del consultorio, más tranquilo y con la confianza que le inspiraba el nuevo doctor, Andrés se acercó nuevamente y le preguntó cuál era su opinión personal al respecto, ante lo cual el Dr. Piquer fue incluso más claro de lo que se esperaba de él, pero sin culpa porque incluso él estaba siendo ya víctima de la influencia que inspiraba aquella presencia: – Francamente puedo entenderte, sin embargo, y no quiero que me malinterpretes porque yo tengo pareja y no estoy insinuándote nada más allá, sólo para serte honesto, por un momento me costó trabajo mantener la posición profesional que viste y que mereces como paciente. Cuando te desvestiste y te bajaste el interior me pareciste perfecto, no vi el problema, pero cuando te lo pusiste erecto sentí que salivaba y que se me secaba la boca al mismo tiempo, cuando te toqué quise más que explorarte acariciarte y si no hubiera estado tan sobrio como médico, me hubiera arrodillado para hacerte sexo oral sin que importara mi pareja, ni mi profesión, ni nada más que el placer que me hubiera ofrecido tenerlo en mi boca. Por eso te entiendo y creo que sí debes ver con un psicólogo qué es lo que se puede hacer y si recomienda la cirugía, pues que te la hagas…
Ante esa confesión tan honesta pero no del todo sorpresiva, Andrés le dijo: – Menos mal que me entiende y que nota que no es invento mío, y no me malinterprete a mí, ojalá yo tuviese una pareja como usted luego que me opere, una relación seria con alguien inteligente y bien parecido, no sólo sexo, aunque fíjese en esto… – y tomó de la mano y se la llevó hasta el pantalón para que sintiera lo duro que ya estaba, aprisionado dentro de aquel pantalón, producto de lo que acababa de escuchar… Así, luego de sonreírle y picarle el ojo, se fue pensando en que pronto rompería con aquella “maldición”.

El Premio


Según contaron las enfermeras, las versiones de quienes presenciaron su desmayo coincidían en la fuerte impresión que les causó aquel desvanecimiento abrupto, más por la forma en que se cayó que por la propia caída, pues imaginaron que se trataba de alguna baja en la tensión arterial o algún desmayo común o natural dado su avanzado estado de gravidez. Efectivamente, Laura se precipitó al suelo como una escoba dejada sin apoyo o una escalera a la que le quitaron el soporte, con total ausencia de reflejos protectores, directo al suelo, sin vestigios de actitud de supervivencia, de frente, golpeándose la barriga de la forma más dolorosa posible, según comentaron aquellos que la vieron.

Lo que sucedió a aquel primer diagnóstico fue cada vez más intenso y preocupante, la infección primaria por HIV, desconocida hasta entonces, había dado paso a una cadena de complicaciones totalmente insospechadas para Laura, al menos hasta la tarde de enero en que se desplomó a las puertas de una estación del metro y terminó hospitalizada en el Centro Médico, a apenas tres cuadras de su casa y con la memoria hecha trizas. Al principio dudaba hasta de su propio nombre, no estaba segura de su edad y apenas reconoció a su madre, cuando ésta la visitó en la clínica seis días después de su angustiosa desaparición.

Eran casi las seis y estaba camino a una reunión de Alcohólicos Anónimos, la última antes de su parto, pues tenía planificado irse a Mérida y estar allá el mes y algo que le restaba para dar a luz y, además, pasar los primeros meses de su nueva condición de madre rodeada de su familia, puesto que en Caracas sólo tenía amigos y compañeros de trabajo. Ese fue el último día que recordó haberse sentido alegre y optimista.

Había estado asistiendo a aquellas reuniones desde su primer mes de embarazo, cuando comprendió que no podía ignorar más su problema, porque hasta su barriga era consecuencia de alguna de sus indescriptibles borracheras, porque ya eran tan frecuentes sus pérdidas de memoria a la mañana siguiente de cada una, que no podría estar segura de dónde ni con quién habría estado, mucho menos qué habría hecho. Fueron entonces, su ya desconocida vergüenza y el más puro temor a dañar a su futuro bebé, los que la llevaron a buscar ayuda en aquel grupo de adictos en vía de recuperación, al cual le tenía tanta aversión, y fue precisamente con el apoyo y la solidaridad de sus compañeros de causa, que Laura consiguió sobrellevar un poco mejor sus estados de ansiedad, así como la depresión y angustia que le causaba ser madre soltera (de padre incógnito) y alcohólica, o como ella misma se llamaba sin tapujos: borracha perdida.

Se puede decir que hasta aquella tarde, Laura estaba sintiendo que recuperaba lentamente el control de su vida y que ya podía sentir alguna diferencia en los cada vez menos intensos desesperos matutinos por beber y las cada vez más cortas noches de insomnio. Percatarse de sus pequeños pero positivos cambios la reanimaba y le aportaba impulso a su determinación de rehabilitarse, para poder ofrecerle estabilidad y dignidad a su bebé, quien era realmente inocente de aquella situación y que merecía al menos buenas oportunidades, y no presenciar ninguna escena de traspiés, imprudencias e impertinencias, propios de los borrachos, propios de ella borracha, sin contar con las escenas degradantes e inmorales que ni siquiera Laura recordaría a la mañana siguiente, cuando despertara no con máscaras hidratantes en su rostro sino con los restos de sus excesos y hasta de su propio vómito.

Rodrigo estaba sano. La terapia antirretroviral para ella en las últimas semanas del embarazo, la cesárea programada para evitar al máximo el contacto del bebé con la sangre de Laura, el tratamiento para Rodrigo en los primeros días después del nacimiento, así como el no haber sido amamantado por ella para eliminar al máximo los riesgos de transmisión del virus causante de la inmunodeficiencia en su madre, permitieron que antes de cumplir su primer año de edad, Laura pudiese escuchar de su hijo perfectamente sano un primer fraseo torpe de: “ma-má”.

Sin embargo, ella recorría el camino contrario al de su bebé. Luego de dar a luz desarrolló un cuadro grave de toxoplasmosis y neumonía que la fue consumiendo drásticamente, al punto de no dejarla salir a la calle por la debilidad y mantenerla aislada para evitar nuevas infecciones, pues su sistema inmunológico reaccionaba apenas por semanas a los tratamientos antirretrovirales y las recaídas eran ya la constante.

Entonces, cuando se sintió en un punto de no retorno, Laura le pidió a su madre que cuidara de su hijo, que lo guiara y ayudara a crecer sano y listo, con herramientas suficientes para evitar caer en los errores que ella no pudo esquivar. Así, le pidió incluso que le hablara claramente sobre ella y sobre lo que había sido y lo que había hecho, que le contara todo, lo bueno y lo malo; y que principalmente pudiera comprender que él había sido su mayor alegría y satisfacción, que lo amaba y que era el único premio positivo de su carrera absurda y sin frenos, esa que la empeñaba en desconocer que debía quererse y que siempre tenía razones para hacerlo, que no debía avergonzarse de pedir ayuda cuando sintiera que alguna situación lo sobrepasara, que supiera que ella sentía mucho no haber sido menos imperfecta y que soñara en grande, para que su premio pueda ser tan bello como él había sido para ella en ese corto tiempo, pero que él sí logre disfrutarlo.


(los nombres y lugares han sido cambiados para proteger la privacidad de los personajes)

Solo





Lo sabía, que te irías
lo sentía cada día
y si no estuve contigo
no fue el miedo, fui mentira

Hoy saturas mis recuerdos
hoy el mar es un lamento
que hasta el sol con su presencia
y la sal con su insistencia
ya me estorban, me molestan
pues sin ti nunca es lo mismo
nunca es siempre, y siempre sigo solo

Con tu olor que quema al viento
solo, con tu risa que me busca
y tu andar que se me esfuma
entre olas y entre bruma

Solo, porque no puedo creerlo
porque todo es tan ajeno
sin ti sólo sé estar solo

Hoy tu piel es mi tormento
nuestro espacio se hace eterno
y hasta la luna con su ausencia
y mis horas de inconsciencia
ya me estorban, me molestan
pues sin ti no soy yo mismo
no me entiendo, y es que sigo solo

Con tu cuerpo sólo en sueños
solo, con tu ausencia que me asusta
y tus ojos que no acarician
ni mi piel ni mi locura

Solo, porque no quiero creerlo
porque nada es lo que tengo
y sin ti yo no sé estar
sólo se que estoy solo

Con tu olor que quema al viento
solo, con tu risa que me busca
y tu andar que se me esfuma
entre olas y entre bruma

Solo, porque no puedo creerlo
porque todo es tan ajeno
sin ti sólo sé estar solo

Lo sabía, que te irías
lo sentía y fui mentira

Lo más lindo


La mañana del viernes 9 de Julio, terminando una semana acortada por el ya intrascendente feriado patriótico, Rita se preparaba para ir a su trabajo y sentía que en lugar de “arreglarse” lo de ella cada vez más era “adornarse”. Se esforzaba en nuevos intentos por lograr un resultado medianamente decente en su peinado y en la casi absurda labor de cobertura de imperfecciones en su rostro, no tanto para atraer como para distraer, pues como escuchó el martes a su jefe decirle a un compañero de trabajo, en tono de burla creyendo que ella no estaba cerca: “Lo más lindo de Rita es dejar de verla”. Rita estaba entonces cada día más consciente de su carencia de atractivo y, lo que se le hacía aún peor, sabía sobre el agravante que resultaba el paso del tiempo en ese aspecto, en el suyo, porque notaba que lo que antes era feo, por lo menos era firme.

Cuando terminó de maquillarse, decidió no verse más en el espejo y salió a la calle con unos jeans y una blusa negra que le disimulaba mejor la gordura y las manchas del acné reciente en el cuello y el pecho. Caminando por la acera de la Avenida Sucre de Los Dos Caminos, bajando hacia la Avenida Rómulo Gallegos, Rita ya no percibía las usuales miradas esquivas de la gente sino que ahora se sentía como señalada, de hecho se sintió cual “mona de circo” durante todo el trayecto. Además, como si fuera poca su incomodidad, la guinda de la torta (que era ella esa mañana) la puso un tipo con un piropo insólito, no tanto porque viniera de un indigente sino por el contenido de aquella frase: “¿Qué estará pasando en el cielo, que se están cayendo los ángeles?”, Rita pensó que obviamente aquel piropo no tenía mérito proviniendo de ese despojo de hombre, hasta se dijo en su mente: “¡Bien bueno pues! Ahora piropeada por un indigente ciego”, pero inmediatamente se percató de la calidad visual de aquel sujeto, porque sin ningún reparo y con una descarada carga de repulsión, el sucio y por demás pestilente individuo remató su frase respondiéndose a sí mismo: “…quien sabe, pero debe ser una coñaza arrecha entre los santos o un golpe de estado del diablo, porque ésta cayó de boca y quedó vuelta mierda, jajaja”.

No quiso fijarse más en las miradas de los demás e inició un inventario totalmente innecesario y en extremo masoquista sobre sí misma: Tengo estatura normal, claro que me veo pequeña por el exceso de caderas y mi cuello corto; Ni le paro ya a la celulitis, total que es tanta que lo que tengo es piernas en las celulitis; Mi cabello no es ni chicha ni limonada, parece que se me hubiera quemado con una mala permanente, pero no, él es así naturalmente; Heredé la dentadura de mi papá, más que una pelea de perros parece una guerra asimétrica, como dicen en la televisión; Como soy tan miope y con tanto astigmatismo, no hay forma de que use lentes de contacto, así que mis ojos se ven chiquiticos detrás de estos cristales, que de lo gruesos parecen vidrios de seguridad de carros; Mi piel es amarillo apio y nunca me logro broncear porque me insolo y me pelo ahí mismo; y mis pies son grandes y rectos, así que ni soñar con usar las sandalias esas que están de moda.

Llegó a su trabajo en el nuevo centro comercial, se puso su uniforme de cajera de aquel local de pollo frito en la feria de comida rápida y ahora se sentía además de fea ridícula, pero igual se esmeró por mostrar una sonrisa que sabía que tampoco agradaba, pero que era obligatoria en su puesto al atender clientes. En efecto, aquel desastre de mala mordida y mezcla de dientes pequeños y grandes, torcidos y hasta manchados, simplemente asustaba. Cuando el primer cliente pidió que sus papas fueran reemplazadas por yuca, se sintió abofeteada nuevamente, porque recordó que en el liceo la llamaban “Yukka” en referencia a Yukk el perro espantoso acompañante de Micromán (supuesto superhéroe de dibujos animados). A su mente le vino enseguida la imagen de la vez que le dejaron de regalo en su pupitre una casita de perro de papel con una nota que decía: “Para Yukka, úsala con precaución y sólo quítatela de la cabeza en casos de emergencia”.

Como todos los viernes, a las dos de la tarde llegó a comer su enamorado, no su pretendiente sino el que a ella le gustaba, en fin, se trataba del “papi” más “papi” de todo el Centro Comercial y al verlo ella sintió que al menos algo le saldría bien aquel día. Christian era un tipo de 24 años, blanco bronceado de ojos azules, muy alto, con un cabello liso, negro y abundante, digno de una publicidad de Pert, atlético y grande por naturaleza, sexualmente atractivo aún sin proponérselo y con una sonrisa espléndida y perfecta. Siempre estaba vestido de traje y pocas veces andaba sin chaqueta sólo con camisa y corbata, principalmente porque trabajaba en la tienda de ropa masculina más moderna y de mayor prestigio nacional. Su apariencia de modelo internacional era apenas igualada por su simpatía de animador de programas de televisión, y pese a todo pronóstico, Christian era la única persona que no la trataba con indiferencia, más por política propia que por algún sentimiento especial hacia Rita.

Quizás por como se sentía aquel día, cuando Christian se despidió luego de recibir su factura y le dijo “¡Gracias Muñeca!”, obviamente más por costumbre que notando lo que estaba diciendo, Rita respondió sin pensar: “¡Siempre a tu orden Bello, tú sabes que me encantas!”, a lo cual él sólo se limitó a arrugar la frente y apretar los labios mientras le decía con la mirada “Qué te pasa rolo e ‘fea? ¡Ubícate!”. Luego de semejante vergüenza pública, Rita no volvió a hablar y se dedicó a arreglar vasos y servilletas y preparar los pedidos “para llevar”, todo con tal de no interactuar más con público, porque temía que explotara a gritos ante el próximo episodio.

Una vez en su casa, tarde en la noche, sola como siempre y más virgen que nunca, Rita se hundía más tranquila en las telenovelas y en cuanto programa basura se le atravesara en su televisor, todo para olvidarse de su propia vida. Casi de madrugada y más sosegada pero sin olvidar su estrepitoso día, sintonizó un canal hispano en donde estaba comenzando El Show de Cristina, y al escuchar el tema del día: “Mujeres atrapadas en cuerpos de feas”, no soportó más y decidió vengarse de la forma que pudiese de la responsable de su desgracia. Así fue como sin remordimientos y diciendo la frase “GRACIAS POR CASARTE CON EL TIPO MAS FEO DEL MUNDO”, Rita destapó el jarroncito con las cenizas de su madre muerta un año atrás y descargó su contenido en la poceta del baño de la sala, tras lo cual respiró profundo, se rió nerviosa y luego lloró desconsoladamente, eso sí trató de hacerlo lo más rápido que pudo, porque al final sabía que no quería perderse ese especial de Cristina, total, quién sabe si allí la orientarían sobre alguna solución para mejorar su autoestima, porque de su cuerpo ni pensaba pues estaba clarísima que eso, si acaso, era tema de varios programas de cirujanos plásticos, no de toc-chous.


La Sonrisa Eterna - 5



Faltando una semana para su fiesta de quince años, La Nena, como era conocida mejor que por su propio nombre, estaba ya consumida por el desánimo y por una debilidad que rayaba en la apatía total, como si el mundo se le estuviera haciendo cada día más pequeño. En efecto, su vida en lugar de expandirse, hacerse colorida, divertida, iluminada y excitante, se estaba oscureciendo. Ella sentía que cada hora nueva era agobiada con cada vez mayor insidia por sus propios fantasmas, que la estaban acorralando hasta apagarla a un punto sólo comparable con la soledad que la acompañaba.

Su madre estuvo ajena a toda esta situación, como lo estuvo siempre con todo aquello que sentía o quería La Nena, no así con lo que hacía o lo que le tocaba hacer, pues eso siempre estuvo bajo su control y quizás por esto, las pocas cosas que había decidido hacer por voluntad propia, habían sido realmente catastróficas.

Su padre no sólo fue incapaz de sospechar que su hija no estaba bien, sino que, de la forma más honesta y sincera posible, demostraba todo el desinterés que le causaba cualquier estado de ánimo de su hija mayor, quien tres meses atrás lo “había decepcionado completamente”, como solía decir, cuando se refería al episodio en el que salieron a relucir unos condones entre las cosas de La Nena, mientras su madre preparaba una maleta para uno de los incontables viajes, a los que se la llevaban sin siquiera consultarle y de los cuales, según su criterio, ella debía sentirse muy agradecida.

La Nena no había sido nunca una muchacha sombría y menos triste, sin embargo tenía dos semanas sintiendo que no podría mantener su secreto por más tiempo, pues ya no le eran suficientes las sonrisas anémicas ni las excusas anoréxicas. Aún así, estuvo vestida y peinada justo como su madre había decidido para su fiesta de cumpleaños, lo que no estuvo planificado fue la aparatosa caída por las escaleras al momento de su aparición ante sus invitados. El desmayo fue más una ruptura, fue justo el momento en el que La Nena se dio por vencida y dejó de resistir el enorme peso que suponía un aborto mal practicado y peor aún, mal curado.

Como pudo, la Señora Ana Cristina, madre de La Nena, una vez confirmada la gravedad de la situación y su vergonzoso origen, ocultó hasta el final aquel diagnóstico a su esposo. Ella entendía muy bien que si el Coronel había dejado de hablarle a su hija por posiblemente estar teniendo relaciones sexuales a su corta edad y estar usando preservativos, podría matarla en la misma clínica, volverla a matar en la funeraria y arrojarle luego una granada en la tumba, si se enterara que lo más probable es que ni siquiera haya utilizado los tan trillados condones.

Al parecer, la interrupción del embarazo se había dado alrededor de la sexta semana de gestación, lo cual demostró el poder de decisión de La Nena y la velocidad con la que resolvía sus problemas, pues apenas comprendió la causa de su regla evasiva, investigó en Internet y en menos de ocho días, cumplió a cabalidad con cada uno de los procedimientos detallados sobre “Cómo Provocarse Un Aborto SIN Sufrir Daños Permanentes”, que paradójicamente era el título de una guía francesa, que trataba de servir de ejemplo sobre la documentación ilegal que circulaba por la red sobre temas médicos, y que a ella le pareció el más convincente y confiable. Sin embargo, a pesar de su cautivadora promesa, fueron todos daños permanentes, los que le dejaron aquellas técnicas a su cuerpo y a su mente.

Lo único que saldría ileso de aquel desastroso incidente de niña equivocada, sola y desesperada sería el entorno familiar, pues su madre pronto recuperaría y aumentaría sus controles sobre sus hijas, su padre continuaría ensimismado mandando a todo el que tuviera cerca, por el sólo hecho de sentirse poderoso, y sus hermanas continuarían en su mundo de muñecas consentidas e invencibles, merecedoras del universo y de todo lo que hay en él, por el simple hecho de tener un apellido materno importante y un padre más odiado que respetado entre los políticos y militares del momento.

La infección había sido tan fuerte y extensa que había contaminado su sangre y comprometido diversos órganos, en consecuencia el tratamiento también fue agresivo y extenso, incluyendo la pérdida de un riñón y del útero completo, con lo cual La Nena se aseguraría una vida frágil y la imposibilidad de tener hijos. Esto último seguramente sería lo que le afectaría más en el futuro, pues según solía decirle a sus amigas antes de todo aquello: quería formar “una familia algo mucho muchísimo menos absurda que la suya, con un esposo que de verdad la amara y con hijos reales, para tratarlos como hijos, no como cadetes ni como juguetes”.

Aún cuando su padre desconociera siempre el verdadero problema que había padecido su hija, la relación entre ambos iría empeorando a medida que ella fuese creciendo, y esto no tendría nada que ver con ella o con algo que hiciera. La Nena simplemente crecería y se haría cada vez menos hombre, porque obviamente se volvería una mujer. Ese siempre fue su problema, no había nacido varón y su padre, pronto General, se sentiría realmente frustrado al estar rodeado de mujeres, pues luego de haber engendrado cinco hijos con su madre y otros cuatro con igual número de extrañas, todos habrían de nacer hijas, niñas, mujeres. Claro que esto nunca lo sabría La Nena, quien no dejaría de pensar que el rechazo de su padre era de alguna manera su culpa. Tampoco se perdonaría nunca el haber sido tan temerosa, y no haberle confiado aquella situación ni siquiera a Manuel Berrizbeitia, el muchacho del liceo de varones que la embarazó y creer que sola podría resolver aquel traspiés reproductivo.

Efectivamente ese episodio de su vida, las consecuencias que tuvo en su cuerpo y el gran temor que sentía de ser rechazada y “dejada de querer”, fueron los que la impulsaron a responder, casi como acto de supervivencia, de la forma más despiadada, cortante y estúpida posible, a la propuesta de matrimonio que le hiciera su novio Diego una noche en un restaurante en La Castellana, ante los ojos de muchos y de la forma más bella que ella podría haber imaginado. Pero María Beatríz no hubiera podido corresponderle por más que muriera de ganas por hacerlo, porque era mayor su miedo a perderlo todo luego, cuando su entonces prometido se enterara de su infertilidad. Ese temor superaba sus propias ganas de vivir lo que siempre había sido su sueño: ser amada realmente, así que decidió, con la voluntad que la caracterizaba, a quedar como la ridícula que rechaza y evitarse terminar luego como la ridícula rechazada.

powered by Blogger | WordPress by Newwpthemes | Converted by BloggerTheme | Blogger Templates