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Si me dejas




Como cualquier otra ama de casa de su urbanización, mientras disfrutaba de la cola diaria para pagar en el supermercado, ella no pudo evitar escuchar lo que hablaban dos señoras delante de ella. En efecto, en esta oportunidad no tuvo que recurrir a las poses falsas que acostumbraba para acercar sus oídos a las conversaciones ajenas, sino que las risas y el descaro de aquellas mujeres hacían todo el trabajo por ella. Total que destruían al yerno de una de ellas, de la que parecía tener el cabello coloreado con Merthiolate, porque aunque era rojo, aquello no parecía fruto de ningún tinte, Gabriela no podía dejar de verle el cabello y pensar que eso se lo había hecho ella misma, porque se negaba a creer que esa señora hubiera pagado en una peluquería porque la hicieran parecer payasa de circo barato.
Ese cabello y esa conversación la cautivaban tanto seguramente porque por aquella época sus días transcurrían sin grandes asombros, entre ser chofer de sus hijas temprano para llevarlas al colegio, lo mismo que para buscarlas al mediodía y luego llevarlas a las clases de flamenco, gimnasia o a las reuniones de los Scouts, dependiendo de si era lunes, miércoles o jueves, así como dedicarse a limpiar hasta lo que no estaba sucio en cada rincón de su casa, y por supuesto, cocinar tres o cuatro veces al día. Así, sus amigas eran aquellas infaltables presentadoras de los talk shows latinos de las mañanas, y sus fantasías se limitaban a las intrigas e ilusiones de las protagonistas de las novelas de las tardes. Aquella vuelta por el supermercado era su único entretenimiento vivencial, el único sitio en donde interactuaba con gente, al menos con personas que no le pedían que se apurara manejando o que no le reclamaban por no cocinarle su comida favorita. Para esa gente Gabriela era exitosa.
Quien la veía bajarse de aquella camioneta del año para hacer escala al final de la tarde por el supermercado, trajeada, peinada y maquillada como ejecutiva de agencia de publicidad, pensaría que se trataba de una profesional guerrera, de esas que aún pudiendo delegar en algún personal de servicio aquellas tareas hogareñas, fabricaba el tiempo para encargarse personalmente de realizar ciertas compras de lo que hiciese falta en su cocina, imaginando incluso que algún día de la semana hasta se las ingeniara para administrar su tiempo y ser ella misma quien preparara el almuerzo de su familia, como una muestra del amor sacrificado de madre, de las que incluso adoptan a sus maridos como otro hijo más, alguien a quien consentir y cuidar incondicionalmente. Pero quien pensara eso sólo viéndola, estaría acertando únicamente en que Gabriela era una profesional, porque contrario a lo que aparentaba, ella se las ingeniaba era para llenar sus horas ociosas cada día, para lo cual la visita al supermercado se le había convertido en una opción muy entretenida en aquellos días.
Siempre trataba de mantener su mente ocupada, en lo que fuera, todo con tal de no dejar oportunidad a su conciencia de estrujarle en los ojos la soledad y frustración que le había dejado aquella serie de decisiones que la llevaron a mutilarse profesionalmente, transformándola de Ingeniera Electricista en una ama de casa por debajo del promedio. Por debajo, porque ella suponía que el promedio se encontraba si no contenta, al menos cómoda con su ocupación. No se permitía pensar en eso, y tampoco dejaba espacio para reparar en que paralelamente a aquel cambio de oficio, todo en ella había experimentado un desvanecimiento progresivamente regresivo. Así paradójico y todo, su vida avanzaba hacia el retroceso de las conquistas más elementales de la mujer moderna.
Había pasado de ser una joven emprendedora y brillante, primera en su clase y con amplias oportunidades laborales, a ni siquiera ser experta cocinera, porque ni siquiera su esfuerzo y dedicación le reportaban aunque sea una palabra o un gesto amable o agradecido de sus clientes internos actuales: su familia. Para su esposo ella era una completa inútil y para sus hijas ni siquiera existía. De haber sido un espléndido y consentidor novio, catorce años después pasó a ser un total inconforme y crítico esposo, espléndido ahora sólo en menosprecios y comparaciones vejatorias hacia ella y todo lo que hacía. Seguramente aquella ausencia de amor propio era lo que hacía que sus hijas la consideraran como menos que una esclava. Siendo esa realidad tan pesada y asfixiante, Gabriela no podía hacer otra cosa que distraer su mente y tratar de salir victoriosa aunque sea en esa batalla, contra su propia mente.
Lo que había escuchado aquella tarde, de boca de esa mujer con cabello tan alarmante como su propia lengua, la había dejado pensativa. ¿Sería verdad que esa mujer de más de sesenta años, en un descuido de su yerno, le habría abierto el celular para sacar la mini tarjeta de memoria externa y revisar desde su propio celular las fotos que él tenía guardadas allí? ¿Habría sido capaz de todo aquello para demostrarle a su hija que su esposo no sólo le era infiel sino que se tomaba fotos y hasta videos con sus amantes? Eso no sólo era algo totalmente rebuscado, sino que le hacía click en su cabeza, alineándose perfectamente con sus sospechas hacia su propio marido.
Alfredo estaba muy misterioso con su teléfono, aún careciendo de toda necesidad para ello, pues su esposa no sólo era incapaz de invadir su privacidad, sino que hasta le tenía miedo. A esas actitudes cada vez más extrañas de su esposo con su teléfono, se le sumaban las llegadas tardes carentes de explicaciones y más recientemente los rumores entre su propia familia de las indiscreciones públicas con varias clientas y hasta compañeras de trabajo. Por esto, cuando Gabriela escuchó aquella argucia investigativa de esa suegra de cabeza incendiaria, sintió que no se trataba de una casualidad aislada, que aquello bien podría ser un hecho del propio universo conspirando para lograr su liberación, como había escuchado tanto a Gabriel en su programa matutino de lectura del tarot y astrología.
Así fue como decidió que esa noche, mientras su esposo estuviera atormentándola con su concierto de ronquidos, ella irrumpiría entre sus cosas y trataría de extraer alguna imagen o video comprometedor de la memoria de su celular. Sabía que le aterraba todo lo referente a esa locura de cuaima celosa, pero también sabía que no se detendría, ni por el miedo a ser descubierta, ni por el miedo a lo que fuese a descubrir.
Pero ya cuando se disponía a abrir el celular y retirar la batería para llegar hasta la memoria extraíble, dejó de escuchar los estruendosos ronquidos de Alfredo, lo cual la terminó de quebrar, pensó que se había despertado y que la encontraría revisando entre sus cosas, así que dejó todo tal y como lo había encontrado y volvió a la cama sin hacer ruido, para descubrir que su esposo nunca se había despertado, sólo había cambiado de posición, dejando la habitación en un silencio aún más desesperante, que la acompañó en aquella larga noche donde sólo le quedó pensar y llorar, en el mismo silencio de la respiración del marido, pero a diferencia de su descanso, lo de ella era sólo angustia, tormento y rabia.
Al despertar, Alfredo no la consiguió en el cuarto, pero eso no le causó ninguna extrañeza pues casi nunca reparaba en si ella estaba o no cerca. Sin embargo al salir de bañarse, la encontró sentada serenamente en el borde de la cama, desde donde con una inesperada actitud retadora y directa, Gabriela comenzó a hablarle sin dejar que él la interrumpiera, como acostumbraba a hacerlo:
- Buen día Alfredo. Esperaba que salieras del baño porque necesito que me escuches. Estoy harta de sentirme, mejor dicho, estoy harta de no sentirme, de estar a tu lado deseando que no estés cerca, de que me minimices constantemente y me trates, no, que me maltrates como lo haces. No soportaré ni un insulto más de ti. No toleraré que sigas humillándome, ni en privado ni en público. Estoy cansada ya de ser un objeto inútil en esta casa y que me hagas sentir como un juguete viejo que nadie quiere. No puedo soportar más que me neutralices como persona, como mujer, que yo no tenga voz, que mi opinión no cuente y que mis sentimientos sean menos que mierda para ti. Yo soy una mujer profesional, inteligente, y sensible, y no soportaré que sigas mandando sobre mí. Así que, si me dejas, si me lo permites, yo me quiero divorciar de ti. – 

El Premio


Según contaron las enfermeras, las versiones de quienes presenciaron su desmayo coincidían en la fuerte impresión que les causó aquel desvanecimiento abrupto, más por la forma en que se cayó que por la propia caída, pues imaginaron que se trataba de alguna baja en la tensión arterial o algún desmayo común o natural dado su avanzado estado de gravidez. Efectivamente, Laura se precipitó al suelo como una escoba dejada sin apoyo o una escalera a la que le quitaron el soporte, con total ausencia de reflejos protectores, directo al suelo, sin vestigios de actitud de supervivencia, de frente, golpeándose la barriga de la forma más dolorosa posible, según comentaron aquellos que la vieron.

Lo que sucedió a aquel primer diagnóstico fue cada vez más intenso y preocupante, la infección primaria por HIV, desconocida hasta entonces, había dado paso a una cadena de complicaciones totalmente insospechadas para Laura, al menos hasta la tarde de enero en que se desplomó a las puertas de una estación del metro y terminó hospitalizada en el Centro Médico, a apenas tres cuadras de su casa y con la memoria hecha trizas. Al principio dudaba hasta de su propio nombre, no estaba segura de su edad y apenas reconoció a su madre, cuando ésta la visitó en la clínica seis días después de su angustiosa desaparición.

Eran casi las seis y estaba camino a una reunión de Alcohólicos Anónimos, la última antes de su parto, pues tenía planificado irse a Mérida y estar allá el mes y algo que le restaba para dar a luz y, además, pasar los primeros meses de su nueva condición de madre rodeada de su familia, puesto que en Caracas sólo tenía amigos y compañeros de trabajo. Ese fue el último día que recordó haberse sentido alegre y optimista.

Había estado asistiendo a aquellas reuniones desde su primer mes de embarazo, cuando comprendió que no podía ignorar más su problema, porque hasta su barriga era consecuencia de alguna de sus indescriptibles borracheras, porque ya eran tan frecuentes sus pérdidas de memoria a la mañana siguiente de cada una, que no podría estar segura de dónde ni con quién habría estado, mucho menos qué habría hecho. Fueron entonces, su ya desconocida vergüenza y el más puro temor a dañar a su futuro bebé, los que la llevaron a buscar ayuda en aquel grupo de adictos en vía de recuperación, al cual le tenía tanta aversión, y fue precisamente con el apoyo y la solidaridad de sus compañeros de causa, que Laura consiguió sobrellevar un poco mejor sus estados de ansiedad, así como la depresión y angustia que le causaba ser madre soltera (de padre incógnito) y alcohólica, o como ella misma se llamaba sin tapujos: borracha perdida.

Se puede decir que hasta aquella tarde, Laura estaba sintiendo que recuperaba lentamente el control de su vida y que ya podía sentir alguna diferencia en los cada vez menos intensos desesperos matutinos por beber y las cada vez más cortas noches de insomnio. Percatarse de sus pequeños pero positivos cambios la reanimaba y le aportaba impulso a su determinación de rehabilitarse, para poder ofrecerle estabilidad y dignidad a su bebé, quien era realmente inocente de aquella situación y que merecía al menos buenas oportunidades, y no presenciar ninguna escena de traspiés, imprudencias e impertinencias, propios de los borrachos, propios de ella borracha, sin contar con las escenas degradantes e inmorales que ni siquiera Laura recordaría a la mañana siguiente, cuando despertara no con máscaras hidratantes en su rostro sino con los restos de sus excesos y hasta de su propio vómito.

Rodrigo estaba sano. La terapia antirretroviral para ella en las últimas semanas del embarazo, la cesárea programada para evitar al máximo el contacto del bebé con la sangre de Laura, el tratamiento para Rodrigo en los primeros días después del nacimiento, así como el no haber sido amamantado por ella para eliminar al máximo los riesgos de transmisión del virus causante de la inmunodeficiencia en su madre, permitieron que antes de cumplir su primer año de edad, Laura pudiese escuchar de su hijo perfectamente sano un primer fraseo torpe de: “ma-má”.

Sin embargo, ella recorría el camino contrario al de su bebé. Luego de dar a luz desarrolló un cuadro grave de toxoplasmosis y neumonía que la fue consumiendo drásticamente, al punto de no dejarla salir a la calle por la debilidad y mantenerla aislada para evitar nuevas infecciones, pues su sistema inmunológico reaccionaba apenas por semanas a los tratamientos antirretrovirales y las recaídas eran ya la constante.

Entonces, cuando se sintió en un punto de no retorno, Laura le pidió a su madre que cuidara de su hijo, que lo guiara y ayudara a crecer sano y listo, con herramientas suficientes para evitar caer en los errores que ella no pudo esquivar. Así, le pidió incluso que le hablara claramente sobre ella y sobre lo que había sido y lo que había hecho, que le contara todo, lo bueno y lo malo; y que principalmente pudiera comprender que él había sido su mayor alegría y satisfacción, que lo amaba y que era el único premio positivo de su carrera absurda y sin frenos, esa que la empeñaba en desconocer que debía quererse y que siempre tenía razones para hacerlo, que no debía avergonzarse de pedir ayuda cuando sintiera que alguna situación lo sobrepasara, que supiera que ella sentía mucho no haber sido menos imperfecta y que soñara en grande, para que su premio pueda ser tan bello como él había sido para ella en ese corto tiempo, pero que él sí logre disfrutarlo.


(los nombres y lugares han sido cambiados para proteger la privacidad de los personajes)

El Galán


Comenzaba la noche del sábado y a pesar de no faltar sino horas para el día del padre, yo me encontraba trabajando en las calles del centro y sin siquiera idea o plan acerca del regalo que debía entregar a mi papá, cuando asistiera al almuerzo que le prepararía mi hermana en su casa, no sólo por el festivo natural sino porque coincidía además con su cumpleaños número setenta. Ese tema no me preocupaba y por el contrario se me hacía inmensamente intrascendente, más que nada porque para esa época estaba como curado de las emociones humanas comunes, era como si hurgar continuamente entre la miseria y contemplar tanto drama me hubiera inmunizado contra cualquier “sentimiento fácil”, como llamaba yo a aquellas alegrías por encuentros, cumpleaños, bodas, nacimientos y hasta muertes, claro que la de mi madre sí me afectó, pero era apenas natural por tratarse de ella.

La semana anterior yo acababa de cumplir treinta y siete años y no había sentido mucha emoción en esa oportunidad, ni durante toda la cena que promovieron mis amigas del canal, ni durante la esmerada y larga noche de sexo secreto que me regaló la asistente y esposa del Director de Información, pues aunque sentía el cariño y hasta la admiración de mi gente más cercana, todo se me hacía profundamente efímero y superficial. Ni siquiera sentí algún tipo de aprehensión por la cercanía de los cuarenta y mi obvia soledad. En ese tiempo yo era realmente frío e indiferente, incluso conmigo mismo y fue por eso que me sorprendió tanto descubrirme afectado, al punto de sentir un calor desde el esternón hasta la nuca y unas ganas de llorar, como seguramente sentirían las madres y algunos padres cuando veían mi programa los viernes en la noche, reflejando alguna “tragedia infantil” u otra historia “desgarradora”, que para mí seguramente cada una sería sólo una historia más, parte de mi trabajo, parte esencial pero impersonal del periodismo más amarillista posible.

Al menos así era hasta esa madrugada de domingo, porque durante la quinta entrevista de la noche, en los callejones mórbidos y en extremo sucios del centro de la capital, me encontré con un hombre y con su vida, no con un cuento sino con una vida agonizante, con una respiración entrecortada, una mirada que gritaba muy bajo un pedido de auxilio y con unas palabras que demostraban una desesperación entre calmada y resignada. Al principio, cuando nos acercamos para hablarle, el camarógrafo, la productora y yo, nos vimos uno al otro como preguntándonos con una mezcla de asco y sorpresa cómo alguien podía estar en esas condiciones. Cualquier intento para describir el hedor y la repugnancia que despedía aquel lugar se quedaría corto, pues el nivel de inmundicia era realmente intolerable. Los tres seguimos aproximándonos a pesar del invivible ambiente, más que por curiosidad y compromiso periodístico, porque teníamos una apuesta pendiente desde hacía unos meses atrás, precisamente para cuando nos encontráramos con casos como este, así si alguno de los tres desistía y se apartaba del sitio porque no aguantaba el asco, entonces el débil de estómago perdería, porque sólo disponíamos de dos viajes por toda Europa (para dos personas cada uno) que nos había regalado una mayorista de viajes patrocinadora del programa.

Una vez allí, comencé la entrevista pensando en que debía botar aquella ropa al llegar a la casa. Saludé y busqué la atención del indigente epicentro de aquella pudrición y nos encontramos con un hombre perdido, que no lograba concatenar frases coherentes y que lo mismo nos respondía el saludo, como nos advertía del peligro de no esconderse bien debido a la inminente “invasión de demonios extraterrestres con vista de rayos equis“. Aquel reportaje se estaba tornando repetitivo y soso, porque todas las “personas en estado de indigencia” que conseguimos eran compendios de historias vergonzosas y si acaso algo tristes, de gente desesperanzada víctima de adicciones y degradada por su cada vez menor capacidad de atenderse a sí misma, cuentos más o menos similares, historias recientes de diversos tipos de fracasos familiares y hasta laborales, que no pasaban de ser simples abandonos y derrotas de gente débil. Sin embargo, cuando el entrevistado pestilente notó la presencia de la cámara, abrió los ojos y parpadeó varias veces como enfocando y se incorporó malamente, sentándose sobre un escalón contiguo a su ruñida humanidad y comenzó a hablarme, como si acabara de despertarse, como si fuese otra persona, igual de destruida pero totalmente lúcida. En sus palabras se dibujaba claramente una tristeza acumulada, una vergüenza real y por sobre todo un miedo muy arraigado, se mostraba el sufrimiento de alguien que entendía lo que estaba pasando y que había vivido lo opuesto a aquella desgracia que era él mismo.

Recuerdo perfectamente que luego de disculparse por el estado en el que se encontraba, Gastón Gutiérrez Mora, como dijo llamarse, me explicó insistentemente que aquel inmenso descuido y destrucción no eran propiamente su culpa, que contrariamente, él mismo no se reconocía la mayor parte del tiempo. Creo que aún sin conocer sobre los actos que lo condujeron a esas condiciones, le creí. Luego de hablar con cada vez mayor dificultad y contarnos algunos detalles de episodios de su vida y algunos datos sobre su identidad, se me quedó mirando fijamente, inmóvil, en medio de una frase de crítica y lamento por haber sido víctima desde muy joven de una enfermedad mental que no le daba descanso y que lo mantenía aturdido, entre voces, gritos, ruidos e imágenes, según él terribles y vergonzosas, que sólo lograba apaciguar y evadir bebiendo alcohol y durmiendo. Llegué a asustarme un poco y también recuerdo haberme preparado para reaccionar y alejarme, si llegaba a atacarme, porque su expresión se tornó como neutra, su rostro estaba muy relajado y lo mismo podría interpretarse como de cansancio, molestia o hasta tristeza. Esa falta de expresión que podía asustar y confundir, era totalmente consistente con la situación, pues aunque tardamos en notarlo, “El Galán”, como nos dijo que le llamaban en el mismo canal donde nosotros trabajábamos, pero mucho antes de que hubiésemos estado aunque sea en planes de existir, había muerto. Allí, sin aviso, en plena conversación y sin recibir ningún consuelo o atención, simplemente se había quedado inmóvil y solo.

Aquella escena nos golpeó a los tres, no podría decir cuánto, pero estuvimos de acuerdo en no incluirlo en el programa, a pesar de ni siquiera comentarlo al momento de la edición. Esa entrevista se pudo convertir en el mayor impacto transmitido por nuestro programa, y en otra oportunidad creo que hubiera insistido en no obviarlo, más por mi espíritu tremendamente morboso que por el propio efecto sobre la audiencia y por ende sobre la popularidad del programa. Sin embargo, quizás como muestra de un respeto por demás novedoso en nosotros, lo dejamos solo, así como vivió, o mejor dicho, como estuvo muriendo los últimos años.
Sobre la reunión del día siguiente en casa de mi hermana, todos asistimos, supongo que cada uno con la misma emoción e interés de siempre, pero en mi caso había un rastro de nostalgia e incertidumbre que acompañaba mi desapego natural. No pude evitar comentarle a mi padre sobre el personaje que acababa de conocer y, sin dar detalles, quise indagar en su memoria, a ver si había tenido conocimiento de la existencia de ese señor, que seguramente pertenecía a su misma generación. Para mi sorpresa, no sólo lo recordaba, sino que se distendió en detalles sobre sus trabajos en nuestra, para entonces adolescente, televisión venezolana. El Galán, además de haber sido idolatrado por las jovencitas de la época, al nivel de causar numerosos desmayos histéricos a sus fanáticas durante sus presentaciones en público, había sido alguien determinante en su vida, porque, diciendo todo esto entre pausado y algo rencoroso, mi padre relató sin muchos detalles la etapa de su vida en que quiso literalmente morirse, debido a que mi madre, para entonces su prometida, lo había dejado para irse a vivir con aquel actor, que según dijo, había conocido cuando trabajó como bailarina en un show de musicales muy famoso en ese tiempo, detalle ocupacional de mi madre que todos desconocíamos hasta esa tarde. Al parecer, según contó mi padre, mi madre no soportó ni tres meses la vida desenfrenada y sin valores junto al Galán y, tras haberle descubierto algunas mentiras y “cuentos tan increíbles que ni siquiera ella era capaz de repetir”, lo abandonó e hizo lo mismo con su trabajo de bailarina. Así que luego de un tiempo volvieron a encontrarse en una fiesta de fin de año y el resto de la historia ya no se me hizo tan desconocida.

Tan perspicaz y directo como siempre, mi padre, al leer las preguntas prohibidas en mis ojos, aclaró cualquier duda diciendo: “Pero no te preocupes, que tú naciste al poco tiempo de casarnos por la falta de métodos anticonceptivos y nuestra total despreocupación ante ese tema, no porque seas hijo de ese actorcito”. ¿Hijo? Ni que lo hubiera escrito el guionista de mi programa, lo más amarillista posible estaría pasando en ese caso, yo entrevistando a mi propio padre esquizofrénico, indigente y moribundo. ¡No! ¿Demasiado novela? Demasiado real más bien y yo estaba acostumbrado a la “televisión real” no a la “vida real”, así que preferí quedarme con esa explicación de mi padre y no averiguar si aquello era realmente cierto o una simple aclaratoria inventada producto de su ego golpeado por aquella indiscreción. Como fuera, al menos yo no oía voces, por lo menos no voces ajenas y lo único que me ha retumbado insistentemente en la cabeza, incluso hoy, es la idea de terminar peor que El Galán, peor porque aunque tome cualquier tipo de previsiones por no sucumbir ante los fracasos y asegurarme un futuro cómodo y estable, el caso de ese actor fue producto de su locura, su soledad no parecía su culpa, sin embargo yo no podría decir lo mismo, ni siquiera hoy.

Lo más lindo


La mañana del viernes 9 de Julio, terminando una semana acortada por el ya intrascendente feriado patriótico, Rita se preparaba para ir a su trabajo y sentía que en lugar de “arreglarse” lo de ella cada vez más era “adornarse”. Se esforzaba en nuevos intentos por lograr un resultado medianamente decente en su peinado y en la casi absurda labor de cobertura de imperfecciones en su rostro, no tanto para atraer como para distraer, pues como escuchó el martes a su jefe decirle a un compañero de trabajo, en tono de burla creyendo que ella no estaba cerca: “Lo más lindo de Rita es dejar de verla”. Rita estaba entonces cada día más consciente de su carencia de atractivo y, lo que se le hacía aún peor, sabía sobre el agravante que resultaba el paso del tiempo en ese aspecto, en el suyo, porque notaba que lo que antes era feo, por lo menos era firme.

Cuando terminó de maquillarse, decidió no verse más en el espejo y salió a la calle con unos jeans y una blusa negra que le disimulaba mejor la gordura y las manchas del acné reciente en el cuello y el pecho. Caminando por la acera de la Avenida Sucre de Los Dos Caminos, bajando hacia la Avenida Rómulo Gallegos, Rita ya no percibía las usuales miradas esquivas de la gente sino que ahora se sentía como señalada, de hecho se sintió cual “mona de circo” durante todo el trayecto. Además, como si fuera poca su incomodidad, la guinda de la torta (que era ella esa mañana) la puso un tipo con un piropo insólito, no tanto porque viniera de un indigente sino por el contenido de aquella frase: “¿Qué estará pasando en el cielo, que se están cayendo los ángeles?”, Rita pensó que obviamente aquel piropo no tenía mérito proviniendo de ese despojo de hombre, hasta se dijo en su mente: “¡Bien bueno pues! Ahora piropeada por un indigente ciego”, pero inmediatamente se percató de la calidad visual de aquel sujeto, porque sin ningún reparo y con una descarada carga de repulsión, el sucio y por demás pestilente individuo remató su frase respondiéndose a sí mismo: “…quien sabe, pero debe ser una coñaza arrecha entre los santos o un golpe de estado del diablo, porque ésta cayó de boca y quedó vuelta mierda, jajaja”.

No quiso fijarse más en las miradas de los demás e inició un inventario totalmente innecesario y en extremo masoquista sobre sí misma: Tengo estatura normal, claro que me veo pequeña por el exceso de caderas y mi cuello corto; Ni le paro ya a la celulitis, total que es tanta que lo que tengo es piernas en las celulitis; Mi cabello no es ni chicha ni limonada, parece que se me hubiera quemado con una mala permanente, pero no, él es así naturalmente; Heredé la dentadura de mi papá, más que una pelea de perros parece una guerra asimétrica, como dicen en la televisión; Como soy tan miope y con tanto astigmatismo, no hay forma de que use lentes de contacto, así que mis ojos se ven chiquiticos detrás de estos cristales, que de lo gruesos parecen vidrios de seguridad de carros; Mi piel es amarillo apio y nunca me logro broncear porque me insolo y me pelo ahí mismo; y mis pies son grandes y rectos, así que ni soñar con usar las sandalias esas que están de moda.

Llegó a su trabajo en el nuevo centro comercial, se puso su uniforme de cajera de aquel local de pollo frito en la feria de comida rápida y ahora se sentía además de fea ridícula, pero igual se esmeró por mostrar una sonrisa que sabía que tampoco agradaba, pero que era obligatoria en su puesto al atender clientes. En efecto, aquel desastre de mala mordida y mezcla de dientes pequeños y grandes, torcidos y hasta manchados, simplemente asustaba. Cuando el primer cliente pidió que sus papas fueran reemplazadas por yuca, se sintió abofeteada nuevamente, porque recordó que en el liceo la llamaban “Yukka” en referencia a Yukk el perro espantoso acompañante de Micromán (supuesto superhéroe de dibujos animados). A su mente le vino enseguida la imagen de la vez que le dejaron de regalo en su pupitre una casita de perro de papel con una nota que decía: “Para Yukka, úsala con precaución y sólo quítatela de la cabeza en casos de emergencia”.

Como todos los viernes, a las dos de la tarde llegó a comer su enamorado, no su pretendiente sino el que a ella le gustaba, en fin, se trataba del “papi” más “papi” de todo el Centro Comercial y al verlo ella sintió que al menos algo le saldría bien aquel día. Christian era un tipo de 24 años, blanco bronceado de ojos azules, muy alto, con un cabello liso, negro y abundante, digno de una publicidad de Pert, atlético y grande por naturaleza, sexualmente atractivo aún sin proponérselo y con una sonrisa espléndida y perfecta. Siempre estaba vestido de traje y pocas veces andaba sin chaqueta sólo con camisa y corbata, principalmente porque trabajaba en la tienda de ropa masculina más moderna y de mayor prestigio nacional. Su apariencia de modelo internacional era apenas igualada por su simpatía de animador de programas de televisión, y pese a todo pronóstico, Christian era la única persona que no la trataba con indiferencia, más por política propia que por algún sentimiento especial hacia Rita.

Quizás por como se sentía aquel día, cuando Christian se despidió luego de recibir su factura y le dijo “¡Gracias Muñeca!”, obviamente más por costumbre que notando lo que estaba diciendo, Rita respondió sin pensar: “¡Siempre a tu orden Bello, tú sabes que me encantas!”, a lo cual él sólo se limitó a arrugar la frente y apretar los labios mientras le decía con la mirada “Qué te pasa rolo e ‘fea? ¡Ubícate!”. Luego de semejante vergüenza pública, Rita no volvió a hablar y se dedicó a arreglar vasos y servilletas y preparar los pedidos “para llevar”, todo con tal de no interactuar más con público, porque temía que explotara a gritos ante el próximo episodio.

Una vez en su casa, tarde en la noche, sola como siempre y más virgen que nunca, Rita se hundía más tranquila en las telenovelas y en cuanto programa basura se le atravesara en su televisor, todo para olvidarse de su propia vida. Casi de madrugada y más sosegada pero sin olvidar su estrepitoso día, sintonizó un canal hispano en donde estaba comenzando El Show de Cristina, y al escuchar el tema del día: “Mujeres atrapadas en cuerpos de feas”, no soportó más y decidió vengarse de la forma que pudiese de la responsable de su desgracia. Así fue como sin remordimientos y diciendo la frase “GRACIAS POR CASARTE CON EL TIPO MAS FEO DEL MUNDO”, Rita destapó el jarroncito con las cenizas de su madre muerta un año atrás y descargó su contenido en la poceta del baño de la sala, tras lo cual respiró profundo, se rió nerviosa y luego lloró desconsoladamente, eso sí trató de hacerlo lo más rápido que pudo, porque al final sabía que no quería perderse ese especial de Cristina, total, quién sabe si allí la orientarían sobre alguna solución para mejorar su autoestima, porque de su cuerpo ni pensaba pues estaba clarísima que eso, si acaso, era tema de varios programas de cirujanos plásticos, no de toc-chous.


De Cómo Preñaron a la Cieguita del Piso 7


Cuando su hermana le confirmó que estaba preñada, Johanna La Ciega (le llamaban así porque había otra Johanna en la misma cuadra), recién había cumplido 18 años y como aún no se terminaba el siglo 20, las pruebas de embarazo no daban sus resultados con sonidos ni en Braille, de hecho, aún no lo hacen.

Ella estaba acostumbrada a la asistencia y sabía que necesitaría ayuda para muchas cosas en su vida, lo que nunca previó fue la vergüenza y la angustia de sentirse tan expuesta como la tarde de jueves de febrero en que no tuvo más remedio que recurrir a su hermana para que le leyera el resultado de aquel test.

Que aquello se le asemejara a cuando alguien “leía” el futuro en los residuos de una taza de café, que además el designio sólo tuviera dos posibilidades y que para colmo, no fuese café sino su orine, la hacían sentirse muy aprehensiva, claro que si consideraba también que tenía ya dos reglas fugitivas, era apenas natural que se sintiera asustada, o como ella lo fraseó: “Cagada”.

María Teresa, Marité, era su hermana mayor y tenía 22 años. Ambas eran grandotas y bellas, tipo exuberantes. No había característica en ellas que se pudiese catalogar como defecto. Ok, la menor era ciega, y algunos dirán que ¿Qué más defecto que eso? Pero en general, obviando el detallito, eran como unos ángeles modernos: hermosas, brillantes, de pieles perfectas, blancas pero no pálidas. Para las dos era como si fuese imposible ser vulgares pero tampoco podían evitar ser sensuales y proyectar belleza. Todo en ellas era muy normal, cabellos castaños y lisos, ojos oscuros y afectuosos, labios tiernos y dientes alegres. Eran delgadas pero no carecían de curvas, de hecho tenían más volumen en senos y nalgas que sus amigas contemporáneas, pero a pesar de eso, como decía más arriba, no se les podía ver vulgares.

Siendo así y contra todo pronóstico Marité aún era virgen (obviamente Johanna La Ciega no lo era) y hasta eso influyó en su reacción en ese momento: - ¿Cagada? ¿Tú estás cagada? No chica, ¡La cagada es ésta que sale aquí! – Refiriéndose al signo positivo color rojo dentro de la tira plástica orinada por su hermanita.

El otro responsable de aquella sorpresita era su novio, el primero, el único. Efraín era su vecino de toda la vida, mayor que ella por sólo tres años. Tanto se les asociaba juntos que visto desde afuera, aquella situación era casi incestuosa. Pero no había relación entre sus juegos de niños y los que ahora resultaron mucho más delicados y trascendentes.

Aunque Marité hacía lo indecible para que Efraín le prestara atención, él estaba aturdido e hipnotizado por su hermanita y no por ella, por lo que secretamente no dejaba de pensarla y le dedicaba todo el tiempo y las energías que disponía en su ya complicada vida de estudiante de medicina. Claro que ahora de preñado la cosa será cuento aparte, peor pues.

Tampoco es que fueron totalmente irresponsables. Efraín y Johanna La Ciega siempre se cuidaron cuando tuvieron relaciones. Su problema fue más un ligero descuido o accidente consecuencia de las condiciones de sus encuentros sexuales, por un lado él siempre se quejaba de lo pequeño que le quedaban los preservativos (aún los supuestos “extragrandes”) y por el otro simplemente ella no veía.

Además, las locaciones para sus escenas triple equis eran las más insospechadas y por ende las menos seguras: el cuarto de máquinas de los ascensores en la azotea del edificio, el asiento trasero de la camioneta del papá de Johanna, los cuartos de gas y de basura de cada piso (dependiendo de quién no estaba por seguro en su apartamento), los ascensores, las habitaciones de ambos, la habitación de Marité, los baños de las habitaciones de ambos y hasta las escaleras del edificio. En tiempos de guerra todo hueco es trinchera… y hasta los lisiados batallan.

A veces no había luz, lo cual sólo afectaba a Efraín, a veces no se quitaban toda la ropa y a veces no sabían ni dónde había quedado el fulano condón. Era particularmente difícil porque sólo contaban con los ojos del muchacho para vigilar durante el sexo y revisar todo después de él. Claro está que hoy Johanna supone que algún condón debió romperse, al menos uno y obviamente que entre tanta premura no lograron percatarse de ello. ¡Ah! También supone que no fueron las últimas veces las que importaron. ¡No! sino que debió ser durante sus pequeños desguaces en las escaleras del quinto piso, mientras las familias González y Portillo estaban de viaje por las fiestas de diciembre. Cálculos que les llaman.

En la cabeza de Johanna La Ciega retumbaban muchas preguntas: ¿Cuál fue la razón? ¿Fue la improvisación de sitios? ¿Las malas condiciones? ¿La estrechez de los forritos de látex? ¿La inexperiencia? ¿Los nervios por lo prohibido? ¿Las hormonas? Quizás fue alguna de ellas, pero por seguro fueron todas y algunas otras razones que posiblemente ni ella ni Efraín consideren.

Cuando recordaba e intentaba descifrar su error, se descubría reviviendo la misma emoción y angustia de su primera vez, los olores de su hombre, sus brazos duros, la piel áspera y rasposa de sus manos que la erizaba completa cuando la tocaba en la espalda, en su cuello, en sus nalgas y cando la apretaba fuertemente hacia su cuerpo, haciéndole sentir todo el rigor de aquel bulto latente en su cintura. Recordaba cómo por primera vez metió la mano en su pantalón y sintió el duro y caliente miembro de su novio, amigo, amante y vecino, cómo llegó a explorarlo completo, sintiendo cada forma en su piel, cada vello y cada vena, tocando finalmente su punta seca, sintió que era diferente al resto y que debía ser similar a la piel de ella por dentro, sólo que no estaba terriblemente húmeda como la de ella, pero que seguramente debían lucir similares, pues se sentía distinto a la piel de los brazos, del pecho, del cuello y hasta del resto de aquel miembro que la intrigaba y asustaba por igual.

Johanna La Ciega no podía evitar recordar cómo instintivamente se acercó aquella vez para besarlo, abriéndole el pantalón con una destreza inusitada y por demás oportuna, mientras se arrodillaba para enfrentar aquel olor y aquella fuerte temperatura con su cara y con sus labios. Lo besó, lo olió, lo lamió y lo abrazó lo más profundamente que podía con su boca. En esa oportunidad Efraín la guió tomándola por la cabeza suavemente y cuando sentía explotar de placer se detuvo y la alzó brusca pero tiernamente por los brazos, para inmediatamente agacharse él y desvestirle, generándole unas cosquillas que le desarticulaban las rodillas y le hacían sentir un calor que le llegaba al pecho, le aceleraba la respiración y le calentaba las orejas y los pezones. Cada roce de su pequeña barba de dos días de afeitado le despertaba unos gritos internos que debió esforzarse increíblemente para lograr ahogar. Cada embestida de su lengua y cada caricia en su interior eran sencillamente inaguantables, al punto en que él debió sostenerla porque no lograba mantenerse en pie mientras, entre su calor y la debilidad de sus rodillas, sentía que se le iba y venía la vida.

Johanna La Ciega recordaba también que luego de cuatro sesiones como aquella, y una vez solos en el cuarto de él, cuando pensaba que ya no podía sentir mayor agonía en su interior y que el placer ya rayaba en lo desesperante, sintió como su amante se separó de ella para enseguida tomarla por los tobillos mientras ella permanecía acostada boca arriba sin entender qué hacían sus manos y dónde sentía qué, pues todo su cuerpo estaba hipersensible, fue entonces como poco a poco fue sintiendo cómo el cuerpo de Efraín se iba fundiendo con el suyo. Sudorosos, adoloridos, con cierto ritmo aún desconocido, fueron acoplándose y él fue entrando en ella y sentía cómo se desgarraba, cómo se estiraba, cómo la presionaba y cómo se mojaba cada vez más, fue intenso desde todo punto de vista. Johanna La Ciega sintió desmayarse por un momento, no entendía como aquel dolor tan particular podía a la vez gustarle tanto, además, sentir su pecho rozando sus senos con cada movimiento, la presión de su pelvis sobre la suya y su respiración agitada, excitada y emocionada en su oído, eran demasiado para ella. Esa era su primera vez y era demasiado intenso todo. Así lo recordaba y volvía a estremecerse, ahora con un vacío en el pecho, con una angustia y una culpa que no terminaba de asimilar pero que le revolvía el estómago y le robaba el hambre. Que este recuerdo la asustara y la emocionara a la vez le hizo sentir rara, como culpable, pero más por la renovada excitación por lo recordado que por la gravidez recién descubierta.

Creía que su educación sexual había sido aún más deficiente que la de su hermana, al menos Marité podía ver ilustraciones y fotografías, pero ella había nacido ciega y no tenía idea realmente de cómo era el cuerpo de un hombre, de cuánto podía afectarle su cercanía y de qué formas, olores y otros detalles guardaba la desnudez de un hombre. Apenas se conocía ella misma. Además de su limitación para descifrar las formas y colores por cuenta propia, sentía que se sumaban los temores y tabúes de sus padres y maestros, que tendían a protegerla a tal punto que casi todo lo que conocía del sexo lo había descubierto por su cuenta, en plena vivencia.

Es así como Johanna La Ciega cree que, apartando la mala suerte de caer en las estadísticas de la rotura de un condón, si sólo la hubieran tratado como ciega y no como bruta, quizás no sería hoy “la cieguita preñada del piso 7”, no porque crea que saber más técnicas o teorías la cuidarían de un embarazo durante el sexo, sino que quizás no hubiesen sido tan intensas sus ganas de saber sobre el sexo, pues aunque sabe que ha sido lo más placentero y satisfactorio que ha sentido, piensa que con más información hubiera podido tener mayor control de las situaciones... y se repetía en su mente: "¡Coño! Porque para perder la cabeza primero hay que tener una".

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